
Alberta, August-agosto 2007
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ALTERNATIVA Latinoamericana
De Mujer...
DE MUJER...
Nota: El escándalo de las escuelas
residenciales para aborígenes en Canadá ha
llevado al gobierno federal a compensar a los
sobrevivientes. Hoy ya no existen. Algunos ex
alumnos dicen cosas positivas sobre ellas pero la
mayorìa experimentó abusos -el 90 por ciento
físicos y sexuales, otros perdida de su cultura y
confinamiento forzado.
Como cualquier recuerdo no bienvenido el
escándalo de las escuelas residenciales vuelve
para perseguirnos. Pero, ¿que es lo que sabemos
sobre como las escuelas residenciales fueron
creadas? Para la mayoría de nosotros los niños
abórigenes fueron por generaciones enviados a
ellas y una vez allí fueron abusados sexualmente,
fisicamente y culturalmente.
Dos libros recientes iluminan los orígenes y
el desarrollo de las escuelas residenciales.
Buenas intenciones que se torcieron, de Jan
Hare y Jean Barman, nos entrega las cartas y la
biografía de Emma Crosby, la esposa del primer
misionero en Port Simpson, Thomas Crosby,
desde 1870 hasta el fin de ese siglo. Las Cartas
de Margaret Butcher, editado por Mary-Ellen
Kelm, recoge la historia desde 1916 a 1919 en el
villorio de Kitamaat.
Aparte de ser crónicas de una época
olvidada en la historia de British Columbia
(Canadá), estos libros nos presentan dos mujeres
excepcionales. Ambas altamente inteligente,
inmensamente competente, y profundamente
tóxicas para la gente que querían salvar.
Al explorar a estas mujeres y sus mundos,
me vuelvo completamente conente del pecado de
"presentismo" -juzgar a nuestros antepasados a
través de nuestros propios valores. Emma Crosby
y Margaret Butcher crecieron y envejecieron en
una cultura muy diferente de la nuestra, hicieron
lo mejor que pudieron. Pero esto no es suficiente,
pues las dos mujeres eran suficientemente
inteligentes como para saber que lo que estaban
haciendo -correcto o no- no funcionaba.
"Una familia cristiana de verdad"
Emma Douse creció en una familia metodista
de Ontario y se hizo maestra en su colegio,
Wesleyan Female College, de Hamilton. En 1874,
a la edad de 25 años, conoció a Thomas Crosby,
quien había pasado varios años como misionero
en British Columbia. Crosby estaba al mismo
tiempo que recolectando dinero, buscando una
esposa que le ayudara a enseñarle a los
indígenas el funcionamiento de una familia
cristiana de verdad.
Emma con placer tomó esta enorme tarea, y
la llevó a cabo bien por décadas: darle a los
aborígenes Tsimshian de Port Simpson un modelo
del ideal cristiano de esposa y compañera. Emma
tenía un papel político también: el de informar a
los metodistas en Ontario, su lugar de origen,
sobre el progreso de su misión, y así asegurarse
que el dinero les seguiría llegando en apoyo de la
misión. (Ella también ayudaba en hacer
propaganda en contra del carismático lider
misionario anglicano William Duncan, quien
consideraba a los Crosby como muy cerca de su
propia teocracia, Metlakatla.)
Por ello las cartas de Emma a su madre
tenían la intención de alcanzar una mayor
audiencia lectora y, naturalmente, pesentaban el
trabajo de su misión como una serie de triunfos
ganados enfrentando grandes dificultades.
Para los lectores
modernos, es impactante ver
como Emma no expresa
interés alguno en el pueblo
(aborígen) que los Crosby
estaban tratando de convertir.
Emma nunca discute sobre la
cultura o la historia de los
Tsimshians. Se refiere al pasar
sobre la suciedad y
enfermedad de los aborígenes
pero no menciona la
catastrófica epidemia de
viruela que una década antes
había matado a un tercio de la
población aborígen de la costa
de British Columbia.
Problemas, no gente
Es que los aborígenes existían para los
Crosby, como problemas a resolver a través de la
conversión, y solamente cuando convertidos se
volvían merecedores de discusión alguna. Incluso
entonces, su aceptación era condicional. Algunos
de los mejores conversos, quienes fueron
adelante a convertir a otros y apoyaban la
misión, nunca lograron igualdad con ellos o con
otros blancos.
Casi como una idea a posteriori, Emma
comienza a aceptar niñas jóvenes dentro de su
hogar. Su propósito era protegerlas de los
hombres de la comunidad, tanto aborígenes
como blancos, y darles instrucción para que se
vuelvan esposas y madres cristianas. Se suponía
que las muchachas, por una especie de
ingeniería social victoriana, crecieran y se
transformaran en mujeres como Emma misma,
"transformadoras y estabilizadoras" de su gente.
Con el pasar de los años, el número de
muchachas a su cargo creció, y éstas la
ayudaban con la casa y cuidaban de los niños.
Eventualmente, sin embargo, Emma vió que
sus propias hijas estaban aprendiendo el
lenguaje y los valores Tsimshian. Este desarrollo
previsible pero amenazante la llevó a segregar
físicamente a las niñas aborígenes en su propio
edificio, y a hacer de su educación un asunto
separado del hogar de los Crosby. Para
mantener el orden estableció entonces reglas
rígidas que eran rigidamente aplicadas. Como
dice Hare y Barman, eventualmente las
muchachas estaban siendo encarcelasdas, no
educadas.
