
Alberta, August-agosto 2007
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ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
En nuestra oficina regía el mismo presupuesto
desde el año mil novecientos veintitantos, o sea desde
una época en que la mayoría de nosotros estábamos
luchando con la geografía y con los quebrados. Sin
embargo, el Jefe se acordaba del acontecimiento y a
veces, cuando el trabajo disminuía, se sentaba
familiarmente sobre uno de nuestros escritorios, y asi,
con las piernas colgantes que mostraban después del
pantalón unos inmaculados calcetines blancos, nos
relataba con su vieja emoción y las quinientas noventa
y ocho palabras de costumbre, el lejano y magnífico
día en que su jefe él era entonces Oficial Primero- le
había palmeado el hombro y le había dicho:
"Muchacho, tenemos presupuesto nuevo", con la
sonrisa amplia y satisfecha del que ya ha calculado
cuántas camisas podrá comprar con el aumento.
Un nuevo presupuesto es la ambición máxima de
una oficina pública. Nosotros sabíamos que otras
dependencias de personal más numeroso que la
nuestra, habían obtenido presupuesto cada dos o tres
años. Y las mirábamos desde nuestra pequeña isla
administrativa con la misma desesperada resignación
con que Robinson veía desfilar los barcos por el
horizonte, sabiendo que era tan inútil hacer señales
como sentir envidia. Nuestra envidia o nuestras
señales hubieran servido de poco, pues ni en los
mejores tiempos pasamos de nueve empleados, y era
lógico que nadie se preocupara de una oficina así de
reducida. Como sabíamos que nada ni nadie en el
mundo mejoraría nuestros gajes, limitábamos nuestra
esperanza a una progresiva reducción de las salidas,
y, en base a un cooperativismo harto elemental, lo
habíamos logrado en buena parte. Yo, por ejemplo,
pagaba la yerba; el Auxiliar Primero el té de la tarde;
el Auxiliar Segundo, el azúcar; las tostadas el Oficial
Primero, y el Oficial Segundo la manteca. Las dos
dactilógrafas y el portero estaban exonerados, pero el
jefe, como ganaba un poco más, pagaba el diario que
leíamos todos.
Nuestras diversiones particulares se habían
también achicado al mínimo. Ibamos al cine una vez
por mes, teniendo buen cuidado de ver todos
diferentes películas, de modo que relatándolas luego
en la Oficina, estuviéramos al tanto de lo que se
estrenaba. Habíamos fomentado el culto de juegos de
atención, tales como las damas o el ajedrez, que
costaban poco y mantenían el tiempo sin bostezos.
Jugábamos de cinco a seis, cuando ya era improbable
que llegaran nuevos expedientes, ya que el letrero de
la ventanilla advertía que después de las cinco no se
recibían "asuntos". Tantas veces lo habíamos leído,
que al final no sabíamos quién lo había inventado, ni
siquiera que concepto respondía exactamente a la
palabra "asunto". A veces alguien venía y preguntaba
el número de su "asunto". Nosotros le dábamos el del
expediente y el hombre se iba satisfecho. De modo
que un "asunto" podía ser, por ejemplo, un expediente.
En realidad, la vida que pasábamos allí no era
mala. De vez en cuando el Jefe se creía en la
obligación de mostrarnos las ventajas de la
administración pública sobre el comercio, y algunos
de nosotros pensábamos que ya era un poco tarde
para que opinara diferente.
Uno de sus argumentos era la Seguridad. La
seguridad de que no nos dejarían cesantes. Para que
ello pudiera acontecer, era preciso que se reuniesen
los senadores, y nosotros sabíamos que los
senadores apenas si se reunían cuando tenían que
interpelar a un Ministro. De modo que por ese lado el
Jefe tenía razón. La Seguridad existía. Claro que
también existía la otra seguridad, la de que nunca
tendríamos un aumento que nos permitiera comprar un
sobretodo al contado. Pero el Jefe, que tampoco
podía comprarlo, consideraba que no era ése el
momento de ponerse a criticar su empleo ni tampoco
el nuestro. Y como siempre- tenía razón.
Esa paz ya resuelta y casi definitiva que pesaba
en nuestra Oficina, dejándonos conformes con
nuestro pequeño destino y un poco torpes debido a
nuestra falta de insomnios, se vio un día alterada por
la noticia que trajo el Oficial Segundo. Era sobrino de
un Oficial Primero del Ministerio, y resulta que ese tío
dicho sea sin desprecio y con propiedad- había
sabido que allí se hablaba de un presupuesto nuevo
para nuestra Oficina. Como en el primer momento no
supimos quién o quiénes eran los que hablaban de
nuestro presupuesto, sonreíamos con la ironía de lujo
que reservábamos para algunas ocasiones como si el
Oficial Segundo estuviera un poco loco o como si
nosotros pensáramos que él nos tomaba por un poco
tontos. Pero cuando nos agregó que, según el tío, el
que había hablado de ello había sido el mismo
secretario, o sea el alma parens del Ministerio,
sentímos de pronto que en nuestras vidas de sesenta
pesos algo estaba cambiando, como si una mano
invisible hubiera apretado al fin aquélla de nuestras
tuercas que se hallaba floja, como si nos hubiesen
sacudido a bofetadas toda la conformidad y toda la
resignación.
