
Alberta, February-febrero 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
DE MUJER...
ENGLISH SECTION
De Mujer...
El individualismo sufre de dificultades
particulares con el tema del género; los teóricos
tienen las diferencias para admitir que los seres
humanos vienen, como el resto de los
animales, en dos versiones. Esto ha
contribuido a la distorsión de nuestra tradición
individualista. El tema nos pone trampas
genuinas: la diferencia sexual no se parece a
ninguna de las demás diferencias. Pero
muchas aproximaciones intelectuales
modernas tienden a considerarla apenas una
más entre las diferencias de estatus y poder.
Esta interpretación no sirve. Tampoco se
adaptan al caso las endebles fórmulas basadas
en la igualdad con la esperanza de que una
vez superado el torpe prejuicio resultará que
los hombres y las mujeres son iguales ni los
intentos de secuestrar la fórmula marxista de la
lucha de clases, con las mujeres en el papel
del proletariado. El poder y el estatus plantean
problemas ilegítimos, que no serían posibles si
antes no hubiera existido una diferencia de
esencia mucho más profunda y misteriosa, que
conduce a todas las sociedades humanas a
dividirse en dos grupos según el género. El
descuido a la hora de pensar esta diferencia
empantana nuestra noción de lo que son los
seres humanos.
Diferencias diferentes
La razón por la que tengamos
dificultades a la hora de aprehender este punto
dolorosamente obvio, es que nuestra tradición
moral y política carece de apartados para las
diferencias de esencia. Donde ve diferencias,
tiende a ver jerarquías, divisiones entre mejor y
peor.
¿Por qué se nos hace tan difícil abordar
este problema? La dificultad no reside
únicamente en la resistencia natural de un
grupo privilegiado a la hora de ceder poder. El
obstáculo más general es que toda nuestra
tradición intelectual y social se centra hoy en la
idea de un individuo que se concibe como
masculino. La tradición individualista, que se
supone radical y universal, pide ser extendida a
lo femenino, pero dada la forma en que está
construida dicha extensión es imposible. El
tono de la tradición siempre ha sido racionalista;
su mandato es el realismo resuelto y honesto.
Pero la evasión, la parcialidad y el autoengaño
han venido erosionando la tradición en este
problema central, no sólo porque afecta a la
mitad de la especie humana, sino porque la
otra mitad tampoco puede ser pensada con
sinceridad si se le considera en forma aislada.
Los hombres sobre
las mujeres
Está de un lado la acumulación de un
arrume de problemas relativos a las mujeres
que piden nuestra atención y que son
propuestos por una gran variedad de
reformistas agrupadas sin demasiadas
ataduras bajo el nombre de feministas,
mientras del otro han llegado a odiar hasta el
sonido de la palabra y no se quiere oír nada al
respecto. Yo vine a enterarme de cuán fuerte
era este sentimiento en tiempos recientes al
escuchar los comentarios de la gente ante el
hecho de que me estaba ocupando del tema.
Los filósofos me preguntaban en qué estaba
trabajando. El año anterior mi respuesta era
"animales" y todo el mundo demostraba
interés. Una vez empecé a responder
"mujeres" y la gente tendía a compadecerse
conmigo, como si hubiera mencionado una
enfermedad. Mi respuesta era que me gustan
las confusiones, en especial cuando tienen
efectos prácticos, y que me parecen más
interesantes si son abiertas y flagrantes, en
contraste con aquellas que han padecido de
algún intento de camuflaje. Mis interrogadores
entonces convenían con seriedad que en tal
caso no me haría falta trabajo.
Se veía con claridad que esperaban que
estas confusiones fueran propias de las
feministas, lo cual en muchos casos era cierto.
Pero nadie que no se haya sumergido en el
tema podrá creer lo mal librados que salen los
grandes filósofos en él. Cuando surge el tema,
los estándares normales del pensamiento se
colapsan: la Ilustración se hace sombría y los
padres cristianos, olvidándose del amor,
tienden a irradiar un odio irreflexivo. No es un
placer para mí señalarlo, pero es un hecho
palmario, algo que cualquier antropólogo que
visitara la Tierra desde un planeta sin géneros
hallaría sorprendente y altamente significativo.
