Alberta, Noviembre-Diciembre 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
De Mujer...
DE MUJER...
FMI y la opresión
de la mujer
El FMI como parte de la nueva
expansión del patriarcalismo
A finales de la Segunda Guerra Mundial el
capitalismo se encontraba sumido en una duda
existencial en todo el planeta en cuanto a las
cuestiones centrales de la "opresión invisible" -de la
mujer- y de la muy visible -de las clases y naciones
oprimidas. La participación de la mujer había sido
central para vencer al nazismo en Europa y a Japón
en Asia. En la URSS y en menor medida en los
restantes Estados y naciones, el trabajo global y la
participación armada de la mujer fue capital para el
triunfo. El tremendo esfuerzo de trasladar las fábricas
soviéticas a zonas seguras, de ponerlas de nuevo en
marcha, de construir y reconstruir una y otra vez
carreteras, puentes y ferrocarriles, de participar en
unidades militares oficiales y guerrilleras, fue vital
para la derrota del ejército nazi en la URSS donde se
concentraron el 80% de las tropas alemanas.
Otro tanto se puede decir de las mujeres de los
países ocupados por los nazis, en donde hubo
ejércitos guerrilleros que no sólo resistieron a la
represión sino aumentaron su fuerza armada. Las
experiencias yugoslavas, griegas, polacas, checas,
albanesas, francesas, noruegas, son concluyentes.
Inglaterra sobrevivió gracias al masivo esfuerzo de la
mujer. En la guerra en Asia contra Japón las guerrillas
filipinas, birmanas, malayas, coreanas, vietnamitas,
se sustentaron sobre el trabajo de la mujer. En lo que
respecta a EEUU hay que decir que sin la fuerza de
trabajo de la mujer nunca se hubieran alcanzado las
impresionantes cuotas de producción armamentística.
Pero sobre todo, fue en China en donde más decisoria
fue su intervención que venía de antes de la propia
invasión japonesa.
Dentro mismo de las potencias invasoras, la
mujer jugó un papel central en la resistencia interna.
Los partisanos italianos lo sabían bien. En Alemania
muchas redes clandestinas de ayuda a judíos,
aliados, trabajadores deportados y sobre todo de
espionaje, funcionaron gracias a las mujeres. La
propaganda oficial de esas potencias insistía con
especial fuerza en el mantenimiento del patriarcado
propio como fuerza alienante, como medio para
impedir la concienciación y participación de las
mujeres en la resistencia clandestina.
Estados aliados de esas potencias, sobre todo
el español, también dedicaban esfuerzos supremos,
con bendición eclesiástica, para impedir la
emancipación de la mujer y su participación en la
resistencia nunca sofocada. Pese a las terribles
condiciones represivas del momento, dicha
participación era innegable.
Pues bien, conforme se acababa la Segunda
Guerra Mundial, las burguesías victoriosas pero
también las derrotadas, la alemana, italiana y
japonesa, se interrogaban sobre algo fundamental
para el futuro: ¿cómo contener la casi segura
avalancha de reivindicaciones democráticas y
feministas de unas mujeres que lo habían dado todo
en la guerra?. La experiencia histórica enseñaba que
en situaciones anteriores similares las mujeres habían
exigido sus derechos y habían puesto sobre la mesa
sus reivindicaciones específicas basándose en la
innegable legitimidad conquistada por su esfuerzo,
muy superior al de las propias clases dominantes.
Las condiciones de 1945 eran especialmente
inquietantes para el capitalismo: la URSS aparecía
como la gran vencedora del nazismo; dentro de
Europa se habían generado fuertes movimientos
revolucionarios en los que la mujer jugaba un papel
central; millones de mujeres que habían ido a la
fábrica se resistirían a volver a la cárcel familiar. Y, las
burguesías europeas no tenían legitimidad por su
colaboracionismo abierto o
encubierto y, en especial, el
baluarte último del patriarcado y
de la opresión de la mujer, las
diferentes iglesias cristianas y en
concreto el Vaticano, tenía menos
aún. Fuera del "mundo
desarrollado", en Asia, la
creciente fuerza de la revolución
china, la continuidad de las
luchas de liberación en Vietnam y
Birmania, y la situación de la
India, auguraban negras
expectativas para el patriarcado.
