Alternativa Latinoamericana
      
Alberta, February-febrero 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
El capitalismo en el
ranking del crimen
ANALISIS
Después de la "contrarrevolución preventiva" (como
definió Luce Fabbri al fascismo italiano), de la nocturna filosofía
germánica que intentó dominar el mundo, de la sublevación de los
militares que, con apoyo de Italia y Alemania, traicionaron a
España para destruir una República en cuyo corazón estaban las
centrales obreras (UGT y CNT-FAI), después del dolor de las
persecuciones raciales e ideológicas, el estremecimiento que
recorrió el mundo ante la visión de Auschwitz, Buchenwald,
Dachau, etcétera, exigía una respuesta. La humanidad pareció
comprender que esos actos de barbarie se habían originado en el
desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos.
"Se aprende el agua por la sed, la
tierra por los mares surcados, la paz por
todas las batallas", había enseñado
Dickinson, poetisa al fin, "espía de
Dios".
Naciones Unidas aprobó, entonces, una declaración
universal, considerando esencial que los derechos humanos
deben ser protegidos "a fin de que el hombre no se vea
compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la
opresión".
En treinta artículos se concretó el compromiso de todos los
pueblos y naciones para promover, "inspirándose constantemente
en ellos", los derechos y libertades que pueden asegurar la paz
(por la justicia) en el mundo. Compromiso que tiene por base "el
reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales
e inalienables de todos los miembros de la familia humana".
En 1998, cincuenta años después de la Declaración
Universal, un ser excepcional, Luis Pérez Aguirre, denunció que
"nuestro mundo sigue siendo un planeta inhabitable para la
mayoría de los seres humanos".
Ese año -advirtió- morirían de hambre 50 millones de seres
humanos, sin pronunciamiento alguno de quienes habían
declarado que "toda persona tiene derecho a un nivel de vida
adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el
bienestar y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la
asistencia médica y los servicios sociales necesarios" (y este
artículo citado por Pérez Aguirre es sólo uno, el 25, de la
Declaración Universal).
Informó, además, que 800 millones de personas corrían el
riesgo de no poder salir de la pobreza extrema, y 1.430 millones
no sabían leer ni escribir, en tanto se despilfarraban 2 millones de
dólares por minuto en gastos militares, instrumentos de muerte de
un valor equivalente a la deuda de los países pobres del Sur a
los países ricos.
Hace pocos meses conocimos el Informe sobre Desarrollo
Humano publicado por el Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD) correspondiente a 2005. Informa que el
tsunami -tragedia impredecible y en gran medida inevitable-, que
arrasó costas del océano Índico segando más de 280 mil vidas,
ocupó la primera plana de todos los medios de información del
mundo. Pero ocurren, paralelamente, tragedias evitables "y
predecibles por su exasperante regularidad" de las que no se
informa: cada hora mueren, en nuestro "planeta azul" (según la
visión lejana de los astronautas) 1.200 niños, lo que equivale a
tres tsunami mensuales. Cada mes, la muerte lleva más niños que
tres maremotos de horror, y en la mayoría de los casos, informa el
PNUD, las causas de muerte se deben a una única patología: la
pobreza.
Cinco años atrás -en 2000- los gobiernos firmaron otro
documento en el cual consta una nueva promesa a los pobres del
mundo. (Si los pobres pudieran vivir de promesas, serían ricos y
prósperos).
La Declaración del Milenio pretendía ser una luz, como la
Declaración Universal de Derechos Humanos. Se proponía
"liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres y niños, de las
condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza
extrema". Pero imperativos que están en las entrañas del sistema
determinan que sean otros los intereses y apetitos a defender.
La primera pregunta a plantearnos
es cuáles son las causas del dolor
planetario. Puesto que ellas son, como
es obvio, la suma de dolores regionales
y nacionales, es importante analizar
cuáles son las causas generales de la
concentración de la riqueza y de la
multiplicación de la pobreza.
Marx observó que la mentalidad de una época es la
mentalidad de la clase dominante. Aunque algunos de los valores
que se promueven por los dueños del mundo tienen su antítesis,
hoy, en las luchas de los trabajadores y en los cuestionamientos
que surgen de la propia realidad para quien no se niegue a
verla, importa analizar las ideas, las bases teóricas de quienes
detentan el poder. Aunque esto exige abordar diversos temas
(valores, educación, medios de comunicación, formas de
trasmisión de la historia, etcétera) es importante comenzar por
algunas observaciones sobre el liberalismo económico.