En mi caso particular, lo primero que se me
ocurrió pensar y decir, fue "lapicera fuente". Hasta
ese momento yo no había sabido que quería comprar
una lapicera fuente, pero en cuando el Oficial
Segundo abrió con su noticia ese enorme futuro que
apareja toda posibilidad, por mínima que sea, en
seguida extraje de no sé qué sótano de mis deseos
una lapicera de color negro con capuchón de plata
con mi nombre inscripto. Sabe Dios en qué tiempo
se había enraizado en mí.
Vi y oí además cómo el Auxiliar Primero
hablaba de una bicicleta y el Jefe contemplaba
distraídamente el taco desviado de sus zapatos y una
de las dactilógrafas despreciaba cariñosamente su
cartera del último lustro. Vi y oí además cómo todos
nos pusimos de inmediato a intercambiar nuestros
proyectos, sin importarnos realmente nada lo que el
otro decía, pero necesitando hallar un escape a tanta
contenida e ignorada ilusión. Vi y oí además cómo
todos decidimos festejar la buena nueva financiando
con el rubro de reservas una excepcional tarde de
bizcochos. Eso los bizcochos- fue el paso primero.
Luego siguió el par de zapatos del Jefe, mi lapicera
adquirida a pagar en diez cuotas. Y a mi lapicera, el
sobretodo del Oficial Segundo, la cartera de la
Primera Dactilógrafa, la bicicleta del Auxiliar Primero,
el saco de la otra muchacha, la colección de libros
del Auxiliar Segundo y el reloj del Oficial Primero. Al
mes y medio todos estábamos empeñados y en
angustia. El Oficial Segundo había traído más
noticias. Primeramente, que el presupuesto estaba a
informe de la Secretaría del Ministerio. Después que
no. No era en Secretaría. Era en Contaduría. Pero el
Jefe de Contaduría estaba enfermo, y era preciso
conocer su opinión. Todos nos preocupamos por la
salud de ese Jefe del que sólo sabíamos que se
llamaba Eugenio y que tenía a estudio nuestro
presupuesto. Hubiéramos querido obtener hasta un
boletín diario de su salud. Pero sólo teníamos
derecho a las noticias desalentadoras del tío de
nuestro Oficial Segundo. El jefe de Contaduría seguía
peor. Vivimos una tristeza tan larga por la
enfermedad de este funcionario, que el día de su
muerte sentimos, como los deudos de un asmático
grave, una especie de alivio al no tener que
preocuparnos más de él. En realidad, nos pusimos
egoístamente alegres, porque esto significaba la
posibilidad de que llenaran la vacante y nombraran
otro jefe que estudiara al fin nuestro presupuesto.
A los cuatro meses de la muerte de don
Eugenio, nombraron otro jefe de Contaduría. Esa
tarde suspendimos la partida de ajedrez, el mate y el
trámite administrativo. El Jefe se puso a tararear un
aria de "Aida" y nosotros nos quedamos por esto y
por todo- tan nerviosos, que tuvimos que salir un rato
a mirar las vidrieras. A la vuelta nos esperaba una
emoción. El tío habia informado que nuestro
presupuesto no había estado nunca a estudio de
Contaduría. Había sido un error. En realidad no había
salido de Secretaría. Esto significaba un
considerable oscurecimiento de nuestro panorama. Si
el presupuesto a estudio hubiera estado en
Contaduría, no nos habríamos alarmado. Después de
todo, nosotros sabíamos que hasta el momento no se
había estudiado debido a la enfermedad del Jefe.
Pero si había estado realmente en Secretaría, en la
que el Secretario su jefe supremo- gozaba de
perfecta salud, la demora no se debía a nada y podía
convertirse en demora sin fin.
Allí comenzó la etapa crítica del desaliento. A
primera hora nos mirábamos todos con la interrogante
desesperanzada de costumbre. Al principio todavía
preguntábamos: "¿Saben algo?" Luego optamos por
decir: "¿Y?", y terminamos finalmente por hacer la
pregunta con las cejas. Nadie sabía nada. Cuando
alguien sabía algo, era que el presupuesto todavía
estaba a estudio de la Secretaría.
A los ocho meses de la noticia primera, hacía
ya dos que mi lapicera no funcionaba. El Auxiliar
Primero se había roto una costilla gracias a la
bicileta. Un judío era el actual propietario de los libros
que había comprado el Auxiliar Segundo; el reloj del
Oficial Primero atrasaba un cuarto de hora por
jornada; los zapatos del Jefe tenían dos medias
suelas (una cosida y otra clavada), y el sobretodo del
Oficial Segundo tenía las solapas gastadas y erectas
como dos alitas de equivocación.
