
Alberta, February-febrero 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
ANÁLISIS
Las virtudes y cualidades que se necesitan para el amor y para
el servicio son despreciadas de forma acrítica, mientras aquellas
involucradas en la autoafirmación son exaltadas de forma acrítica
también.
Semejante mala fé resulta particularmente perniciosa en la
vertiente de extremo individualismo que por lo general se asigna
a la izquierda: la corriente cuasi anarquista procedente de
Rousseau, que descendió hasta Nietzsche y Sartre. Las
feministas modernas, sin embargo, han confiado mucho en esta
tradición y no han sometido a Nietzsche a nada parecido a la
merecida prueba ácida que le aplicaron a Freud.¿En cuál de los
dos extremos del espectro político deberíamos poner la creencia
tácita que afirma: "yo creo solamente en el individuo
independiente, el mantenimiento de cuya libertad no interferida es
la obligación primordial de la humanidad, especialmente de las
mujeres"?
Entre la derecha reconocida, Carlyle, después de la
muerte de su esposa, le confesó a Tyndall con el corazón roto
"que la lealtad y el amor de ella le habían servido de cojín para
protegerlo contra las asperezas del mundo". ¿Cómo pudo
admitir una cosa así quien toda la vida escribió sobre el
heroísmo y quien mediante el discurso que lo exaltaba mantenía
boquiabierta a las audiencias? ¿Por qué necesitaba el cojín?
Carlyle pudo asumir esa línea de conducta porque creía
devotamente en el culto romántico al gran hombre y al genio y no
tenía ganas de inspeccionar con cuidado los posibles pies de
barro de dicha figura. Pero también tenía una ventaja real sobre
muchos teóricos de su tiempo y del nuestro pues nunca se
suscribió a los ideales de la Revolución Francesa.
La libertad y la igualdad
estrictamente para la fraternidad
¿Podían gentes que eran ante todo campeones de la
libertad y de la igualdad asumir una línea de pensamiento sobre
las mujeres semejante a la de Carlyle? Parecía difícil, pero lo
lograron. Ya para el siglo XVIII, una buena cantidad de mujeres
de clase alta llevaban tiempo siendo educadas. Hacían parte
importante del público lector, regenteaban salones que se
aceptaban como centros importantes para el desarrollo de las
ideas, y hasta escribieron libros influyentes. Todo ello, desde
luego, era especialmente cierto en Francia, donde la agitada
discusión sobre el tema era común.
Éste era el ambiente en el que vivió Rousseau. En el
Contrato Social, como se sabe, dijo que "el hombre nace libre y,
sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado".
Rousseau pedía la supresión de las cadenas y, tendemos a
pensar que sabemos de quienes está hablando, o sea, de todos
los seres humanos. No obstante, hay que pasar por el Emilio,
para descubrir que apenas se refería a menos de la mitad: "Las
doncellas deben estar sujetas desde muy niñas. Esta desdicha,
si lo es para ellas, es imprescindible de su sexo, y nunca se
libran de ella, como no sea para padecer otras más crueles.
Toda la vida han de ser esclavas de las más continua y severa
sujeción, que es la del bien parecer... Por la misma causa que
gozan o deben gozar de poca libertad... La conducta de una
mujer está sujeta a la opinión pública, del mismo modo que su
creencia está sujeta a la autoridad... No hallándose en estado de
ser jueces por sí mismas, deben admitir la decisión de sus
padres y maridos, como la de la Iglesia".
Hasta ahí lo que tiene que ver con la libertad; ¿y sobre la
igualdad? ¿Tienen las mujeres, por ejemplo, el mismo derecho a
la educación? Rousseau responde que ellas deben obtener la
mínima cantidad de educación que las haga amas de casa útiles
y compañeras no intolerablemente aburridas. Los teóricos que
piden más no se dan cuenta de los peligros involucrados: tales
reformadores "no contentos con asegurar los derechos (de las
mujeres), las conducen a usurpar los nuestros, haciendo a la
mujer superior en todas las cualidades propias de su sexo y
haciéndola igual a nosotros en el resto de cosas, que no es más
que transferir a la mujer la superioridad que la naturaleza otorgó
a su marido".
Así se expresaba un hombre que debía su carrera al
devoto, inteligente y educado estímulo de medames de Wares,
d´Épinay y otras. Muchas cosas contribuyeron a la actitud de
Rousseau, entre ellas sin duda el resentimiento por el
padrinazgo. Pero ésta no se debió a la ignorancia de
posibilidades diferentes. Su actitud, al resistir propuestas que su
filosofía exigía pero que él encontraba intolerables, era
abiertamente reaccionaria.
