Alternativa Latinoamericana
      
background image
Alberta, August/agosto 2008
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
de Jorge Luis Borges
Nunca se había demorado en
los goces de la memoria. Las
impresiones resbalaban sobre él,
momentáneas y vívidas; el bermellón
de un alfarero, la bóveda cargada de
estrellas que también eran dioses, la
luna, de la que había caído un león,
la lisura del mármol bajo las lentas
yemas sensibles, el sabor de la
carne de jabalí que le gustaba
desgarrar con dentelladas blancas y
bruscas, una palabra fenicia, la
sombra negra que una lanza
proyecta en la arena amarilla, la
cercanía del mar o de las mujeres, el
pesado vino cuya aspereza mitigaba
la miel, podían abarcar por entero el
ámbito de su alma. Conocía el terror
pero también la cólera y el coraje, y
una vez fue el primero en escalar un
muro enemigo. Ávido, curioso,
casual, sin otra ley que la fruición y
la indiferencia inmediata, anduvo por
la variada tierra y miró, en una u otra
margen del mar, las ciudades de los
hombres y sus palacios. En los
mercados populosos o al pie de una
montaña de cumbre incierta, en la
que bien podía haber sátiros, había
escuchado complicadas historias,
que recibió como recibía la realidad,
sin indagar si eran verdaderas o
falsas.
Gradualmente, el hermoso
universo fue abandonándolo; una
terca neblina le borró las lineas de la
mano, la noche se despobló de
estrellas, la tierra era insegura bajo
sus pies. Todo se alejaba y se
confundía. Cuando supo que estaba
quedando ciego, gritó; el pudor
estoico no había sido aún inventado
y Héctor podía huir sin desmedro. Ya
no veré, sintió, ni el cielo lleno de
pavor mitológico, ni esta cara que los
años transformarán. Dias y noches
pasaron sobre esa desesperación
de su carne, pero una mañana se
despertó, miró (ya sin asombro) las
borrosas cosas que lo rodeaban e
inexplicablemente sintió, como quien
reconoce una música o una voz, que
ya le habia ocurrido todo eso y que
lo había encarado con temor, pero
también con júbilo, esperanza y
curiosidad. Entonces descendió a su
memoria, que le pareció
interminable, y logró sacar de aquel
vértigo el recuerdo perdido que
relució como una moneda bajo la
lluvia, acaso porque nunca lo había
mirado, salvo, quizá, en un sueño.
El recuerdo era así. Lo había
injuriado otro muchacho y él había
acudido a su padre y le había
contado la historia. Éste lo dejó
hablar como si no escuchara o no
comprendiera y descolgó de la
pared un puñal de bronce, bello y
cargado de poder, que el chico
había codiciado furtivamente. Ahora
lo tenía en las manos y la sorpresa
de la posesión anuló la injuria
padecida, pero la voz del padre le
estaba diciendo: Que alguien sepa
que eres un hombre, y había una
orden en la voz. La noche cegaba
los caminos; abrazado al puñal, en
el que presentía una fuerza mágica,
descendió la brusca ladera que
rodeaba la casa y corrió a la orilla
del mar, soñándose Ayax y Perseo y
poblando de heridas y de batallas la
oscuridad salobre. El sabor preciso
de aquel momento era lo que ahora
buscaba; no le importaba lo demás:
las afrentas del desafío, el torpe
combate, el regreso con la hoja
sangrienta.
Otro recuerdo, en el que
también había una noche y una
inminencia de aventura, brotó de
aquél. Una mujer, la primera que le
depararon los dioses, lo había
esperado en la sombra de una
hipogeo, y él la buscó por galerías
que eran como redes de piedra y
por declives que se hundían en la
sombra. ¿Por qué le llegaban esas
memorias y por qué le llegaban sin
amargura, como una mera
prefiguración del presente?
Con grave asombro
comprendió. En esta noche de sus
ojos mortales, a la que ahora
descendía, lo aguardaban también
el amor y el riesgo. Ares y Afrodita,
porque ya adivinaba (porque ya lo
cercaba) un rumor de gloria y de
hexámetros, un rumor de hombres
que defienden un templo que los
dioses no salvarán y de bajeles
negros que buscan por el mar una
isla querida, el rumor de las odiseas
e ilíadas era su destino cantar y
dejar resonando cóncavamente en
la memoria humana. Sabemos estas
cosas, pero no las que sintió al
descender a la última sombra.
Borges y yo
de Jorge Luis Borges
Al otro, a Borges, es a quien le
ocurren las cosas. Yo camino por
Buenos Aires y me demoro, acaso
ya mecánicamente, para mirar el
arco de un zaguán y la puerta
cancel; de Borges tengo noticias
por el correo y veo su nombre en
una terna de profesores o en un
diccionario biográfico. Me gustan
los relojes de arena, los mapas, la
tipografía del siglo XVIII, las
etimologías, el sabor del café y la
prosa de Stevenson; el otro
comparte esas preferencias, pero
de un modo vanidoso que las
convierte en atributos de un
actor. Sería exagerado afirmar
que nuestra relación es hostil; yo
vivo, yo me dejo vivir, para que
Borges pueda tramar su
literatura y esa literatura me
justifica. Nada me cuesta
confesar que ha logrado ciertas
páginas válidas, pero esas
páginas no me pueden salvar,
quizá porque lo bueno ya no es
de nadie, ni siquiera del otro,
sino del lenguaje o la tradición.