Una vez supimos que el Ministro había
preguntado por el presupuesto. A la semana, informó
Secretaría. Nosotros queríamos saber que decía el
informe, pero el tío no pudo averiguarlo porque era
"estrictamente confidencial". Pensamos que eso era
sencillamente una estupidez, porque nosotros, a
todos aquellos expedientes que traían una tarjeta en
el ángulo superior, con leyendas tales como "muy
urgente", "trámite preferencial" o "estrictamente
reservado", los tratábamos en igualdad de condiciones
que a los otros. Pero por lo visto el Ministerio no era
del mismo parecer.
Otra vez supimos que el Ministro había hablado
del presupuesto con el Secretario. Como a las
conversaciones no se les ponía ninguna tarjeta
especial, el tío pudo enterarse y enterarnos de que el
Ministro estaba de acuerdo. ¿Con qué y con quién
estaba de acuerdo? Cuando el tío quiso averiguar esto
último, el Ministro ya no estaba de acuerdo.
Entonces, sin otra explicación, comprendimos que
antes había estado de acuerdo con nosotros.
Otra vez supimos que el presupuesto había sido
reformado. Lo iban a tratar en la sesión del próximo
viernes, pero a los catorce viernes que siguieron a ese
próximo, el presupuesto no había sido tratado.
Entonces empezamos a vigilar las fechas de las
próximas sesiones y cada sábado decíamos: "Bueno,
ahora será hasta el viernes. Veremos qué pasa
entonces". Llegaba el viernes y no pasaba nada. Y el
sabado decíamos: "Bueno, será hasta el
viernes.Veremos qué pasa entonces". Y no pasaba
nada. Y no pasaba nunca nada.
Yo estaba ya demasiado empeñado para
permanecer impasible, porque la lapicera me había
estropeado el ritmo económico y desde entonces yo
no había podido recuperar mi equilibrio. Por eso fue
que se me ocurrió que podiamos visitar al Ministro.
Durante varias tardes estuvimos ensayando la
entrevista. El Oficial Primero hacía de Ministro, y el
Jefe, que habia sido designado por aclamación para
hablar en nombre de todos, le presentaba nuestro
reclamo. Cuando estuvimos conformes con el ensayo,
pedimos audiencia en el Ministerio y nos la
concedieron para el jueves. El jueves dejamos pues
en la Oficina a una de las dactilógrafas y al Portero, y
los demás nos fuimos a conversar con el Ministro.
Conversar con el Ministro no es lo mismo que
conversar con otra persona. Para conversar con el
Ministro hay que esperar dos horas y media y a veces
ocurre, como nos pasó precisamente a nosotros, que
ni al cabo de esas dos horas y media se puede
conversar con el Ministro. Sólo llegamos a presencia
del Secretario, quien tomó nota de las palabras del
Jefe muy inferiores al peor de los ensayos, en los
que nadie tartamudeaba- y volvió con la respuesta del
Ministro de que se trataría nuestro presupuesto en la
sesión del día siguiente.
Cuando relativamente satisfechos- salíamos
del Ministerio, vimos que un auto se detenía y que de
él bajaba el Ministro. Nos pareció un poco extraño
que el Secretario nos hubiese traído la respuesta del
Ministro sin que éste estuviese presente. Pero en
realidad nos convenía más confiar un poco y todos
asentimos con satisfacción y desahogo cuando el
Jefe opinó que el Secretario seguramente había
consultado al Ministro por teléfono.
Al otro día, a las cinco de la tarde, estábamos
bastante nerviosos. Las cinco de la tarde era la hora
El Presupuesto
de Mario Benedetti
El P
resup
uesto es parte del libro Montevideanos
(1959), que recibió el reconocimiento del público y de
la crítica. El Presupuesto nos familiariza con las
penurias, los rumores, las esperanzas de una oficina
pública de los años 50 en Uruguay. Donde año tras
año languidecen los empleados, aplastados por la
rutina y las limitaciones económicas pero a la vez
manteniendo su lealtad a la "seguridad". La voz
narrativa es inteligentemente anónima, "yo", el Jefe, el
Oficial Primero y Segundo, los auxiliares, las
dactilógrafas, el portero, congruente con el anonimato
del medio. Nos enteramos de las aspiraciones
materiales modestas de los personajes, que aunque
sin nombre no son del todo inconcientes de "su
pequeño destino". Sus aspiraciones languidecen
olvidadas hasta que el rumor de un presupuesto nuevo
las despierta para desasosiego de los personajes.
La ironía: una lapicera a fuente puede destruir un
balance económico, y un sobretodo puede gastarse
antes de que llegue el aumento. La pequeña oficina
con su jerarquía dependiente de la inatención de un
Ministro, de su secretario. El Uruguay de entonces y
el de ahora. El final abierto del cuento: la posibilidad,
la esperanza. La refrescante autenticidad de
Benedetti que nos narra lo que vulgarmente hemos
vivido y le da valor internacional, el paisito.