Alberta, November-December 2007
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
El Custodio Blancanieves
de Luisa Valenzuela
Al fondo, detrás de un vidrio, están
las plantas como en una e
norme caja.
Y
aquí delante, también e
n una caja de
vidrio (blindado) está el cu
stodio. Tiene
algo en común con las pla
ntas, un
cierto secreto que le viene
de la tierra. Y
entre una y otra jaula de v
idrio se
esmeran los jóvenes subg
erentes
envejecidos, tan atildados
con sus
impecables trajes y su so
nrisa exacta.
Es verdad que son menos
circunspectos que el cust
odio pero,
como jóvenes subgerente
s de empresa
financiera, no están adies
trados para
matar y eso los redime un
poco. No
demasiado. Apenas lo nec
esario para
concederles la gracia de i
maginarlos -
como los suele imaginar n
uestro
custodio- haciendo el amor sobre la
alfombra. Al unísono, eso sí, al compás
sincopado de las calculadoras
electrónicas. Debajo de ellos, las
secretarias son también tristemente
hermosas, casi siem-pre de ojos claros,
y el custodio las contempla no sin
cierta lujuria y piensa que los
subgerentes rubios -casi todos también
de ojos acuosos- están en mejores
condiciones que él para seducir a las
jóvenes secretarias. Sólo que él tiene la
Parabellum y tiene también -ocultos en
su maletín de ejecutivo- una mira
telescópica y un silenciador de la mejor
fabricación extranjera. En un bolsillo
interior del saco lleva el permiso para
portar armas, el carnet que lo acredita
como guardián de la ley. En el otro
bolsillo vaya uno a saber qué lleva, ni él
mismo suele querer averiguarlo: una vez
encontró un lápiz de labios y se manchó
las manos de rojo como si fuera sangre,
otra vez encontró semillas, no
identificadas; en cierta oportunidad se
perdió en las pelusas del bolsillo entre
hebras de tabaco y otras yerbas, y
ahora ya no quiere ni pensar en ese
bolsillo mientras vigila a los clientes
que entran y salen de las vastas
oficinas. Sabe que los subg
erentes
puede que tengan los ojos
claros, pero
la caja de vidrio de
él tiene tres ojos
redondos (uno por
cada lado útil, el
cuarto está adosado a la pared) y
son
ojos más extraños, para no decir más
prácticos y eventualmente más letales.
Por allí puede disparar a quien se lo
busque y desde allí puede sentirse
seguro: esa caja es su madre y lo
contiene.
Desde su caja de vidrio ve desfilar a los
seres más absur-dos, con cara de
enanos, por ejemplo, o mujeres de
formas que contrarían todas las leyes
de la estética y niñitas de pelo teñido
color amarillo huevo. Por momentos
nuestro custodio piensa que la empresa
los contrata para hacer resaltar la
belleza física de sus empleados, pero
muy pronto descarta esa loca idea: se
trata de una empresa financiera, hecha
para ganar dinero, no para gastarlo en
proyectos absurdos.
Y él ¿para qué está allí? Está para
defender la plata y estaría para regar
las plantas si sólo se lo permitieran.
Le vendría bien poder pasarse de vez en
cuando a la otra caja de vidrio, la del
fondo; es bastante más amplia que la
suya aunque no esté blindada, tiene
más aire, y el paso de la plata a las
plantas es sólo cuestión de una única
letra. Un paso que a él lo haría tan feliz,
sobre todo porque la plata es de otros,
no será nunca suya, y en cambio las
plantas no pertenecen a nadie. Tienen
vida propia y él podría regarlas,
acariciarlas, hasta hablarles bajito
como si fueran un perro amigo, como
aquel tipo que se pasaba los días
cuidando a los suyos con la mayor
ternura y era un perro de presa y una
planta carnívora. Él no necesita tanto
amar para matar a otros, no necesita
siquiera tenerle un cierto afecto a la
gente de esa oficina aunque esté allí
para defenderlos, para jugarse la vida
por ellos. Sólo que allí nunca pasa
nada: nadie entra con aire amenazador
ni intenta un asalto. A veces algún
paquete sospechoso sobre un asiento
le llama la atención, pero enseguida
vuelve la persona que se lo había
dejado olvidado y se aleja lo más
campante con el paquete de marras
bajo el brazo. Por lo tanto, suponiendo
que hubiera habido una bomba en el
paquete, estallará lejos de las
sacrosantas oficinas. Y su deber tan
sólo consiste en defender la empresa,
no la ciudad entera y menos aún el
universo. Su deber es simplemente ése:
actuar en la defensa y no en la línea de
ataque, aunque si tuviera dos dedos de
frente sabría que el presunto agresor
puede muy bien ser uno de los suyos
(un hombre como él, sin ir más lejos) y
no algo ajeno como puede serlo la caja
de caudales. Pero bien cara les va a
costar mi vida, se dice a menudo
repitiendo la frase tantas veces oída
durante el adiestramiento, sin darse
cuenta de que todo mortal piensa lo
mismo, con o sin permiso de la ley (una
vida no es cosa que se regale así no
más, y menos la propia vida, pero él
tiene licencia para matar y se siente
tranquilo). Por eso duerme
plácidamente por las noches cuando no
está de guardia, y a veces sueña con
las plantitas del fondo. Eso, claro,
cuando no le toca soñar con las bellas
secretarias desnudas, algo acartonadas
ellas pero siempre excitantes. Sueños
que son más bien de vigilia,
ensoñaciones donde bellos y bellas de
la empresa financiera se revuelcan
desnudos sobre la alfombra que silencia
sus movimientos. La alfombra como
silenciador. Él también, allí en su caja
de cristal -Blancanieves, ¡la pucha!-
tiene una pistola con silenciador y
además se mantiene silencioso como
una planta. Vegetal, casi. Silencioso él
en su jaula de vidrio acariciando su
silenciador mientras imagina a los de
afuera en posiciones del todo reñidas
con las buenas costumbres.