A partir de los postulados de la economía clásica, esa
vertiente del liberalismo -explica un liberalista, el profesor Héctor
Hugo Barbagelata- es el numen de los gobiernos que parten de
una idea: que la actividad económica está sometida a leyes
naturales e inevitables, contra las que no es posible oponer
ninguna resistencia efectiva. Los postulados de los neoliberales, su
doctrina, no se diferencian en lo esencial de la formulación
tradicional del liberalismo económico. De acuerdo a ella el Estado
debe limitarse a fijar normas que aseguren la "libre acción de los
agentes privados". El dogma del mercado, el dejar hacer a las
empresas privadas, el efecto negativo de todas las iniciativas
inspiradas en objetivos sociales, son postulados (auténticos
dogmas) del liberalismo económico de siempre.
En ningún país del mundo esa doctrina ha obtenido
resultados positivos. Pero ésa es, en sus grandes líneas, la filosofía
que ha animado a la mayoría de los grandes empresarios, a sus
organizaciones, y a los gobiernos de derecha.
El avance o retroceso de esa corriente ha determinado,
paralelamente, el retroceso o avance de los sectores heridos por
la adversidad.
Propagadores importantes del neoliberalismo han sido
organismos financieros internacionales, como el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial. Y la realidad mundial indica que
la conquista de la libertad sindical y el trabajoso surgimiento de la
legislación laboral han sido posibles en las etapas de
desmoronamiento progresivo del liberalismo económico, explica el
profesor Barbagelata, quien recuerda que Bernard Shaw,
aludiendo a la escuela de Manchester escribió, a propósito del
llamado liberalismo económico, que "es quizá el peor de los
múltiples dogmas racionalistas que en el curso de la historia
humana han conducido a razonadores complacientes a defender y
cometer villanías que sublevarían a los criminales profesionales".
Federico Engels, en su estudio sobre la situación de la
clase obrera, al documentar las condiciones en que se gestó la
acumulación capitalista, el nacimiento de las ciudades, es decir, la
inenarrable explotación de los trabajadores (hombres, mujeres y
niños), llegó a algunas conclusiones definitorias. Aun antes de los
análisis del Manifiesto, en 1845, escribió: "Si un individuo produce
a otro un daño físico tal, que el golpe le causa la muerte, llamamos
a eso homicidio; si el autor supiera, de antemano, que el golpe va
a ser mortal, llamaremos a su acción asesinato premeditado. Pero
si la sociedad reduce a centenares de proletarios a un estado tal,
que, necesariamente, caen víctimas de una muerte prematura y
antinatural, de una muerte tan violenta como la muerte por medio
de la espada; si impide a millares de individuos las condiciones
necesarias para la vida, si los coloca en un estado en que no
pueden vivir, si los constriñe, con el fuerte brazo de la ley, a
permanecer en ese estado hasta la muerte, muerte que debe ser
la consecuencia de ese estado; si esa sociedad sabe, y lo sabe
muy bien, que esos millares de individuos deben caer víctimas de
tales condiciones, y, sin embargo, deja que perdure tal estado de
cosas, ello constituye, justamente, un asesinato premeditado, como
la acción del individuo, solamente que un asesinato más oculto,
más pérfido, un asesinato contra el cual nadie puede defenderse,
que no lo parece, porque no se ve al autor, porque es la obra de
todos y de ninguno, porque la muerte de la víctima parece natural
y porque no es tanto un pecado de acción como un pecado de
omisión. Pero ello no deja de ser un asesinato premeditado".
A lo largo de los años, los explotados (los que forjan, en el
trabajo diario, la abundancia ajena, más los desocupados) han ido
creando instrumentos (sindicatos, organizaciones solidarias,
cooperativas, partidos) para luchar por un cambio. Pero importa
replantear el mundo tal cual es, en toda su crudeza, para
comprobar la realidad del capitalismo. Para apuntar así (aun en
etapas como en la de Uruguay hoy) hacia una sociedad donde no
exista la libertad de explotar.
Donde los derechos humanos, la Declaración Universal
(documento creado por burgueses pero que deberá llevar
adelante la izquierda, como afirma Saramago) dejen de ser sólo
progreso manuscrito.
Para trazarnos como objetivo una
sociedad con socialismo y libertad.