Por lo demás, yo estoy
destinado a perderme,
definitivamente, y sólo algún
instante de mi podrá sobrevivir
en el otro. Poco a poco voy
cediéndole todo, aunque me
consta su perversa costumbre
de falsear y magnificar. Spinoza
entendió que todas las cosas
quieren perseverar en su ser; la
piedra eternamente quiere ser
piedra y el tigre un tigre. Yo he
de quedar en Borges, no en mi (si es
que alguien soy), pero me reconozco
menos en sus libros que en muchos
otros o que en el laborioso rasgueo
de una guitarra. Hace años yo traté
de librarme de él y pasé de las
mitologías del arrabal a los juegos
con el tiempo y con lo infinito, pero
esos juegos son de Borges ahora y
tendré que idear otras cosas. Así mi
vida es una fuga y todo lo pierdo y
todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta
página.
Aquel día, el Emperador Ama-
rillo mostró su palacio al poeta.
Fueron dejando atrás, en largo
desfile, las primeras terrazas
occidentales que, como gradas de
un casi inabarcable anfiteatro,
declinan hacia un paraíso o jardín
cuyos espejos de metal y cuyos
intrincados cercos de enebro
prefiguraban ya el laberinto.
Alegremente se perdieron en él, al
principio como si condescendieran a
un juego y después no sin inquietud,
porque sus rectas avenidas
adolecian de una curvatura muy
suave pero continua y
secreatamente eran círculos. Hacia
la medianoche, la observación de los
planetas y el oportuno sacrificio de
una tortuga les permitieron
desligarse de esa región que
parecía hechizada, pero no del
sentimiento de estar perdido, que los
acompañó hasta el fin. Antecámaras
y patios y bibliotecas recorrieron
después y una sala exagonal con
una clepsidra, y una mañana
divisaron desde una torre un hombre
de piedra, que luego se les perdió
para siempre. Muchos
resplandecientes rios atravesaron
en canoas de sándalo, o un sólo rio
muchas veces. Pasaba el séquito
imperial y la gente se prosternaba,
pero un día arribaron a una isla en
que alguno no lo hizo, por no haber
visto nunca al HIjo del Cielo, y el
verdugo tuvo que decapitarlo.
Negras cabelleras y negras danzas y
complicadas máscaras de oro vieron
con indiferencia sus ojos; lo real se
confundía con lo soñado o, mejor
dicho, lo real era una de las
configuraciones del sueño. Parecía
imposible que la tierra fuera otra
cosa que jardines, aguas,
Parábola del Palacio
de Jorge Luis Borges
arquitecturas y formas de esplendor.
Cada cien pasos una torre cortaba
el aire; para los ojos el color era
idéntico, pero la primera de todas
era amarilla y la última escarlata, tan
delicadas eran las gradaciones y tan
larga la serie.
Al pie de la penúltima torre fue
que el poeta (que estaba como
ajeno a los espectáculos que eran
maravilla de todos) recitó la breve
composición que hoy vinculamos
indisolublemente a su nombre y que,
según repiten los historiadores más
elegantes, le deparó la inmortalidad
y la muerte. El texto se ha perdido;
hay quien entiende que constaba de
un verso; otros, de una sola palabra.
Lo cierto, lo increíble, es que en el
poema estaba entero y minucioso el
palacio enorme, con cada ilustre
porcelana y cada dibujo en cada
porcelana y las penumbras y las
luces de los crepúsculos y cada
instante desdichado o feliz de las
gloriosas dinastías de mortales, de
dioses y de dragones que habitaron
en él desde el interminable pasado.
Todos callaron pero el Emperador
exclamó: ¡Me has arrebatado el
palacio! y la espada de hierro del
verdugo segó la vida del poeta.
Otros refieren de otro modo la
historia. En el mundo no puede
haber dos cosas iguales; bastó (nos
dicen) que el poeta pronunciara el
poema para que desapareciera el
palacio, como abolido y fulminado
por la última sílaba. Tales leyendas,
claro está, no pasan de ser ficciones
literarias. El poeta era esclavo del
Emperador y murió como tal; su
composición cayó en el olvido
porque merecía el olvido y sus
descendientes buscan aún, y no
encontrarán, la palabra del universo.
El Hacedor
El Hacedor es parte de una
colección editada por Alexander
Coleman (Jorge Luis Borges Selected
Poems) en inglés y español, que
incluye varias parábolas, Borges y yo,
Los Borges, el Poema de los Dones,
Arte Poética y otros.
"El Hacedor" fue según Borges su
mejor y más personal obra. En el relato
que da nombre a la obra, nos
encontramos con lo que creemos que
es Borges: su curiosidad, su amor por
las ciudades, su aceptación sin mayor
indagación de las cosas y su ceguera -
la mayor ironía al ser razón de una
capacidad de ver a través de la memo-
ria. Ciego ve mejor que antes, entiende
o cree entender, razón del hombre
posmoderno.
En la Parábola del Palacio, el
Emperador Amarillo, el poeta y su
poema (en el que entraba minucioso el
palacio entero) son excusa para tratar el
poder de la palabra. Es una ficción nos
dice Borges, el poeta muere esclavo
"merecidamente" mientras sus
descendientes buscan sin que jamás
encuentren la palabra del universo.
Borges y yo nos habla de otro
tema borgiano, la identidad. Borges
crea su otro y el otro nos habla, cree.
"Yo me demoro en detalles", Borges
escribe y "su literatura me justifica".
Borges juega con el tiempo y el infinito,
le roba espacio al "otro". Pero
(naturalmente) el que habla no es otro
que Borges y a su vez el "otro" nos lo
dice cuando nos cuenta que en realidad
ya no sabe quien escribe.
Los temas aqui, entender o tratar
de entender y pasar el tiempo en eso,
la palabra con su magia de nombrar al
mundo y las incertidumbres de la
identidad -desconstruyendo y
construyendo en esa incertidumbre del
mundo posmoderno.
  Anterior Portada | Edición Actual | Ediciones Anteriores | Contáctenos Siguiente