La misión de los Crosby logró algunas
victorias de poco valor. La presencia de Thomas
Crosby era esporádica debido a los contínuos
viajes a la costa que lo ocupaban, y más tarde
fue promovido a un papel administrativo que lo
removió de Port Simpson. Para ese entonces
Emma debería de estar feliz de irse: había
perdido cuatro de sus siete hijos, que quedaron
sepultados en el cementerio de la iglesia.
A pesar del dudoso éxito de sus esfuerzos,
la escuela residencial de Emma Crosby se
transformó pronto en el modelo a seguir en toda
la costa. Para el tiempo que Margaret Butcher
llegó a Kitamaat en 1916, el Servicio Misionario
de las Mujeres era una organización grande que
proveía personal y apoyo a muchas escuelas
residenciales.
"Sorpresivamente cabeza-dura"
Emma Crosby claramente sintió una
vocación de evangelizar en Port Simpson. Para
Maggie Butcher, una enfermera y obstetra de 46
años, la escuela de Kitamaat era simplemente
otro trabajo. Había pasado tres años como
misionera entre los japoneses en Steveston,
cuando apareció un trabajo en Kitamaat. Por lo
que ella se fue a enseñar niñas Haisla a coser.
("Educación" ha sido siempre usado para
designar el trabajo doméstido y con poca
importancia.)
Butcher fue de muchas formas más atractiva
que Crosby. Sus cartas a sus hermanas y amigos
incluían chismes, estaban llenas de detalles y,
generalmente, de buen humor. Incluía los
paisajes del valle de Kitamaat y extraordinarios
reportajes sobre una operación de corta de
árboles. Ella se reía de si misma y las oraciones
eran para ella un trabajo más en un día lleno de
trabajos.
Estas características la transforman en
mucho más enojosa para el lector moderno,
porque para un mujer inteligente y observadora
como era se nos presenta sorpresivamente
"cabeza dura". Puede que le gustaran sus niños
como individuos pero los despreciaba como raza.
"Son gente sucia, lenta e indolente," escribe,
"constreñidos fuertemente por la costumbre y la
superstición. Matron dice que los jóvenes que
han sido educados en esta escuela y en
Coqualeetza tendrán más chances cuando una
media docena de los viejos del villorio, que
todavía mantienen sus costumbres, estén
muertos, y uno tiene la esperanza de que así sea.
En todo nuestro grupo de 37 niños hay sólo dos
que parecen astutos y son mestizos."
"No vale la pena aprender Haisla desde que
son tan pocos los que lo hablan," y ella
causalmente agrega, "Me imagino que en unos
pocos años el lenguaje Kitamaat estará extinto
porque los jóvenes aprenden inglés en las
escuelas y uno de nuestras jóvenes mayores me
dijo que no pueden entender todo el Kitamaat de
los mayores." Butcher claramente considera esto
progreso.
Ella describe felizmente que sus niños "van a
la iglesia a cantar canciones de Navidad en un
villorio donde treinta años atrás la gente era
salvaje y un curandero corría desnudo y en
frenesí a través de la villa" -- esto en un tiempo
en que los europeos, con mucha mayor
salvajismo se masacraban el uno al otro en las
trincheras.
Butcher, enfermera y obstetra con
aprendizaje, pasaba mucho tiempo preocupada
de la salud de sus estudiantes y familias. No
podemos culparla por aplicar cataplasmas de
mostaza a los niños con tuberculosis -- era
mucho antes de que tuvieramos antibióticos. Pero
ella estaba convencida de que la escuela era un
lugar mucho más seguro para los niños que sus
hogares, a pesar de que los niños tenían TB
crónica, y de que habían contínuos episodios de
tos convulsa y diez dias fatales con la influenza
española.
De "protección" sexual a
abuso sexual
Emma Crosby y Margaret Butcher
compartían la asunción incuestionable de que los
cristianos blancos tenían derecho y obligación de
desmembrar las familias aborígenes, negarle a
los niños su propia cultura, e imponerles valores
sexuales victorianos.
"Proteger" a las niñas era implicitamente
protegerlas de su propia sexualidad, si era
necesario golpeándolas, haciéndolas trabajar en
exceso y mal-alimentándolas. Margaret Butcher
rutinariamente llevaba cuenta de los períodos de
las chicas, y cuidado de la niña bajo sospecha de
estar embarazada. Mirándolo desde ahora,
podemos ver que las bases quedaron echadas
para posteriores décadas de abuso sexual.
Esta arrogación de control sobre las vidas
de sus conversos parece haber cegado a los
misioneros sobre el daño que estaban haciendo,
facilmente se quitaban responsabilidad sobre las
muertes y el sufrimiento de los aborígenes que
veían como el precio a pagar por el progreso.
No tenemos relatos equivalentes sobre las
escuelas residenciales hechos por los mismos
aborígenes Tsimshian y Haisla, o de otras
naciones, hasta por lo menos mucho después.
Pero en cierto sentido no los necesitamos. Emma
Crosby y Margaret Butcher sin darse cuenta
escribieron sus propias comprometedoras
confesiones.
Ellas también plantearon una pregunta
inquietante: Cuando las generaciones futuras
lean nuestros relatos sobre el bien que estamos
haciendo en el mundo, ¿nos mirarán también
como imbéciles tóxicos y auto engañados?
Crawford Killian (Thetyee.ca,
Traducido por NF)
Madres de un
Infierno Aborígen