Alberta, July-julio 2006
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
-¿No vio un peine grande color
violeta? -le pregunté a Juanita.
-¿Un peine grande color violeta?-
repitió ella, que con seguridad lo tenía
en su poder desde el día anterior-. No,
señora, no lo he visto.
Busqué y busqué, mientras
Juanita también buscaba o fingía buscar
conmigo. Finalmente se me hizo tarde
y salí sin el peine.
-Cuando se pierde algo en la casa
hay que pedirles que lo encuentren a
San Cosme y San Damián -dijo Juanita
desde la puerta mientras yo esperaba el
ascensor -. Si está en la casa va a
aparecer.
Tomé a Juanita porque no se
presentó ninguna otra candidata, y a
pesar de su aspecto de trotacalles. Era
un poco regordeta, de piel oscura y
pelo teñido de rubio, boca pintada de
rojo bermellón, los ojos invisibles tras
los anteojos oscuros, oblicuos, con
cristales como espejos. Cuando se
sentó frente a mí se alzó los anteojos y
los dejó apoyados en lo alto de la
cabeza. Tenía ojos pardos, muy
brillantes y curiosos. Era de la provincia
de Corrientes, de un lugar cerca de
Goya. No sabía quién era su padre, y
dijo que su madre le pegaba con una
escoba. No sabía cuantos hermanos
tenía. Sus abundantes pechos casi le
hacían estallar la remera blanca que
decía KANSAS CITY.
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-Si me hubiera visto cuando llegué
a Buenos Aires, señora. Flaca como un
palo y con las zapatillas rotas, y la
valija de cartón atada con un piolín.
Pero tuve la suerte de encontrarme con
el Tuerto, que tenía una agencia. Me
dijo que me iba a conseguir trabajo
enseguida, y me llevó a su casa.
-¿Una agencia? -pregunté con
inquietud.
-Cuando una acaba de llegar -
replicó Juanita -, ¿quién la va a tomar
sin referencias?
-¿Las referencias las daba el
Tuerto?
-No, las daba una amiga del
Tuerto que sabía hablar como una
señora. El Tuerto le pagaba para que
diera las referencias, no mucho, pero
ella igual sacaba bastante con las
propinas que le daban en el baño de
damas del cine Metropolitan.
Yo estaba cada vez más inquieta,
porque ni siquiera le había pedido
referencias a Juanita, pero sí a muchas
otras que vinieron antes, y quien sabe
cuántas veces me las habrían dado las
amigas del Tuerto.
El día de su llegada a Buenos
Aires, cuando Juanita se encontró con
el Tuerto, él la llevó a tomar un licuado
de banana con leche en un barcito
cerca de la estación.
-Me quedé una semana en la casa
del Tuerto, y el sábado me llevó al
baile. Allí oí decir que el Tuerto
explotaba a las mujeres, pero no es
cierto, señora. A mí nunca me mandó
con un hombre. Me daba bien de
comer, me regaló ropa. No quería que
fuera a pedir trabajo así, flaca y mal
vestida como había venido de
Corrientes.
Juanita levantó la tapa de la pulida
cacerola donde se cocinaba el guiso,
dejando salir una nube de vapor con un
aroma delicioso, pinchó algo adentro
con un tenedor y volvió a taparla.
Sonrió, descubriendo su perfecta
dentadura. ¿Era verosímil que el Tuerto
la hubiera tenido una semana en su
casa, engordándola, vistiéndola,
pintándola, nada más que para ponerla
a trabajar de sirvienta?
Francisco y yo nos sentamos a la
mesa impecablemente tendida. El había
sacado un Cabernet muy bueno,
demasiado para el guiso que íbamos a
comer.
-Es que no pude encontrar otro
que teníamos -explicó-. Juanita, ¿usted
no vio una botella...?
Absurdo preguntarle a Juanita si
no había visto una botella que jamás
pudo haber salido sola del barcito a dar
un paseo por la casa, puesto que el
único que abría el barcito era
Francisco. Yo no bebo otra cosa que
agua.
