
Alberta, February-febrero 2006
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
Le dije toma nena, llévale esta canastita
llena de cosas buenas a tu abuelita. Abrígate que
hace frío, le dije. No le dije ponte la capita
colorada que te tejió la abuelita porque esto último
no era demasiado exacto. Pero estaba implícito.
Esa abuela no teje todavía. Aunque capita
colorada hay, la nena la ha estrenado ya y estoy
segura de que se la va a poner porque le dije
que afuera hacía frío, y eso es cierto. Siempre
hace frío, afuera, aun en los más tórridos días de
verano; la nena lo sabe y últimamente cuando
sale se pone su caperucita.
Hace poco que usa su capita con capucha
adosada, se la ve bien de colorado, cada tanto, y
de todos modos le guste o no le guste se la pone,
sabe donde empieza la realidad y terminan los
caprichos. Lo sabe aunque no quiera: aunque
diga que le duele la barriga.
De lo otro la previne, también. Siempre
estoy previniendo y no me escucha.
No la escucho, o apenas. Igual hube de
ponerme la llamada caperucita sin pensarlo dos
veces y emprendí el camino hacia el bosque. El
camino que atravesará el bosque, el largo
larguísimo camino -así lo espero- que más allá del
bosque me llevará a la cabaña de mi abuela.
Llegar hasta el bosque propiamente dicho
me tomó tiempo. Al principio me trepaba a cuanto
árbol con posiblidades se me cruzaba en el
camino. Eso me dio una cierta visión de conjunto
pero muy poca oportunidad de avance.
Fue mamá quien mencionó la palabra
lobo.
Yo la conozco pero no la digo. Yo trato de
cuidarme porque estoy alcanzando una zona del
bosque con árboles muy grandes y muy
enhiestos. Por ahora los miro de reojo con la
cabeza gacha.
No, nena, dice mamá.
A mamá la escucho pero no la oigo. Quiero
decir, a mamá la oigo pero no la escucho. De
lejos como en sordina.
No nena
Eso le digo. Con tan magros resultados.
No. El lobo
Lo oigo, lo digo: no sirve de mucho.
O sí, evito algunas sendas muy abruptas o
giros en el camino del bosque que pueden
precipitarme a los abismos. Los abismos -me
temo- me van a gustar. Me gustan.
No nena.
Pero si a vos también te gustan, mamá.
Me gustan.
El miedo. Compartimos el miedo. Y quizá
nos guste.
Cuidado nena con el lobo feroz (es la
madre que habla).
Es la madre que habla. La nena también
habla y las voces se superponen y se anulan.
Cuidado
¿Con qué? ¿De quién?
Cerca o lejos de esa voz de madre que a
veces oigo como si estuvieras en mí, voy por el
camino recogiendo alguna frutilla silvestre. La
frutilla puede tener un gusto un poco amargo
detrás de la dulzura. No la meto en la canasta, la
lamo, me la como. Alguna semillita diminuta se me
queda incrustada entre los dientes y después
Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja
de Maria Luisa Valenzuela
añoro el gusto de esa exacta frutilla.
No se puede volver para atrás. Al final de
la página se sabrá: al final del camino.
Yo me echo a andar por sendas
desconocidas. El lobo se asoma a lo lejos entre
los árboles, me hace señas a veces obscenas. Al
principio no entiendo muy bien y lo saludo con la
mano. Igual me asusto. Igual sigo avanzando.
Esa tierna viejecita hacia la que nos
encaminamos es la abuela. Tiene los cabellos
blancos, un chal sobre los hombros y teje y teje
en su dulce cabaña de troncos. Teje la añoranza
de lo rojo, teje la caperuza para mí, para la niña
que a lo largo de este largo camino será niña
mientras la madre espera en la otra punta del
bosque al resguardo en su casa de ladrillos
donde todo parece seguro y ordenado y la pobre
madre hace lo que puede. Se aburre.
Avanzando por su camino umbroso
Caperucita, como la llamaremos a partir de ahora,
tiene poca ocasión de aburrimiento y mucha
posibilidad de desencanto.