Lo raro no es que el dominio masculino haya prevalecido,
sino que en una edad tan pugnaz no se haya sentido necesidad
de defenderlo de forma inteligible. El asunto era tratado como
algo que no era necesario discutir en serio o que quizá no se
debiera discutir. Así, como lo expreso Mill: "La subordinación
social de las mujeres sobresale como un hecho aislado en las
modernas instituciones sociales... el único vestigio de un viejo
mundo del pensamiento y de la práctica barrido en todo lo
demás, pero mantenido en aquello que tiene un interés más
universal; es como si un dolmen gigante o un templo al Júpiter
olímpico ocupara el lugar de San Pablo y recibiera culto a diario,
mientras alrededor las iglesias cristianas fueran visitadas
apenas durante los ayunos y las fiestas".
Las mujeres debían seguir siendo jarárquicas, feudales,
emocionales y orgánicas. Si dejaban de serlo, ponían en peligro
las empresas de los hombres para volverse totalmente libres,
iguales, autónomos, intelectuales y creativos.
Quien no quiere ver no ve
Semejantes dólmenes se sostienen mejor si nadie los
menciona. La larga, explícita y reveladora explosión de
Rousseau en el quinto libro del Emilio no fue ampliamente
imitada. Incluso a sus admiradores debe haberles resultado
fastidioso el inconfundible aroma de rencor y pánico que había
allí. Aparte de Schopenhauer, cuyo influyente Ensayo sobre las
mujeres sobrepuja al propio Rousseau, la mayoría de los
teóricos serios prefirió el camino más seguro de pretender que
el tema no existía.
Hobbes tal vez se lleva las palmas, al explicar que la
familia es "una pequeña monarquía, ya sea que esa familia
consista en un hombre y sus hijos, o en un hombre y sus
sirvientes, o en u hombre, sus sirvientes y sus hijos".
De libros así, nuestros antropólogos extraterrestres
concluirían con bastante certeza que las mujeres son una
pequeña minoría, un grupo marginal, remoto y anómalo, como
quien dice los hemofílicos o los portadores del tifus, con algunas
peculiaridades que exigían arreglos sociales especiales, pero
tan atípicas que no afectan la forma general de la sociedad.
Habían notado que cualquier referencia de fondo a ellas tiende a
ser considerada frívola. En la teoría política, las mujeres por lo
general se mencionan apenas en las afirmaciones claras y
contundentes que se hacen para sacarlas de la disputa central.
Podemos dar por sentadas dos cosas obvias: la renuencia de
los privilegiados a considerar cualquier cesión de poder y la
resistencia de estudiosos célibes, del estilo de Kant, sobre un
factor que ya habían logrado excluir de sus vidas.
A grandes rasgos la Ilustración presenta al individuo
como una voluntad en esencia aislada, guiada por la inteligencia,
conectada arbitrariamente a un sólo abanico de sentimientos
levemente insatisfactorios, y depositada más bien al azar en un
cuerpo humano igualmente insatisfactorio. La relación de cada
individuo con los demás es opcional y se rige por un contrato.
Depende de los cálculos del intelecto y de los propósitos
escogidos libremente por la voluntad.
Superman alza vuelo...
Desde la época de Kant, esta imagen se ha vuelto cada
vez más extrema, en buena parte debido al trabajo de
Nietzsche, que exalta la soledad y trata a la voluntad no ya como
un árbitro de valores, sino como su creador. En estos tiempos
supuestamente seculares, no se reconoce del todo que el
modelo esté activo, si bien asoma la cara de forma no oficial en
una sorprendente y reveladora variedad de mitos. Un grupo
interesante es el que tiene que ver con la desconexión entre la
mente y el cuerpo.
Este mito, que por lo común se asocia con la religión,
separa al cuerpo la base para los sentimientos, del intelecto.
Aquellos que quieren exaltar el intelecto y la voluntad por encima
del sentimiento necesitan establecer una separación tajante. Un
recurso tan significativo como la ciencia ficción expresa el mito
en muchas formas cuando muestra la reencarnación de la
conciencia en toda suerte de cuerpos alternativos, naturales o
mecánicos, en ocasiones incluso soslayando la muerte.
Cualquiera que se ponga a hojear en los anaqueles de
ciencia ficción y de divulgación científica encontrará muchas
fantasías neocartesianas similares, centradas en un repudio
horrorizado del cuerpo humano común y corriente. Brian Elsea,
en su excelente libro Science and sexual opresión (La ciencia y
la opresión sexual), tiene citas insólitas provenientes de un tipo
de escritor en apariencia muy diferente: Sartre.