Y hélo ahí, sumido en sus
ensoñaciones, defendiendo con toda su
humanidad lo que no le pertenece para
nada. Ni remotamente. Una perfecta
vida de cretino. ¿Defendiendo qué?: la
caja fuerte, el honor de las secretarias,
el aire seguro de gerentes, subgerentes
y demás empleados (su atildada
presencia). Defendiendo a los clientes.
Defendiendo la guita que es de otros.
Esa idea se le ocurrió un buen día, al
día siguiente la olvidó, la recordó a la
semana y después poco a poco la idea
se le fue instalando para siempre en la
cabeza. Un toque de humanidad
después de todo, una chispa de idea.
Algo que le fue naciendo calentito como
su cariño por las plantas del fondo. Algo
que se llamaba bronca.
Empezó a ir a su trabajo arrastrando
los pies, ya no se sintió tan hombre. No
soñó más ante el espejo que su oficio
era oficio de valientes.
¡Qué revelación el día cuando supo
(muy adentro, en esa zona de sí mismo
cuya existencia ni siquiera sospechaba)
que su tal oficio de valientes era oficio
de boludos! Que los cojones bien
puestos no son necesariamente los
puestos en defensa de otros. Fue como
si le hubieran dado el célebre beso
sobre la frente
dormida, como si lo
hubieran despertado.
Iluminado.
Cosas todas estas que
le era imposible
transmitir a sus jefes.
Claro que estaba
acostumbrado a
callarse la boca, a
mantener para sí como
un tesoro los pocos
sentimientos que le
iban aflorando a lo
largo de su vida. No
muchos sentimientos,
escasa noción de que
algo transcurría en él a pesar de él
mismo. Y había soportado sin proferir
palabra ese largo curso sobre torturas
en carne propia llamado adiestramiento:
no era entonces cuestión de sentarse a
hablar -y sentarse ¿desde cuándo se
ha visto, frente a sus superiores?-, a
hablar exponiendo dudas o presentando
quejas. Fue así como poco a poco
empezó a nutrir una bronca por demás
esclarecedora y pudo pasar las tardes
de pie dentro de su jaula de vidrio
ocupando sus pensamientos en algo
más concreto que las ensoñaciones
eróticas. Dejó de imaginar a los jóvenes
subgerentes revolcándose con las
secretarias sobre la mullida alfombra y
empezó a verlos tal cual eran,
desempeñando sus tareas específicas.
Un ir y venir en silencioso respeto, un
astutísimo manejo de dinero, de las
acciones, los bonos, las letras de
cambio, las divisas. Y todos ellos tan
insultantemente jóvenes, atractivos.
Fue bueno durante meses despojar a
esos cuerpos de todos sus fantasmas y
verlos tan sólo en sus funciones
puramente laborales. Nuestro custodio
se volvió realista, sistemático. Dio en
salir de la jaula y pasear su elástica
figura por los salones sembrados de
escritorios, empezó a cambiar algunas
frases con los empleados más
accesibles, sonrió a las secretarias,
charló largo rato con uno de los
corredores de la bolsa. Intimó con el
portero. Llegó a mencionarle a algunos
su atracción por las plantas y cierta vez
que las notó mustias pidió permiso para
regarlas después de hora. Al cerrar las
oficinas lo empezaron a dejar a él
atendiendo las plantas, fumigándolas,
limpiándolas de hollín para que pudieran
respirar a gusto.
