Alberta, November-December 2007
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ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Tamalitos de
Cambray
(5,000,000 de tamalitos)
A Eduardo y Helena que me
pidieron una receta salvadoreña.
Dos libras de masa de mestizo
media libra de lomo gachupín
cocido y bien picado
una cajita de pasas beata
dos cucharadas de leche de Malinche
una taza de agua bien rabiosa
un sofrito con cascos de conquistadores
tres cebollas jesuitas
una bolsita de oro multinacional
dos dientes de dragón
una zanahoria presidencial
dos cucharadas de alcahuetes
manteca de indios de Panchimalco
dos tomates ministeriales
media taza de azúcar televisora
dos gotas de lava de volcán
siete hojas de pito
(no seas mal pensado es somnífero)
lo pones todo a cocer
a fuego lento
por quinientos años
y verás qué sabor.
Claribel Alegría nació en Estelí, Nicaragua en
1924 y creció en El Salvador. Ha sido una voz
importante en la lucha por la liberación en El
Salvador y Centroamérica. Ha publicado más de 40
libros de poesía, novelas y un libro de historias para
niños. Diez de sus libros son de ficción y han sido
traducidos al Inglés, incluyendo "Cenizas de Izalco",
"Luisa en la Tierra de la Realidad", "Album familiar",
"Fugas"... Ha recibido varios premios en América
Latina y España, y su libro de poesía "Sobrevivo"
recibió el premio Casa de las Américas.
Claribel Alegría y su esposo, Darwin J. Flakoll,
han colaborado en un número de testimonios
incluyendo "Muerte a Somoza", "Tunel a Canto
Grande", "La Revolución Sandinista", y "Nunca me
tomaran vivo". Su viva documentación de hechos
dramáticos en la historia Latinoamericana les ha
ganado reconocimiento internacional. Darwin Flakoll
falleció en 1995; Claribel Alegría reside en Managua.
"Alegría es una presencia conmovedora en
persona y en su poesia. Pocos han logrado recrear
tan apasionadamente la lucha y resistencia del
pueblo centroamericano; pocos poseen su
capacidad para nombrar los muertos. Lo que coloca
su trabajo en el marco de la historia social y política
de Centroamérica recuperada del olvido..." --Marjorie
Agosín, Américas
Desde los lejanos y gloriosos días de La Plata a
la larga estadía en la Quinta de Olivos, pasando por
ese inhóspito paraje llamado Santa Cruz. Historia de
una mujer que no se deja encasillar solo como mujer.
El chiste alguna vez le causó gracia a
Cristina Fernández: Bill Clinton y Hillary paran con su
auto en una estación de servicio, y el empleado que
los atiende resulta ser el primer novio de ella. Cuando
se van, Bill le dice a Hillary: "¿Qué serías vos, hoy, si
te hubieras casado con éste?" Y ella, displicente y
sin mirarlo, contesta: "Naturalmente, Primera Dama".
Parejas como los Clinton o los Kirchner
hacen emerger este tipo de chistes. Simbióticos,
obsesivos, recíprocamente leales; capaces de
ampararse mutuamente en público y de mantener sus
evidentes terremotos en reserva; mentes que manejan
al unísono eso tan difícil de reconciliar entre dos
seres humanos: los planes a largo plazo.
Tratándose de un perfil de la primera presidenta
electa en la Argentina, debería haber comenzado
hablando directamente de Cristina Fernández de
Kirchner. De su biografía. Pero del nombre con el que
ella ha llegado a la presidencia sale la sustancia de
Cristina K. Los hombres y las mujeres que forman
extrañas parejas como los Kirchner o los Clinton no
se dejan leer por separado. Son personas que han
encontrado al cómplice justo para hacer planes a
largo plazo. Tan difícil es amarrar en la figura de
Cristina K, que en las notas, en los libros escritos
sobre ella, en los elogios y las críticas que más
arrecian a su alrededor, van a parar al rimmel.
