Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, Noviembre-Diciembre 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
Sí, es cierto que una noche
Márquez le llamó gordo mugroso;
que allí en el bar de Diez de Julio
estábamos sus amigos, y que él
asumió el insulto sin replicar, con esa
humildad de los que se obligan a
mirar la vida desde abajo. Que para
humillarlo le negó una cerveza y
todos los presentes nos reímos con
esa estupidez que aflora cuando el
trago corre de prisa. Reímos por
costumbre, ya que de simpatías por
Márquez ni hablar. Nadie aprecia a
un cerdo que vende cerveza aguada
y más encima se siente poderoso,
dueño del lado oscuro de sus
clientes. Por costumbre, sí. El
Gordo con su panza desmesurada,
sus mofletes sudorosos y su
repentina tartamudez ha sido desde
siempre el mejor blanco para
nuestras bromas. Es que nosotros
somos así. De tanto cuidar las
esquinas se nos ha ido agriando la
leche. Entonces, no es sorpresa
abusar del Gordo ni tampoco que él,
como esa noche, se quedara seco
de palabras al ver que desde la
barra lo observaba la linda Carlita
Pulido, la morocha que Márquez
contrató de cajera y que a más de
uno de nosotros le remueve los
sesos, aunque en público se opine
que la mina no da para tanto y que
más nada es la novedad. Claro que
el Gordo no piensa igual, ya que la
mentada Carlita llamó su atención
desde la primera noche que la vio
tras la registradora, vestida con una
minifalda amarilla que permitía
aquilatar sus piernas delgadas y su
trasero plano, insignificante. Lo
cierto es que nadie se dio cuenta de
la ira del Gordo, y si ahora la
recordamos es porque al día
siguiente él lo comentó con nosotros,
cansado de ser el cero más cero del
barrio y de trabajar como esclavo
para reunir los cuatro veintes que
sus padres le exigían llevar a casa.
De algún modo, y sin que eso sea
fundamental, lo de Márquez despertó
su resentimiento. Más por la
oportunidad que por lo dicho, ya que
lo de mugroso no era tan grave.
Gordo ya le decían en la
escuela, y mugroso, todos lo somos
en este barrio. Unos más, otros
menos, según la época o la fortuna.
No hay más que pensar en Márquez,
tan feliz por la mañana y ahora, serio
a más no poder, incapaz de entender
lo que ocurre a su lado, aunque sea
el mismísimo protagonista. La verdad
es que lo del Gordo venía de antes.
Tal vez desde que supo que no
todos usaban sus mismas zapatillas
raídas y que eso que salía en las
revistas pirulas era verdad. Existían
los Mercedes Benz, la ropa
elegante, el copete fino y las minas
rubias que sentían un profundo
desprecio por los obesos. Lo
señaló la mañana que le
despidieron del supermercado
donde trabajaba reponiendo
mercadería. "Nosotros estamos al
otro lado de la vitrina" dijo, luego de
probar la cerveza que le compramos
para levantarle el ánimo. Desde ese
día se sintió parte de una desgracia
común, se unió más al grupo y llegó
al bar siempre de los primeros. Se
sentaba junto a la barra y se
dedicaba a mirar a la Carlita Pulido.
Triste, jugaba con una
moneda que jamás salía de los
bolsillos de su pantalón. Sí, el Gordo
se puso resentido. Y no era para
menos. Si hasta las putas de San
Camilo le hacían el quite aquellas
noches en que aparecía con billetes
tan legales como los nuestros,
ganados en el Persa de Bío Bío,
vendiendo lo que alguno de
nosotros robaba por la noche.
Cuestión de suerte. Detalles de su
existencia que se los contamos para
que usted sepa y no vaya a escribir
mal de él. Porque es bueno que
entienda que la Carlita Pulido cuece
algunas habas en este guiso. Se lo
decimos nosotros que somos sus
amigos, que crecimos con él desde
la infancia y compartimos sus
momentos de gloria. ¡No ponga esa
cara! El Gordo tuvo su instante
glorioso. La tarde en que ganó un
concurso de boleros en Sábados
Gigantes. Lo vimos en la tele del
bar. Cantó uno que nadie conocía
de nombre, pero que sin duda
estaba dedicado a la Carlita Pulido.
"Usted es la culpable de todas mis
angustias, de todos mis
quebrantos", decía al comienzo. Se
la cantaríamos completa, pero el
ánimo no da, y para ser honrados,
él que cantaba bien era el Gordo.