La vida es decepcionante, llora fuera del
bosque un hombre o más bien lagrimea y
Caperucita sabe de ese hombre que citando una
vieja canción lagrimea quizá a causa del alcohol o
más bien a causa de las lágrimas: incoloras,
inodoras, salobres eso sí, lágrimas que por
adelantado Caperucita va saboreando en su
forestal camino mucho antes de toparse con los
troncos más rugosos.
No son troncos lo que ella busca por
ahora. Busca dulces y coloridos frutos para
llevarse a la boca o para meter en su canastita,
esa misma que colgada de su brazo transcurre
por el tiempo para lograr -si logra- cumplir su
destino de ser depositada a los pies de la abuela.
Y la abuela saboreará los frutos que le
llegarán quizá un poco marchitos, contará las
historias. De amor, como corresponde, las
historias, tejidas por ella con cuidado y a la vez
con cierta desprolijidad que podemos llamar
inspiración, o gula. La abuela también va a ser
osada, la abuela también le está abriendo al lobo
la puerta en este instante.
Porque siempre hay un lobo.
Quizá sea el mismo lobo, quizá a la abuela
le guste, o le haya tomado cariño ya, o acabará
por aceptarlo.
Caperucita al avanzar sólo oye la voz de
la madre como si fuera parte de su propia voz
pero en tono más grave:
Cuidado con el lobo, le dice esa voz
materna.
Como si ella no supiera.
Y cada tanto el lobo asoma su feo morro
peludo. Al principio es discreto, después poco a
poco va tomando confianza y va dejándose
entrever, a veces asoma una pata como garra y
otras una sonrisa falsa que le descubre los
colmillos.
Caperucita no quiere ni pensar en el lobo.
Quiere ignorarlo, olvidarlo. No puede.
El lobo no tiene voz, sólo un gruñido, y ya
está llamándola a Caperucita en el primer instante
de distracción por la senda del bosque.
Bella niña, le dice.
A todas les dirás lo mismo, lobo.
Soy sólo tuyo, niña, Caperucita, hermosa.
Ella no le cree. Al menos no puede creer la
primera parte: puede que ella sea hermosa, sí,
pero el lobo es ajeno.
Mi madre me ha prevenido, me previene:
cuídate del lobo, mi tierna niñita cándida, inocente,
frágil, vestidita de rojo.
¿Por qué me mandó al bosque, entonces?
¿Por qué es inevitable el camino que conduce a
la abuela?
La abuela es la que sabe, la abuela ya ha
recorrido ese camino, la abuela se construyó su
choza de propia mano y después si alguien dice
que hay un leñador no debemos creerle. La
presencia del leñador es pura interpretación
moderna.
El bosque se va haciendo tropical, el calor
se deja sentir, da ganas por momentos de
arrancarse la capa o más bien arrancarse el
resto de la ropa y envuelta sólo en la capa que
está adquiriendo brillos en sus pliegues
revolcarse sobre el refrescante musgo.
Hay frutas tentadoras por estas latitudes.
Muchas al alcance de la mano. Hay hombres
como frutas: los hay dulces, sabrosos, jugosos,
urticantes.
Es cuestión de irlos probando de a
poquito.
¿Cuántos sapos habrá que besar hasta
dar con el príncipe?
¿Cúantos lobos, pregunto, nos tocarán en
vida?
Lobo tenemos uno solo. Quienes nos tocan
son apenas su sombra.
¿Dónde vas, Caperucita con esa canastita
tan abierta, tan llena de promesas?, me pregunta
el lobo relamiéndose las fauces.
Andá a cagar, le contesto, porque me
siento grande, envalentonada.
Y reanudo mi viaje.
El bosque tan rico en posibilidades parece
inofensivo. Madre me dijo cuidado con el lobo, y
me mandó al bosque. Ha transcurrido mucho
camino desde ese primer paso y sin embargo, sin
embargo me lo sigue diciendo cada tanto, a veces
muy despacio, al oído, a veces pegándome un
grito que me hace dar un respingo y me detiene
un rato.
Me quedo temblando, agazapada en lo
posible bajo alguna hoja gigante, protectora, de
ésas que a veces se encuentran por el bosque
tropical y los nativos usan para resguardarse de
la lluvia. Llueve mucho en esta zona y una puede
llegar a sentirse muy sola, sobre todo cuando la
voz de madre previene contra el lobo y el lobo
anda por ahí y a una se le despierta el miedo. Es
prudencia, le dicen.