En este contexto hay que
ubicar la función del Fondo
Monetario Internacional y en
general de toda la estrategia
diseñada en Bretton Woods. Por
lo común, los análisis críticos
realizados sobre dicha estrategia
se limitan a sus aspectos
económicos, políticos y militares olvidando su
impacto sobre la mujer. Sin embargo, todo el
ordenamiento imperialista impuesto por EEUU en
Bretton Woods se sustentaba en la sojuzgación de la
mujer para aumentar las ganancias del capital y
asegurar el sistema patriarcal.
Tenemos que partir de la esencial unión
simbiótica entre capital y patriarcado para comprender
la importancia de la ofensiva antifeminista que se
desarrolló inmediatamente después de la Segunda
Guerra Mundial. Junto a las medidas de contención
contrarrevolucionaria de los procesos de liberación
nacional y de clase en el "tercer mundo", dentro del
primero, en Europa, actuaron mecanismos de control
social, integración reformista y represión política
destinados a recomponer el capitalismo seriamente
dañado y a evitar las sucesivas crisis pre y
revolucionarias que se dieron tras la Guerra Mundial.
Los ejes del ataque fueron cuatro: reproductor,
para aumentar la tasa de natalidad recuperando la
mortandad de la guerra; económico, para obligar a las
mujeres a dejar las fábricas enclaustrándose en el
domicilio; político, para obtener el voto femenino o en
cualquier caso su abstención y cultural, para
relegitimar los valores patriarcales, la familia y la
religión. Tanto en EEUU como en Europa el clima
artificial de la llamada "guerra fría" aportó la necesaria
dosis de "terror psicológico de masas" ante una
"invasión soviética" y la inevitable guerra nuclear.
Además la política de reformas estatales, el
comienzo del llamado "Estado del Bienestar" tras
décadas de dolor y recientes sufrimientos y guerras;
el miedo a una nueva guerra, esta vez nuclear, así
como la fuerte propaganda legitimadora de las guerras
brutales contra los procesos de liberación de las
colonias, activó una remilitarización que exigía más
carne de cañón, favorecía planes de natalidad y el
reforzamiento de la familia autoritaria. La intensa
propaganda occidentalista y cristiana frente a la
URSS y la "subversión mundial" conjuntaron las
piezas de la máquina patriarcal y capitalista.
Se fue perdiendo la memoria de la lucha
antifascista y de las fuerzas revolucionarias
acumuladas durante la Segunda Guerra. Y, sin
embargo, mientras moría un mundo nacía otro.
Sectores pequeños de mujeres norteamericanas
empezaron a concretar el feminismo a mediados de
los sesenta. Eran núcleos reducidos, intelectuales y
de extracción burguesa sin arraigo en la masa
desvertebrada y aislada de mujeres. Pero crecieron y
se expandieron. La fuerte contestación dentro de
EEUU a la guerra de Vietnam es incomprensible sin
la tarea de aquellas feministas que ya entonces se
relacionaban con las europeas. Para finales de los
sesenta no sólo empezaba el agotamiento del modelo
estratégico de EEUU en lo económico, político y
militar, sino que también en su simbiosis esencial con
el patriarcado. Los informes de las diversas
organizaciones reaccionarias privadas como la
Trilateral y los de los Estados mismos y los del
Vaticano, denotan una consciente alarma ante una
realidad cambiante, impredecible e incierta.
El "Nuevo Orden " Patriarcal
La crisis global que afecta al capitalismo desde
comienzos de los setenta, suavizada por la
desaparición de la URSS y la recuperación
económica parcial de mediados de los ochenta, es
también crisis del patriarcado. Desde mediados y
finales de los setenta se asiste a una contraofensiva
patriarcal y machista en todo el capitalismo: desde la
"nueva filosofía francesa," pasando por el Vaticano, el
reaganismo y el thatcherismo, tomando cuerpo en el
racismo y concretándose definitivamente en los
nuevos valores de castidad, matrimonio y familia
unida, esta contraofensiva va unida filosófica, política
y económicamente al triunfo del neoliberalismo como
nuevo esquema estratégico del capital en la fase
mundializadora.
Es aquí en donde hay que ubicar las causas
sexistas y consecuencias opresivas de dicha
estrategia global: todas y cada una de las medidas
neoliberales en curso aumentan y profundizan la
explotación de la mujer, su opresión y dominación
dentro del centro imperialista. La razón: si la
estrategia diseñada en Bretton Woods tenía la
finalidad de abrir una nueva fase de expansión
capitalista controlada por EEUU, la estrategia
neoliberal y del "nuevo orden" aplicada mundialmente
hoy abre otra fase expansiva. La derrota de la mujer
entonces era tan imprescindible como ahora. Ello era
y es debido a que el capital y el patriarcado tienen
idénticos intereses materiales en la opresión de la
mujer.