Con un poco de ayuda podría
haber sido como el Zalo Reyes, al
que una vez oímos cantar en una
fiesta que organizó la Municipalidad
antes de una elección de diputados.
Pero, eso es harina de otro costal y
nosotros estábamos en el asunto
del concurso. Cantó una vez y lo
seleccionaron. Enseguida compitió
con otros dos participantes. Uno era
un tipo viejo y algo amanerado. El
otro, moreno y de su edad.
Apostamos a este último y nadie
pudo creer cuando el Gordo sacó
esa voz que no le conocíamos. Una
voz clara, exacta en el decir o
susurrar de cada verso, capaz de
estremecer al amante más esquivo.
Si nosotros tuvimos dudas, el
público del programa, no. Lo
aplaudieron a rabiar y de no ser por
el animador, lo sacan en andas.
Después del programa llegó en un
radio taxi que le pagaron los del
canal. Vestía la camisa roja y el
vestón blanco que le habían
regalado los auspiciadores. Y
además traía dinero. El suficiente
para pedir una ronda de cerveza
para nosotros, sentirse el dueño del
bar por una noche, y cantar de
nuevo el bolero junto a la
registradora de Carlita Pulido, la que
entonces ya había recibido la
primera carta del Gordo. Carta que
escribimos recurriendo a la página
sentimental de La Cuarta, y que la
muchacha tuvo la mala ocurrencia
de mostrar a Márquez, tal vez
porque le tenía miedo o porque eran
ciertos esos rumores que hablaban
de noches en que la Carlita no se
iba a su casa. Como sea, el
resultado fue más o menos el
mismo. Márquez le tomó bronca y
comenzó a joderlo por el puro gusto
de darse importancia. Pero el
Gordo parecía hecho de madera
dura, y además, estaba el éxito.
Durante dos meses cantó en boites
de mala muerte, y su foto se iluminó
en vitrinas de San Diego al sur.
Hasta que su estrella se apagó y
nadie vino a preguntar por él, y el
concurso pasó a ser parte de las
historias increíbles del barrio.
Aparentemente no sintió el
fracaso. Sus energías estaban
concentradas en ubicarse junto a la
barra y mirar a la Carlita que, de
más está decirlo, no le prestaba la
más mínima atención, y sólo de vez
en cuando le decía algunas
palabras como para avivarle la
ilusión. Y eso que a él le parecía
normal pudo arrastrarse por meses,
sino fuera porque ahí estuvimos
nosotros decididos a mover una
pieza más del juego. El Gordo
recibió una carta de Carlita Pulido
en la que se mostraba ardiente y
"dispuesta a sobrepasar los
prejuicios de la época y el destino".
Frase esta última que copiamos de
una revista del corazón que
encontramos en la peluquería y que
nos pareció apropiada para remecer
el ánimo del Gordo, al que
imaginamos aparecer en el bar
dispuesto a recorrer el camino más
recto entre la Carlita y sus deseos.
Pero, no fue así. Le dio por la
poesía y la responsabilidad. A la
poesía se acercó a través de un
amigo suplementero y miembro de
un ateneo de poca o ninguna
memoria, y con su ayuda le escribió
tres cartas apasionadas en una
misma semana. Y por la
responsabilidad conversó con un tío
lejano y se consiguió pega de mozo
en un restaurante de Las Condes.
La combinación de trabajo e
inspiración parecía conducirlo al
éxito, o al menos eso era lo que él
pensaba cuando por la tarde
pasaba frente al bar, sin detenerse
en su habitual cervecita del relajo y
las buenas noches. Sí, sólo de
paso. Dejó de aparecer por el bar
durante quince días y concurrió a su
trabajo con la puntualidad de los
Omega. Después de eso vino la
caída. Igual que una ola, lo vimos
tocar el cielo, y enseguida, cuando
nos preparábamos a celebrar, se
quebró en mil pedazos. La verdad
es que debimos advertirle el asunto
de las cartas. La Carlita se las pasó
al Márquez y éste se encargó de
leerlas a voz en cuello la noche que
el Colo Colo ganó la Copa
Libertadores de América, y en el bar
se encontraban hasta los
muchachos abstemios del Ejército
de Salvación. Incluso las hizo correr
entre nosotros para certificar que la
letra era auténtica. Todos reímos
esa vez, menos la Carlita que de
algún modo se la ingenió para
adivinar el final de la historia, y a
pesar del colorete y el carmín de los
labios, adoptó en su rostro el tono
pálido de los gatos asustados. Uno
de nosotros quiso anticiparse a los
acontecimientos. Sugirió conversar
con el Gordo, y si bien todos
estuvimos de acuerdo, nadie se
ofreció para hacerlo. Decidimos
montar guardia, con tan buena
disposición que el día que regresó
al bar estábamos todos presentes,
ebrios y olvidadizos. Traía la
derrota pintada en el rostro. Entró
con lentitud y cuando vio que tras la
caja no se encontraba la Carlita
Pulido, avanzó hasta la mesa más
apartada del bar. Lo seguimos.