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-Hoy se le perdió la billetera -le
dijo San Cosme a San Damián.
-También el cepillo de pelo con
mango de plata -dijo San Damián.
-Ayer no encontraba la lapicera de
oro -dijo San Cosme.
-Y hoy buscaba una prenda
interior de encaje -prosiguió San
Damián.
-¿Dónde estará el segundo tomo
de su Diccionario de la Mitología
Griega? -preguntó San Cosme.
- Está en el cuarto de Juanita -
respondió San Damián.
-¿Quién es Juanita?
-La joven correntina que trabaja
para ella.
-Tal vez se lo escondió por puro
gusto.
-No. Lo estaba leyendo Francisco
cuando Juanita apareció en ropa interior
en la puerta del living, y él la siguió a su
cuarto.
-No me digas que viste eso,
Damián.
-Si no viera lo que pasa en los
hogares, ¿cómo podría encontrar los
objetos perdidos?
-No está bien que un santo vea
ciertas cosas.
-Para ti es fácil hablar así por la
forma en que nos hemos dividido el
trabajo: tú tomas los pedidos y yo me
dedico a buscar.
-¿Y encuentras algo de lo que
pierde la señora?
-A veces sí. Un reloj pulsera en el
cajón de los cubiertos, un perfume
francés en la heladera. Juanita los deja
unos días en esos lugares, y si la
señora no los reclama los roba
definitivamente. La señora cree que es
ella misma la que pone las cosas en
lugares insólitos porque sufre de stress.
-¿No habría que hacer una
denuncia?
-Eso no nos corresponde a
nosotros, Cosme. Sólo tenemos que
encontrar lo perdido. Ahora debo
ocuparme de esa vieja señora de
Temperley que perdió otra vez los
anteojos.
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Los sábados a la noche, mientras
Juanita bailaba con un hombre, siempre
había otro que le mostraba un cuchillo.
Me lo contó Juanita en la cocina
mientras revolvía el guiso. Y agregó:
-Usted también habrá sido joven,
señora. A usted también le habrá
gustado ir a bailar.
Entonces yo tenía treinta y cinco
años, y nunca había oído hablar de mi
juventud en pasado, y mucho menos
como dudando de que esa juventud
hubiera existido alguna vez. Fingiendo
indiferencia le contesté:
-Por supuesto, mija, cómo no me
voy a acordar.
Unos días después de la
desaparición del peine volví a casa más
temprano que de costumbre y Juanita
no estaba en la cocina. La encontré en
su cuarto, con la puerta abierta y en
ropa interior, sentada en la cama
deshecha y con la respiración
anhelante. Estaba tratando de recuperar
el habla cuando se abrió la puerta del
placard, y tuve miedo de ver salir de allí
al hombre del cuchillo, o al que bailaba
con Juanita y también tendría un
cuchillo, pero el que salió
trabajosamente del placard fue
Francisco.
A Juanita la eché esa misma
tarde, pero el incidente no precipitó el
divorcio. Al contrario, reavivó
fugazmente las llamas de la pasión
entre Francisco y yo. Tiempo después
nos separamos, en buenos términos.
Sin embargo, nunca puedo evocar a
Francisco sin verlo salir de ese placard,
triste y ofendido, como si yo tuviera que
pedirle disculpas a él.
La conversación de los Santos
de Alicia Steimberg
Alicia Steimberg nació en
Buenos Aires en 1933 y Buenos
Aires, sus lugares más recónditos
y sus más renombrados, es una
de las constantes de su ficción. La
hija mayor de hijos de inmigrantes
(de Ucrania y Rumania por los
abuelos maternos y de Rusia por
parte de los abuelos paternos,
pioneros de las colonias judías de
Entre Ríos). Steimberg recuerda el
haberse criado en un ambiente de
estrechez económica, mayormente
porque se le murió el padre,
maestro de profesión, cuando
tenía ocho años y porque luego
por una denuncia de que no era
Peronista leal, la madre, que era
dentista, perdió el trabajo. La
inestabilidad económica y
psicológica es otro gran tema de
sus libros.