De todos los grandes filósofos europeos,
únicamente Platón y John Stuart Mill hacen el
intento de aproximarse a este tema como se
aproximarían a cualquier otro, preguntando en
forma desapasionada y utilizando el aparato
crítico normal.
No puedo documentar esta
generalización alarmante en forma detallada
aquí, el punto que me interesa es señalar la
dificultad que su fracaso indica en lo que
parece un tema simple. Muchos estudiosos,
empero, consideran este señalamiento como
un ataque, y se deshacen de él con una
escoba histórica. Argumentan que los filósofos
simplemente cometían un error que en su día
cualquiera hubiera cometido y que es tan
injusto culparlos como sería culparlos de
ignorar la composición de la materia o la forma
del universo. Pero la culpa no es lo que
importa. La inquietud interesante es: "¿qué
pasa si ahora corregimos ese error? ¿En qué
medida será diferente el valor del resto de su
pensamiento y de su influencia sobre la vida?"
Reparación de la plomería
de sistema de géneros
Los errores sobre el mundo físico con
frecuencia pueden corregirse sin causar
demasiado daño sobre el pensamiento
circundante. ¿Cómo se logra esto con el tema
de las mujeres? Para los minimizadores
históricos, la tarea parece sencilla: se extrae
una sección de tubería conceptual y se la
remplaza con otra más moderna.
Descartamos la vieja y cruda actitud hacia las
mujeres y la sustituimos con la iluminada y
perfectamente satisfactoria que se acostumbra
hoy. Un caso típico sería la rápida revisión de
un patrón electoral para incluir a las mujeres.
Otras reparaciones igualmente simples
seguirían, como la extensión del sistema
educativo y la confección de leyes
matrimoniales perfectamente simétricas... Pero
no nos hallamos aquí ante un caso de
ignorancia científica, curada mediante
descubrimientos teóricos súbitos que logran
que en adelante todo marche sobre ruedas.
Permítanme sintetizar en forma somera
el asunto. Como un todo, la idea del individuo
libre, independiente, inquisitivo y elector, una
idea central en el pensamiento europeo, ha
sido siempre en esencia la idea de un ente
masculino. Así fue desarrollada por los griegos
y por los grandes movimientos libertarios del
siglo XVIII. A pesar de su fuerza y nobleza, la
idea contiene un rasgo de profunda falsedad,
no sólo porque las razones para excluir de su
aplicación a media humanidad no fueron
exploradas honestamente, sino porque la
supuesta independencia del macho era en sí
misma falsa. Partía del parasitismo y daba por
descontado el amor y el servicio de las
hembras no autónomas (e incluso de los
machos menos brillantes también). Pretendía
ser universal sin serlo.
El hombre como héroe
(trae tu cojín)
El feminismo es, de hecho, una simple
respuesta al virismo, la premisa inconsciente e
incuestionable de que un individuo es siempre
un macho independiente. Esta actitud irreal y
contradictoria hacia la mutua dependencia, que
es central para la vida humana, no es
únicamente inconveniente para las mujeres:
falsifica la base de la vida. La moralidad se
convierte en un melodrama desequilibrado.
El sexo y la identidad personal
Las mujeres no son iguales a los hombres, pero, este hecho
indiscutible pone en tela de juicio el concepto de individualismo,
piedra fundacional del edificio ideológico de Occidente.
Continúa en la página 9
La clínica queda en Quilmes, pero
del otro lado de la vía. Quilmes Oeste,
cuando yo era chica, era otro mundo.
Vivir del otro lado de la vía era ser
diferente, tener otras costumbres, otros
ritos, como ser de otro club. Mi madre
lentamente fue trasladándose al otro lado
de la vía. Sus confusiones empezaron
hace años, los reemplazos de una
palabra por otra fueron llegando como
gotas, una tras otra. Sus esfuerzos por
retener una idea terminaban irritándola.
La veía luchar contra ese vacío que se le
plantaba en la cabeza como una semilla
maligna. El vacío crecía desmadejado en
esa mente que despacio, sin tregua, se
enredaba con imágenes de diferentes
épocas de su vida.