Porque la historia enseña que no hay
socialismo sin libertad como no hay
libertad auténtica sin socialismo.
Mirar la realidad condena al sistema. Será imprescindible
abordar la acción desde el ángulo de la pobreza, como proponen
los teólogos de la liberación, como proponen también los marxistas
(Engels señaló que no se ve la realidad de la misma manera de
una choza que desde un palacio) y como se plantean todos los
que, sin proclamarse doctoralmente modernizadores de la
izquierda saben, modestamente, a partir de Marx, que los caminos
de redención pueden profundizarse comprobando las verdades
de quienes, a partir de Marx, han denunciado los mecanismos de
explotación que están en la entraña del régimen capitalista.
Hasta para abordar los problemas nacionales y las
actitudes políticas concretas, puede ser saludable que volvamos a
internarnos en estos temas.
Guillermo Chifflet (Brecha, InSurgente)
Una sociedad donde no exista la libertad de explotar...
El reino del liberalismo económico se convirtió en el
reino del libre comercio y poco a poco en el reino de la
libertad y la democracia. La atención social fue cambiando
de una concepción de principios a una donde predominaron
los intereses del mercado. El fetichismo de las mercancías
ha ido cambiando también las prácticas sociales y estas
han terminado por organizarse en torno al consumo. Con
el correr del tiempo, la sociedad de consumo se ha ido
despojando de sus contenidos culturales para concentrarse
en los productos puestos de moda por el mercado donde
predominan los intereses de los gestores políticos y
empresariales del gran capital.
Al irse eliminando los criterios intelectuales y estéticos
de la cultura a favor de las mercancías, se ha pretendido
proclamar la legitimidad cultural de cualquier producto del
mercado. Esto no ha tomado mucho esfuerzo, los productos
del mercado no requieren legitimación simbólica porque
en ellos y en su consumo se contiene y se agota todo su
significado. Por el solo hecho de ser producidos, los
productos comerciales son revestidos de una aureola
cultural y no se identifican como productos para maximizar
las ventas y utilidades del empresario sino como productos
de la razón o necesidad social.
En el periodo de la llamada modernidad y
posmodernidad y a medida que la ideologización de la
sociedad de consumo se tornó masiva, la función del
intelectual empezó también a cambiar. Con la supremacía
de la economía de libre mercado, el intelectual tradicional
se metamorfoseó y se acomodó a esta nueva situación.
Heredero de prácticas destinadas al esclarecimiento y
orientación de los destinos colectivos, su tarea también
dejó en claro, por medio de la creación de universos
culturales, la dirección impresa por las clases dominantes
a la dinámica social.
Con la creciente concentración y organización
corporativa de las empresas, el intelectual tradicional vio
paulatinamente coartadas sus funciones. Las estrategias
culturales, la definición de objetivos y la creación cultural
eran cada vez mas de responsabilidad de los managers y
expertos en marketing y de esta manera el intelectual en
general paso a ser solo un instrumento calificado para
desarrollar tales programas. La supremacía del mercado,
en definitiva, invadió sus funciones sociales y lo ha dejado
convertido en un mero legitimador de las directrices
emanadas de los aparatos de poder y control.
Hoy, con el predominio de los inmensos recursos de
la comunicación de masas y de la mercadotecnia, el
discurso oficial es el legitimador y está destinado a hacer
de lo real el único criterio de la racionalidad posible,
ignorando abiertamente el necesario discurso crítico. Esta
nueva racionalidad ha precedido a la mayoría de los
procesos de transformación técnica y material y ha llevado
en el plano social a la cosificación del mundo. La
organización de la sociedad en torno al consumo intensifica
cada día más esta cosificación y ha terminado por producir
un reflujo de la razón y el avance de la opinión y el gusto.
Los medios de comunicación de masas golpean
incesantemente al consumidor produciendo un
fraccionamiento cultural cada vez mayor. Se trata de crear
impresiones carentes de contenido reflexivo y sumergirlo
así en un proceso de opiniones inverificables en torno al
consumo. Al mercado no le interesa llevar al consumidor
el análisis racional de la realidad sino más bien mantenerlo
en medio de una masa humana amorfa y sin conciencia ni
razón social. Lo ideal para el mercado es que todas las
opiniones lleguen a tener igual rango. Con esta estrategia
se deja al consumidor fuera del gran juego político y del
poder que se practica febrilmente detrás del show comercial.
Por Carlos Parraguez
La cultura
del mercado
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