Cierto atardecer llevó su pasión al
extremo de quedarse dos horas
mateando plácidamente entre las
plantas. El guardián nocturno no pudo
menos que comentarlo con sus
superiores y todos temieron que el
custodio se estuviera haciendo poeta,
cosa por demás nociva en un trabajo
como el suyo. Pero no había que temer
tamaño deterioro: su vigilancia la
cumplía a conciencia y se mostraba por
demás activo en sus horas de guardia
sin dejar escapar detalle alguno. Hasta
llegó a frustrar un peligroso asalto
gracias a sus rapidísimos reflejos y a
un olfato que le valió el aplauso de sus
jefes. Él supo recibir con suma dignidad
la recompensa, consciente de que no
había hecho más que cuidar sus
propios intereses. Sus superiores
jerárquicos y también los directivos de
la empresa presentes en la sencilla
ceremonia entendieron la humildad del
custodio como un sentimiento noble,
una satisfacción verdadera por el deber
cumplido. Duplicaron entonces el monto
de la recompensa y se retiraron
tranquilos a sus respectivos hogares
sabiendo que la empresa financiera
gozaba de una vigilancia inmejorable.
Gracias a la doble bonificación, el
custodio pudo equiparse a gusto y sólo
necesitó poner en práctica la paciencia
aprendida de las plantas. Cuando por
fin consideró llegado el momento de dar
el golpe, lo hizo con una limpieza tal
que fue imposible seguirle el rastro y
dar con su paradero. Es decir que a los
ojos de los demás logró realizar su viejo
sueño. Es decir que se lo tragó la
tierra.
Feliz Año Nuevo
En una caja de vidro blindado está
el custodio Blancanieves, adivinando un
secreto que le viene de la tierra lo que
ha tenido en el bolsillo lo vincula a él: un
lapiz de labios color sangre, unas
semillas no identificadas, unas hebras
de tabaco y otra yerbas, comienza su
viaje, su proceso de "iluminación" y el
nuestro.
El cuento comienza con
Blancanieves hablándose a si mismo
sobre su papel de "protector," desde la
caja de vidrio el poder de su
Parabellum, mira telescópica y
silenciador. Pero tiene cierta conciencia
sobre la condición privilegiada de
quienes protege, subgerentes de ojos
acuosos comparados con los ojos
"letales" de su caja de vidrio.
A través de la fantasía
Blancanieves sobrelleva su soledad;
imagina a los subgerentes seduciendo a
las secretarias sobre la alfombra. Pero
adivina, sin embargo, que hay algo más
por lo que su papel de "protector de la
plata" le niega acceso a una parte
natural suya que busca conexión con la
tierra -ese querer regar las plantas.
A medida que explora, el guardia
comienza a notar que su trabajo es
mercenario, que no tiene pasión, y
crece en él su deseo de ser libre
envidia un poco la caja de vidrio no
blindada de las plantas por eso, son
libres, tienen vida propia, se dejan
acariciar.
El guardia, indoctrinado en "la vida
no se regala", evoluciona desde "ha de
costarles caro mi vida" hasta la idea de
que la vida puede regalarse si se vive
para otros. Emerge entonces la bronca
facilitando la conexión del guardia con
su humanidad.
La caja de vidrio pasa de
protectora a "jaula," limita,
deshumaniza. La mira telescópica "de
mejor fabricación extranjera" no le ha
ayudado a entender su realidad, sólo
focalizarse en lo que siente y
examinarse lo ha hecho. La chispa
emerge: "¡la pucha!-tiene una pistola
con silenciador y además se mantiene
silencioso como una planta. Vegetal,
casi. Silencioso él en su jaula de
vidrio..." La chispa se olvida, pero un
día se le instala en la cabeza.
Bronca y chispa son como el
beso sobre la frente dormida de
Blancanieves. Su oficio no es ya
"profesión de valientes" sino "oficio de
boludos" "los cojones bien puestos no
son los puestos en defensa de otros."
La plata se vuelve "guita", pierde
legitimidad. Iluminado sobre su papel
en el trabajo se ilumina también sobre
su papel en la vida, "perfecta vida de
cretino". Decide no perder el tiempo en
ensoñaciones eróticas y concentrarse
en algo más concreto, un plan.
Descubre el astuto manejo de
dinero, acciones, divisas en el banco y
entiende que quienes allí trabajan son
"insultantemente jóvenes." Desarrolla el
olfato y hace lo suyo: planea para ser
libre. Deja atrás su vida en defensa de
otros (con guita), para hacer lo suyo. Y
así da "el golpe" con tanta limpieza que
no pueden seguirle rastro. Su final
conexión es con la tierra, vivir para su
propio interés se lo "traga".