Y estos son: (1) aumentar la explotación de la
fuerza de trabajo de la mujer en todos los sentidos,
en la casa, trabajo sumergido, fábrica, prostíbulo; (2)
aumentar la explotación sexo-reproductiva de la
mujer, tanto con políticas de restricción autoritaria de
la natalidad -caso del tercer y cuarto mundos, como
de su aumento potenciado oficialmente -caso del
primer mundo; (3) aumentar la explotación sexo-
afectiva para aumentar la capacidad de absorción y
canalización de frustraciones y tensiones de masas
vía institución familiar y amor patriarcal y (4) aumentar
la identidad grupal machista y sexista de la sociedad
en momentos de incertidumbre, precariedad y
retroceso de las condiciones sociales.
La cuádruple finalidad era esencialmente la
misma hace medio siglo que ahora. Varían las formas
y los modos de aplicación pero la finalidad es la
misma. Las líneas de ataque neoliberal fervientemente
impulsadas por el FMI, el Banco Mundial y el GATT,
además de por otras instituciones, inciden en cada
una de ellas y en todas conjuntamente. Es imposible
el desarrollo pleno de las líneas neoliberales al
margen de la hiperexplotación de la mujer, y ésta ha
aumentado proporcionalmente al endurecimiento
neoliberal y a la puesta en marcha de las recetas de
estos organismos y tratados.
Primero, el neoliberalismo tiene la función de
aumentar la tasa de beneficio de la burguesía,
enriquecer más a la pequeña minoría de ricos y
empobrecer más a la gran mayoría de pobres. Se
endurecen las condiciones de explotación del trabajo,
se debilita a las clases trabajadoras, se desequilibra
más la distribución del excedente en beneficio de esa
minoría dominante. Por ello, las franjas sociales más
oprimidas y débiles en la base de la pirámide de
poderes, las mujeres, los ancianos, los marginados y
los emigrantes, son quienes padecen y cargan sobre
sí el aumento de esa explotación. Este es un proceso
a escala mundial que se da también en el centro
imperialista. Naturalmente, en el tercer y cuarto
mundos, la indefensión legal de la mujer es muy
superior, pero también dentro del primer mundo
asistimos a un recorte autoritario de las libertades de
la mujer y de los grupos y fracciones descritos.
Segundo, el enriquecimiento de los ricos exige
además de una serie de medidas socioeconómicas a
largo plazo, medidas de reducción del gasto estatal,
de los "gastos públicos", fundamentalmente de los
servicios sociales, asistenciales, educativos,
sanitarios, antes sufragados por el Estado y ahora
entregados a la voracidad privada burguesa. Su
privatización va destinada a aumentar el beneficio de
los ricos al obligar al pueblo a pagar gastos que antes
pagaba el Estado. Se aumentan las transferencias a
la burguesía, mientras que el Estado sigue costeando
con dinero público los servicios que los ricos no
quieren privatizar. Ello redunda en un aumento
exponencial de la carga diaria de trabajo de la mujer,
al tener que ahorrar más mientras suple con su
esfuerzo personal la desaparición de prestaciones
sociales -guarderías, centros de retiro/ jubilación, etc.
Tercero, la privatización va unida a la
desprotección y desregulación de las formas de
trabajo, eufemísticamente la "flexibilización del
mercado de trabajo" que consiste en el despido libre
de, en primera instancia, las mujeres trabajadoras.
También, al deterioro de las contrataciones en los
trabajos sumergidos, a tiempo parcial, a encargo
domiciliario, que, en primera instancia, se ceban en
las mujeres como fuerza de trabajo indefensa.
Semejante precarización y empeoramiento es
necesario conforme la lógica del primer y segundo
puntos, toda vez que el Estado opta abiertamente por
los capitalistas. Pero dicho empeoramiento supone,
en la cotidianidad diaria de la mujer, un aumento de la
explotación al hacerse irreversible su doble jornada de
trabajo y al aparecer ya la triple tarea cotidiana:
trabajar fuera, en casa y además, atender a familiares