Muy lejos del universo sensiblero de cualquier
especie, Cristina K., en esa misma época, era una
chica que quería ser psicóloga y que sin embargo,
después, nunca en su vida hizo terapia. Era una chica
que después decidió estudiar Derecho, y a juzgar por
todos los que la conocieron en esa época, era todavía
un volcán sin erupciones. Su inteligencia y su
tenacidad estaban a la espera de alguna convicción
muy fuerte, que pueden marcar una vida. Eso llegó
con Kirchner.
La Plata en llamas
Hasta entonces, la hija mayor de Eduardo
Fernández y de Ofelia Wilhelm había sido siempre
una chica, según los cánones de la época,
demasiado linda como para ser inteligente. Escuela
primaria pública, escuela secundaria en colegio de
monjas, vida de clase media. Padre radical, madre
peronista y encima, sindicalista del Ministerio de
Economía platense. Infancia y adolescencia en La
Plata y en Tolosa, un par de novios y, sobre todo,
antes que nada, la efervescencia de esa ciudad en la
que a Cristina K. le tocó vivir y estudiar.
La Plata en los '70 era una fiesta que
lentamente se iría convirtiendo en un infierno. Un
micromundo hiperpolitizado en el que a los jóvenes
muy jóvenes se les había dado por ser actores
políticos e históricos, tan difícil de pensar hoy, en el
que hacer política daba chapa y no vergüenza. Había
una vez en la Argentina una generación que
despreciaba profundamente los símbolos de status
económico, y que estaba muy lejos de estas
generaciones de jóvenes limados por el mercado, que
creen en lo que dice la publicidad de cualquier marca
deportiva. Muy, muy, muy lejos...En aquel mundo
platense de los '70 el atractivo de un pibe era político.
Los levantes se hacían en las asambleas. La política
estaba erotizada. Y esa generación se abrazó a la
política como no hubo otra que lo hiciera en muchos
años de historia argentina. Era un fenómeno mundial.
Lindero con ese mundo estaba, naturalmente, el
de las organizaciones armadas, pero el matrimonio K.
no se alejó nunca de la ruta política: quienes los
conocieron por entonces indican que ya en ese
momento, después del golpe, cuando los recién
casados se fueron a Río Gallegos, Kirchner empezó a
fantasear con un camino que lo llevara de una
intendencia a una gobernación, y de una gobernación
a la presidencia. Y también se refiere que usó los
años de la dictadura en el estudio jurídico-inmobiliario
que llevaba adelante con su esposa rematando
casas de deudores, para acumular dinero que le
permitiera financiarse alguna vez políticamente.
¿Cómo saberlo? Ellos no hablan. Dejan hablar.
Cuando Cristina K. accedió con 18 o 20 años a ese
mundo hiperpolitizado de los universitarios platenses,
el rimmel ya estaba puesto. El pelo ya estaba
domesticado. Las uñas ya eran largas y estaban
pintadas. Hay una autoimagen que parece necesitar y
a la que se aferra la flamante presidenta electa. Su
maquillaje setentista podría ser leído, creo, como un
pacto con una versión de sí misma que floreció en
aquella época. La época de las grandes
convicciones... Esta mujer que no apela a "lo
femenino" para actuar políticamente ha elegido,
probablemente sin quererlo o sin saberlo, el tatuaje de
aquellas chicas platenses que se enamoraban de los
buenos oradores, para llevarlo inscripto en la cara.
El cliché de los medios ha intentado sin éxito
apropiarse de su personalidad, de su carácter, de sus
declaraciones y los rebotes de sus declaraciones.
Pero Cristina K. no se ha dejado. En su estrategia
para llegar al poder, no se ha dejado interpretar. La
decisión de no hablar con la prensa la ha privado de
una comunicación blanda y emocional con la gente,
que después de todo es el tipo de comunicación que
uno espera de una candidata mujer. Pero ahí tampoco
Cristina K. se ha dejado. Puso fichas en otro
casillero, hizo una apuesta más alta, casi soberbia.