En su exaltación de la voluntad, Sartre encuentra ocasión
para repudiar y denunciar la materia física como ajena a ella y,
por lo tanto, a nuestro ser esencial. Describe el mundo material
como "viscoso", algo que se adhiere a nosotros para
atraparnos. El drama aparece en El ser y la nada: "El para-sí se
ve súbitamente comprometido. Yo abro mis manos, quiero
soltarme de lo viscoso y se me pega, me atrae, chupa a costa
mía...Es una acción suave y húmeda, una húmeda succión
femenina... me atrae como me puede atraer el fondo de un
precipicio...Lo viscoso es la venganza del en-sí. Una venganza
dulce, enfermiza y femenina...La obscenidad del sexo femenino
es la misma de todo lo que `abre la boca'. Es una atracción
para ser, como lo son todos los huecos...Sin la menor duda, el
sexo de ella es una boca, una boca voraz que devora al pene".
Desde luego, el culto a lo cerebral tiene aspectos menos
radicales y peligrosos y, cuando fue inventado (por razones
sensatas), no requería de semejantes aberraciones. El
solipsismo moral está a la orden. No es sólo que la escogencia
racional sea exaltada muy por encima de las emociones;
igualmente ha sido separada de ellas, como si la primera fuera
la parte necesaria y central de toda identidad personal, mientras
las segundas fueran materia periférica y extrínseca, librada al
azar. Los que exaltan la escogencia y el intelecto no son
inmunes al sentimiento; sin percatarse, están prefiriendo un
grupo de sentimientos por encima de otro.
Para sentimientos, ver mujeres
La debilidad de las posiciones intelectualistas y
voluntaristas ha sido puesta de manifiesto con frecuencia, pero la
tarea de desplazarlas se ha revelado sorprendentemente ardua.
Lo que quiero decir es que esta dificultad tiene algo que ver con
el hecho de que nadie haya aplicado estas posiciones a las
mujeres. Tanto a las mujeres de carne y hueso como sus
simbolismos se suponían ajenas al gran brillo de la luz del día
cerebral.
Se daba por sentado que la emoción no terminaría por
perder su influencia, ya que las mujeres las seguirían aportando.
Las familias no dejarían de funcionar. Los inconvenientes
causados por las colisiones entre tantos individuos duros,
resistentes y autónomos se mantendrían dentro de límites,
porque el cojín acostumbrado seguiría abundando. De ahí, no ya
las lágrimas, sino la alarma y el horror que surgieron cuando se
propuso que las mujeres también podían tener intelecto y
voluntad.
Una vez que las mujeres británicas pudieron por fin votar,
el efecto político fue leve y más bien de tendencia conservadora,
hasta el punto de que ellas bien pudieron haber sido las
responsables de tumbar al gobierno liberal que les concedió el
voto. Pero antes de efectuado el cambio, muchos temían,
incluyendo a muchas mujeres, que éste iba a ser
monstruosamente destructivo e impensable.
Promoción del cambio
De seguro, el pánico provino de que el voto era en sí
mismo símbolo racional de primer orden. Al votar, se concebía
que un hombre funcionaba como una abstracción, como un
ciudadano fríamente calculador que, según esperaban muchas
teorías, podía comportarse en forma puramente desinteresada:
el hombre económico. La mitología del contrato social lo
presentaba como un cazador de oportunidades que era libre de
no decidirse por ninguna oportunidad en particular, un
comprador que bien podía ir a parar a otra parte.
La fórmula del contrato social también contiene otra
posibilidad: el germen de un desarrollo hacia la impasibilidad
inhumana total, hacia el egoísmo solipsista rotundo. Las cosas
han crecido sin tregua en esta dirección desde los tiempos de
Rousseau, en especial en la teoría económica. El acuerdo tácito
de negar la aplicación de los principios individualistas a las
mujeres, imposibilidad que durante un tiempo ocultaba y mitigaba
los peligros y absurdos, ya no se puede sostener porque las
feministas corrieron el velo. La alternativa ahora es o promover a
todo el mundo, igualmente, hacia la posición del individuo solitario
de estirpe hobbesiana y sartreana o repensar la noción de
individualidad radicalmente desde el principio. Resulta alentador
ver que las feministas están en la actualidad mostrándose en
extremo críticas de los pasos hacia la primera alternativa, tan
comunes un decenio o dos atrás. Ahora parecen listas a hacer
lo suyo para que la segunda prospere.
Mary Midgley (Extracto, Memoria/El
Malpensante, traducción: Andrés Hoyos)
El sexo y la identidad personal
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