Hace unas semanas un ataque la
mantuvo hablando sin parar días y
noches enteras. Allí estaban, delante de
sus ojos, invisibles para mí pero carnales
y evidentes para ella, sus hermanos, su
padre, su casa de la infancia. Estaba
internada en una clínica común, a la que
van los enfermos que deben guardar
cama. La gente loca no es bien recibida
en esas clínicas. Altera al resto. La
habían atado a la cama y habían
levantado las barandas. Ella las
empujaba y me decía: "Estamos
detenidas porque vos no sabés conducir".
Mi madre nunca fue muy piadosa
conmigo, de modo que no me extrañó
que atribuyera su estado a mi falta. Eso
somos las mujeres, después de todo. Lo
que no tenemos, lo que no sabemos,
incluso lo que no perdimos.
El brote se extendió y fue tan
arrasador que muy pronto la derivaron a
la clínica que está del otro lado de la vía.
Un lugar apacible en el que los enfermos
no guardan cama, y tampoco sabría decir
si guardan algo. ¿Qué es la locura?
¿Dónde queda ese otro lado, ese revés
de la trama que estampa la locura en los
ojos de quienes la padecen? ¿Por qué
los locos parecen guantes dados vuelta,
como decíamos los jóvenes de ayer? Un
guante dado vuelta no puede esconder
nada: el guante dado vuelta exhibe la
obscenidad de su interior, la forma tosca
de sus costuras.
Todo lo que los cuerdos callamos,
lo que velamos, lo que suavizamos, lo
que pretextamos, lo que disimulamos,
ellos lo muestran. La enfermedad los
priva de los escondites y de las
estructuras. Fluyen, ahí, casamientos y
velorios, muertes y nacimientos, amores y
dolores, ternura y ferocidad, la carne viva
de los sentimientos, de lo que no se pudo
digerir, lo que quedó atascado en una
historia, la horrenda y apabullante
debilidad de alguien que soltó las riendas
y sigue viviendo como un caballo
desbocado, asomado al vértigo de sí
mismo.
Hoy llegué a la visita media hora
antes. Pedí permiso porque tenía que ir a
trabajar. Estaban todos cantando. A coro.
Cantaban una canción de amor. Tenían
puestas unas cintitas rojas en el cuello,
como un mínimo vestuario de coristas
extraviados que sin embargo perseguían
la nota exacta.
Mi madre estaba sentada y
aplaudía. Ella nunca cantó. Ni cantó ni
bailó. Esta tarde estaba sentada y sonreía,
mientras sus actuales compañeros de
ruta disfrutaban ese rato previo a las
visitas. Mi madre siempre se ocupó de su
casa. Su casa fue su reparo pero también,
sospecho, la baranda que la separó del
mundo, la que la dejó detenida, aunque
fue ella, ciertamente, la que no aprendió a
conducir.
Pienso en la que ella era, antes,
cuando todavía la enfermedad no había
asestado semejante puñalada en su
centro. Fue una mujer compleja con una
vida simple. Una mujer plegada que debe
haber querido desplegarse. Cuando me
vio, hoy a la tarde, llegar de improviso, me
hizo señas para que me sentara a su lado
a escuchar al coro. Mientras las dos
aplaudíamos la segunda canción, acercó
su cara a mi oído y me dijo: "A mí me
hubiese gustado ir a la luna". Cuando uno
se familiariza un poco con la locura, no es
tan difícil escuchar sus desvíos. "¿Y por
qué no fuiste?", le pregunté. "No me
alcanzó la voz", contestó ella.
Y si me pongo a escribir esto es
porque creo que hay un tipo de extravío
que es el de mi madre pero no sólo el de
ella. Y en su homenaje, me gustaría
dedicar estas líneas a aquellas mujeres
que quisieron ir a la luna pero llegaron al
otro lado de la vía, a todas esas mujeres
de esa generación difícil, tan inconsciente
de sus derechos y sus límites, tan
encerradas en sus cocinas y en sus
mandados y en sus mandatos, a esas
mujeres frágiles que adoraron y
envidiaron que sus hijas fueran tan
diferentes, casi como las hijas de las otras
que ellas fueron sin saberlo. A esas
mujeres a las que no les alcanzó la voz.
Sandra Russo
(Página 12)
El otro lado de la vía