Pidió una cerveza, se secó el sudor
de la frente y como si acabase de
inventar la pólvora, dijo lo que ya
sabíamos con precisión: "la vida es
una mierda". Y luego se explicó. Lo
habían sorprendido aligerando el
contenido de los platos que debía
servir, y del descubrimiento al
despido, sólo había mediado una
sarta de insultos que, bien pensado,
se merecía por glotón. Escuchamos
la anécdota y supusimos que las
cosas se darían como de
costumbre. Y durante algunos días
fue así. El Gordo triste, las
cervezas, el resentimiento. Y
aunque sea duro decirlo, una vez
más nos equivocamos.
Esta tarde él apareció por el
bar a la hora habitual. Nos saludó
sin decir palabra y nos fue mirando
con rencor uno por uno. Alguien le
había soplado lo de las cartas y
deseaba escuchar una explicación.
Nosotros se la dimos, y él, de pura
amistad nos creyó. Se pusieron
cervezas en la mesa y se conversó
de fútbol, minas y malas ondas. El
Gordo se veía un tanto bajoneado.
Quieto de palabras y de sonrisas.
Como que algo en su interior le
empezó a funcionar en un orden
diferente al habitual. No supimos
entenderlo, y las cosas sucedieron
de pronto, inesperadas. Se puso de
pie y ocupó con su humanidad el
centro del bar. Los parroquianos se
quedaron en silencio, masticando el
asombro. "Voy a cantar para la
Carlita", dijo. El silencio se hizo
doble y todos miraron a la
muchacha, enrojecida tras la
registradora, sin capacidad de decir
nada, sólo de dar unos pasos que la
aproximaron a Márquez, él cual la
acogió con un cálido abrazo. "Para
que nadie tenga dudas" dijo a voz
en cuello el cantinero, y lo vimos
abandonar su puesto junto a la
barra, acercarse al Gordo y gritarle
en su cara que era un mugroso.
Que nadie cantaba en su bar y que
mejor fuera pensando en otro sitio a
donde ir a criar sus borracheras.
La respuesta del Gordo fue un
resumen de sus iras. Alguien dice
que intercambiaron insultos en voz
baja. Que se mentaron las madres o
algo así. A nosotros no nos consta.
Estábamos en una esquina
apartada y la bronca nos pareció
irreal, de farsa o película mexicana.
Observamos al Gordo sacar una
pistola del 22, una matagatos que le
dicen, y cuando Márquez intentaba
una sonrisa, le disparó en el pecho.
La clientela se hizo humo
rápidamente, salvo nosotros, la
Carlita, y el Gordo, nuestro Gordo
que se quedó mirando a la
muchacha desde el rincón más triste
del bar. Lo demás, usted lo sabe:
nadie quiere a los gordos.
El gordo de los boleros
de Ramón Díaz Eterovic
Ramón Díaz Eterovic recoge en
su cuento una escena común, el bar
del barrio pobre, Márquez el dueño
del bar, la Carlita cajera, los jóvenes
que viven de lo que pueden y que
de "tanto cuidar las esquinas se nos
ha ido agriando la leche y el gordo -
con su panza desmesurada, con esa
humildad de los que se obligan a
mirar la vida desde abajo.
El gordo tiene su momento de
triunfo cuando gana el concurso de
boleros de Sábados Gigantes pero
las oportunidades son pocas y los
triunfos son pasajeros: "la vida es
una mierda".
De todos, sólo el gordo ha
tomado el riesgo de pretender a la
Carlita publicamente, el gordo
entiende que "estamos del otro lado
de la vitrina". Pero también pierde en
el amor y su resentimiento crece.
Márquez es sólo el matón que
el gordo identifica, sino que los
amigos también traicionan -"nos fue
mirando con rencor uno por uno,
venía bajoneado.
Y, al final el desenlace es
trágico. La voz narrativa nos lo dice
claramente: no sólo "las minas
rubias sienten un profundo
desprecio por los obesos" sino que
"nadie quiere a los gordos"...
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