Actualmente Directora de la
Sección de Libros de la Secretaría
de Cultura, Steimberg es egresada
del Instituto de Lenguas Vivas y
enseña en talleres de escritura y
da clases de inglés. Escribía
desde joven pero sólo a los 38
años, a instancia de su segundo
marido, publicó Músicos y
relojeros.
La loca 101 (1973) refleja
las enormes tensiones políticas y
económicas de los setenta y
prefigura con una exploración de
la violencia de la ficción, la
sangrienta y trágica década que
seguiría. A pesar de ser las
cómicas confesiones de una
desesperada ama de casa y
escritora, el lamento de la
narradora, "¿De qué carajo vamos
a reirnos ahora?" subraya la
seriedad de este libro y prefigura
la dura decisión que hizo la autor
en 1976 cuando sus dos hijos
adolescentes del primer
matrimonio emigraron a Roma ya
que empezaban a militar y se
temía que desaparecieran.
Con Cuando digo
Magdalena (Premio de Novela
Planeta Biblioteca del Sur 1992)
Steimberg recurre a los
argumentos truncados y los
narradores que cambian de
identidad tan característicos de su
obra en general, salvo que esta
vez dentro de la historia de la
visita a una aristocrática estancia
bonaerense donde sucede un
homicidio. Como siempre,
Steimberg juega con la
arbitrariedad de los códigos
sociales y verbales con gran ironía
y humor al mismo tiempo que
ofrece una amarga visión de la
violencia y agresión que yacen en
el fondo de la vida argentina y de
las relaciones humanas.
Alicia
Steimberg
(1933)
Steimberg nos muestra la
infidelidad matrimonial en la clase
media y alta: la infidelidad de Francisco
con Juanita la sirvienta. La esposa no
tiene nombre, puede ser cualquier
mujer. Es la la voz narrativa que relata,
con notoria falta de emoción, un engaño
intimo que seguramente ha sido
doloroso.
Cuestionando la generosidad
masculina la señora se pregunta: ¿Era
verosímil que el Tuerto la hubiera tenido
una semana en su casa, engordándola,
vistiéndola, pintándola, nada más que
para ponerla a trabajar de sirvienta?
Esta claro que ella no confía
mucho en Francisco: "Absurdo
preguntarle a Juanita si no había visto
una botella que jamás pudo haber
salido sola del barcito a dar un paseo
por la casa, puesto que el único que
abría el barcito era Francisco. Yo no
bebo otra cosa que agua."
La conversación de los santos da
humor a una situación que de otra
manera no lo tendría si los santos nos
rodean es de esperar que también sean
testigos de nuestras miserias
cotidianas. Afortunadamente,
escucharlos hablar nos asegura que
ellos conocen los límites y mucho se
cuidan de evidenciarse frente a
nosotros, quizás que para que no
quedemos en verguenza.
Ni Juanita ni Francisco parecen
temer ser descubiertos. La señora no
sospecha una infidelidad alli en su
casa, la sirvienta es claramente su
inferior pero si teme algo diferente:
"tuve miedo de ver salir de allí al
hombre del cuchillo, o al que bailaba
con Juanita y también tendría un
cuchillo".
Dos mujeres, una de la calle, la
otra no, sirvienta y esposa comparten a
Francisco en el hogar familiar, sólo una
lo sabe. Se precipita el final con esa
insinuación que hace Juanita de que la
señora es vieja y no le gusta divertirse.
El odio ha de precipitarse sobre la
sirvienta: "A Juanita la eché esa misma
tarde..." Dejando a salvo,
temporalmente, la relación matrimonial
y el orgullo propio: "el incidente no
precipitó el divorcio." Es de esperar, sin
embargo, que la relación no sobreviva
la infidelidad casera que ha renovado
temporalmente la pasión, esta última
no es sino una ilusión necesaria:
"Nunca puedo evocar a Francisco sin
verlo salir de ese placard, triste y
ofendido, como si yo tuviera que pedirle
disculpas a él."