Por suerte a veces puede aparecer
alguno que desata ese nudo.
Esta fruta sí que me la como, le pego mi
tarascón y a la vez la meto con cuidado en la
canasta para dársela a abuela. Madre sonríe, yo
retozo y me relamo. Quizá el lobo también. Alguna
hilacha de mi roja capa se engancha en una
rama y al tener que partir lloro y llora mi capa
roja, algo desgarrada.
Después logro avanzar un poco, chiflando
bajito, haciéndome la desentendida, sin
abandonar en ningún momento mi canasta. Si
tengo que cargarla la cargo y trato de que no me
pese demasiado. No por eso dejo ni dejaré de
irle incorporando todo aquello que pueda darle
placer a abuela.
Ella sabe. Pero el placer es sobre todo
mío.
Mi madre en cambio me previene, me
advierte, me reconviene y me apostrofa. Igual me
mandó al bosque. Parece que abuelita es mi
destino mientras madre se queda en casa
cerrándole la puerta al lobo.
El lobo insiste en preguntarme dónde voy
y yo suelo decirle la verdad, pero no cuento qué
camino he de tomar ni qué cosas haré en ese
camino ni cuánto habré de demorarme. Tampoco
yo lo sé, si vamos al caso, sólo sé -y no se lo
digo- que no me disgustan los recovecos ni las
grutas umbrosas si encuentro compañía, y
algunas frutas cosecho en el camino y hasta quizá
florezca, y mi madre me dice sí, florecer florece
pero ten cuidado. Con el lobo, me dice, cuidado
con el lobo y yo ya tengo la misma voz de madre
y es la voz que escuché desde un principio: toma
nena, llévale esta canastilla, etcétera. Y ten
cuidado con el lobo.
¿Y para eso me mandó al bosque?
El lobo no parece tan malo. Parece
domesticable, a veces.
El rojo de mi capa se hace radiante al sol
de mediodía. Y es mediodía en el bosque y voy a
disfrutarlo.
A veces aparece alguno que me toma de
la mano, otro a veces me empuja y sale
corriendo; puede llegar a ser el mismo. El lobo
gruñe, despotrica, impreca, yo sólo lo oigo
cuando aúlla de lejos y me llama.
Atiendo ese llamado. A medida que avanzo
en el camino más atiendo ese llamado y más
miedo me da. El lobo.
A veces para tentarlo me pongo piel de
oveja.
A veces me le acerco a propósito y lo
azuzo.
Búúú, lobo, globo, bobo, le grito. Él me
desprecia.
A veces cuando duermo sola en medio del
bosque siento que anda muy cerca, casi encima,
y me transmite escozores nada desagradables.
A veces con tal de no sentirlo duermo con
el primer hombre que se me cruza, cualquier
desconocido que parezca sabroso. Y entonces al
lobo lo siento más que nunca. No siempre me
repugna, pero madre me grita.
Cierta tarde de plomo, muy bella, me
detuve frente a un acerado estanque a mirar las
aves blancas. Gaviotas en pleno vuelo a ras del
agua, garzas en una pata esbeltas contra el gris
del paisaje, realzadas en la niebla.
Quizá me demoré demasiado
contemplando. El hecho es que al retomar camino
encontré entre las hojas uno de esos clásicos
espejos. Me agaché, lo alcé y no pude menos
que dirigirle la ya clásica pregunta: espejito,
espejito, ¿quién es la más bonita? ¡Tu madre,
boluda! Te equivocaste de historia -me contestó el
espejo.
¿Equivocarme, yo? Lo miré fijo, al espejo,
desafiándolo, y vi naturalmente el rostro de mi
madre. No le había pasado ni un minuto, igualita
estaba al día cuando me fletó al bosque camino a
lo de abuela. Sólo le sobraba ese rasguño en la
frente que yo me había hecho la noche anterior
con una rama baja. Eso, y unas arrugas de
preocupación, más mías que de ella. Me reí, se
rió, nos reímos, me reí de este lado y del otro lado
del espejo, todo pareció más libre, más liviano;
por ahí hasta rió el espejo. Y sobre todo el lobo.