No usó "lo presuntamente femenino" en su campaña.
Ni en su campaña ni nunca. Se desmarca.
A la política
La vida pública de Cristina K. comenzó en el
sur, cuando todo estalló. Cuando La Plata ya no era
una fiesta y era en cambio una fuente de noticias
desgraciadas. Cuando ya era madre de Máximo,
antes de recibirse de abogada. Cuando faltaban
todavía trece años para que naciera Florencia, la hija
menor, con quien Cristina parece no poder imponer
toda la fuerza que le atribuyen a su carácter.
En 1987, Néstor Kirchner ganó la intendencia de
Río Gallegos, y allí emergió Cristina para la vida
pública. Pero emergió como un monstruo del lago
Ness a la inversa: se asomó y nunca más volvió a
meter la cabeza abajo del agua. Fue legisladora
electa y reelecta antes de la Ley de Cupo. A veces
ese detalle pasa como un detalle. No lo es. Antes de
la Ley de Cupo circulaban en política pocas mujeres.
Las que se habían abierto espacio a los codazos.
Mientras el plan a largo plazo iba cumpliéndose
lentamente, Cristina fue diputada provincial, reelecta
dos veces, senadora nacional, miembro de la
Convención Constituyente, punta de lanza del bloque
peronista cuando el menemato se agrietó y, todavía
con la opinión pública de su lado, debió empezar a
enfrentar un peronismo que quería un poco de Perón.
Un poco de lo otro de Perón. Eso que el menemato
borró, despintó, basureó. En el Poder Legislativo, a lo
largo de todos estos años, mientras Kirchner era
gobernador una vez y otra vez, y mantenía en reserva
sus aspiraciones con algo de samurai paciente, ella
sola, por sí misma, cada vez más, iba no sólo a
integrar las comisiones clave de la Cámara en la que
estuviera, sino a impregnar el apellido en común en
Buenos Aires.
El plan a largo plazo del matrimonio, y por esto
se entiende hasta aquí solamente que Kirchner llegara
a la presidencia, supuso decisiones familiares
difíciles. Florencia creció en Santa Cruz con su
abuela paterna y con su padre gobernador,
mientras su madre hacía su carrera legislativa en la
Capital. Esas decisiones suelen traer consecuencias
inevitables para una madre, todavía. Las mujeres
siguen pagando costos emocionales extra para pagar
el peaje a la vida pública.
Su Eva
El plan a largo plazo les quedó chico a los K.
Quién sabe cuándo empezaron a percibir que podían
ir por más. La carta astral de alguno de los dos debe
ser fabulosa: aquel 22 por ciento de los votos se
convirtió en Cristina K. presidenta cuatro años más
tarde. El usó su presidencia para sentar bases,
principios, acumular poder, imponerle autoridad al
aparato, negociar, ceder y ganar, ganar y ceder con
los sectores más reacios a un cambio estructural. Lo
hizo de una manera inesperada...Pero así fue.
El escenario político sin precedentes mundiales
que han creado los K. en estos últimos años se trata
de la primera mujer que es elegida presidenta en una
elección general para suceder a su esposo era
absolutamente impensable hace muy poco. El poder
económico se ha lanzado a la política, acaso porque
la política ya no es la yegua dócil que se dejaba
acariciar el lomo.
A la derecha tradicional se le ha sumado una
nueva versión del gorilaje, y que posiblemente en los
próximos años recicle su resentimiento con esta
nueva mujer fuerte del peronismo. Sin duda, la mujer
más importante en la historia del peronismo después
de Eva. Alguna vez Cristina K. dijo: "Mi Eva es
crispada, combativa, sin concesiones". Deberá
recordarlo, si de verdad la suya será la etapa de la
redistribución de la riqueza.
Sandra Russo (Extracto,
www.pagina12.com.ar
)
Claribel Alegría
Cristina K. Presidente
Cuentos para leer con rimmel