Desde ese día lo llamo Pirincho, al lobo.
Cuando puedo. Cuando me animo.
Al espejo lo dejé donde lo había
encontrado. También él estaba cumpliendo una
misión, el pobre: que se embrome, por lo tanto,
que siga laburando.
Me alejé sin echarle ni un vistazo al reflejo
de mi bella capa que parece haber cobrado un
nuevo señorío y se me ciñe al cuerpo.
Ahora madre y yo vamos como tomadas
de la mano, del brazo, del hombro.
Consustanciadas. Ella cree saber, yo avanzo.
Ella puede ser la temerosa y yo la temeraria.
Total, la madre soy yo y desde mí mandé a
mí-niña al bosque. Lo sé, de inmediato lo olvido y
esa voz de madre vuelve a llegarme desde
afuera.
De esta forma hemos avanzado mucho.
Yo soy Caperucita. Soy mi propia madre,
avanzo hacia la abuela, me acecha el lobo.
¿Y en ese bosque no hay otros animales?,
me preguntan los desprevenidos. Por supuesto
que sí. Los hay de toda laya, de todo color,
tamaño y contextura. Pero el susodicho es el
peor de todos y me sigue de cerca, no me pierde
pisada.
Hay bípedos implumes muy sabrosos;
otros que prometen ser sabrosos y después
resultan amargos o indigestos. Hay algunos que
me dejan con hambre. La canastita se me habría
llenado tiempo atrás si no fuera como un barril sin
fondo. Abuela va a saber apreciarlo.
Alguno de los sabrosos me acompañan
por tramos bastante largos. Noto entonces que el
bosque poco a poco va cambiando de piel.
Tenemos que movernos entre cactus de
aguzadas espinas o avanzar por pantanos o todo
se vuelve tan inocuo que me voy alejando del
otrora sabroso, sin proponérmelo, y de golpe me
encuentro de nuevo avanzando a solas en el
bosque de siempre.
Uno que yo sé se agita, me revuelve las
tripas.
Pirincho. Mi lobo.
Parece que la familiaridad no le cae en
gracia.
Se me ha alejado. A veces lo oigo aullar a
la distancia y lo extraño. Creo que hasta lo he
llamado en alguna oportunidad, sobre todo para
que me refresque la memoria. Porque ahora de
tarde en tarde me cruzo con alguno de los
sabrosos y a los pocos pasos lo olvido. Nos
miramos a fondo, nos gustamos, nos tocamos la
punta de los dedos y después ¿qué?, yo sigo
Este cuento forma parte de los Cuentos de Hades, publicado en Simetrias en 1993. Son
cuentos del mundo interior donde la curiosidad tiene un valor importante. "Es necesario mirar y
arriesgar la vida por el conocimiento, por el saber", dice Valenzuela. Caperucita Roja ha tenido
varias lecturas, pero según Valenzuela la idea nació de una pregunta: ¿por qué la madre de
Caperucita, que se supone es una buena madre, la manda al bosque donde mora el lobo? Su
relato se basa en esta pregunta y se mantiene más o menos fiel a la historia. Por supuesto, nos
dice Valenzuela, la capita roja es la pubertad. El camino es la vida y en él encontrará Caperucita
todos sus instintos, sus deseos oscuros representados en el lobo. Sale en búsqueda del
conocimiento, de la "abuelez," como destino. La realidad, nos dice Valenzuela, es que sin esos
deseos oscuros los mismos que de alguna forma nos prohibe el patriarcado, nunca podríamos
ser mujer completa. Caperucita se encuentra. Y es que la mujer no puede ser un ser humano
completo separada de "su lobo" por ello la reunificación lobo-Caperucita se da en el final de la
historia. Cuando Caperucita se traga al lobo, se traga a si misma, se hace una, lo que le da calor.
Es una persona completa, y lo es porque ha elegido saber, alcanzar la sabiduría. No se conformó
con ser flojita o miedosita y sentarse a esperar sin preguntarse nada. Se pregunta y se arriesga,
busca sus propias respuestas, las encuentra.