Alternativa Latinoamericana
      
Alberta, Julio-July 2007
8
ALTERNATIVA Latinoamericana
De Mujer...
DE MUJER...
A partir de la mitad del siglo XX, el surgimiento
del movimiento feminista, además de producir efectos
políticos y sociales importantes, ha contribuido
significativa y paradigmáticamente a la
reestructuración del pensamiento occidental, con la
emergencia de lo que se podría denominar como un
"pensamiento feminista. Este pensamiento se ha
estructurado a partir de una crítica a la primacía de la
razón y de una concepción androcéntrica de la
humanidad. Las mujeres, no obstante haber vivido en
este mundo patriarcal, construyeron, sobre todo en el
ámbito de lo cotidiano, sus propias historias.
La (in)visibilidad de las
mujeres: las ambigüedades de la
modernidad
En la construcción de la ciencia moderna y de la
sociología en particular, las mujeres fueron
despreciadas u omitidas, sea como productoras, sea
como sujetos de conocimiento. Esta ausencia hizo
que el conocimiento y la ciencia fueran producidos y
escritos por hombres, para los hombres y tuvieran
como sujetos ellos mismos. Diderot (1713-1784)
presenta una claridad impar al afirmar que la mujer es
un ser de pasiones y de emociones, comandada por
su útero. Debido a su sexo, las etapas de la vida
femenina se enunciaban en términos de dolor y de
sufrimiento. Antoine Léonar Thomás en la década de
1770, reforzaba aquel pensamiento: "les hace falta a
las mujeres el espíritu de análisis y de síntesis que
tiene el genio masculino...ellas no tienen ni la razón
fría, ni el espíritu penetrante y rápido, que son el
apanagio de los grandes pensadores". También Comte
(1789-1857) afirmó que la inteligencia de la mujer se
localizaba en su útero y que de allí derivaría su
incapacidad para cuidar de la casa y pensar,
simultáneamente.
Esa herencia misógena puede ser ubicada
históricamente, a partir del triunfo de la hermenéutica
patriarcal-racionalista sobre la antigua hermenéutica
matriarcal-naturalista del mundo griego. Se pasó de la
dialéctica matriarcal a la lógica patriarcal. La dualidad
filosófica griega entre lo masculino y lo femenino vino
acompañada por el pensamiento dual de las cosas a
partir de sus principios correspondientes: forma-
materia, alma-cuerpo, real-posible, superior-inferior,
mejor-peor. A su vez, este dualismo simbólico se
enclavó en la mitología griega, en la cual aparecen en
oposición, respectivamente, masculino-femenino,
limitado-ilimitado, lineal-circular, unidad-pluralidad,
estático-móvil, luz-obscuridad, bien-mal.
Para Platón la mujer era el obscuro enigma del
caos frente al orden propio del hombre. El hombre
sería la medida de la mujer. También para Aristóteles
lo humano se identificaría con lo masculino, mientras
lo femenino sería solamente una imperfecta
realización de lo humano, a ser determinado por el
principio masculino. Tomás de Aquino afirmó la pura
competencia patriarcal en la generación del verbo de
Dios, desechando todo componente matriarcal. Y
Agustín de Hipona pensaba que la auténtica `imagen'
de Dios se reflejaba en el espíritu masculino, no en la
razón impura, mezclada y sensual (ratio inferior) de la
mujer" (1989, 32).
La filosofía occidental, desde sus principios, ha
delineado esquemas imaginarios sucesivos con el
objetivo de adaptarlos a una única versión, la del
hombre, el representante normal o completo de la
especie, destacándose sobre una tela de fondo
compuesto por la simple "naturaleza", simbolizada
consistentemente por la mujer o por la feminidad. Los
guardianes platónicos emergen de la caverna del
"sentido común" en dirección a la luz clara del
conocimiento. Los ciudadanos de Hegel llegan a la
madurez cuando abandonan al
mundo privado y obscuro de la
familia, presidida por el genio de
mujer. Así, el paso de la
naturaleza a la libertad o, de la
"heteronomía" hacia la
"autonomía" fue representado
como el apartar al hombre de las
cercanías femeninas donde se
inicia la vida.
En el siglo XVII, Descartes
inaugura una nueva visión
racionalista del mundo,
afirmando, de forma pionera, la
plena autonomía del pensamiento
con relación al cuerpo. Según
Irigaray, "Descartes centraliza su
inscripción únicamente en el
cerebro. Muchos intelectuales
herederos del pensamiento
cartesiano, pasaron a defender
una igualdad entre hombres y
mujeres, en la medida en que ambos serían
poseedores de razón, y por lo tanto, de una identidad
esencial, transcendiéndose o singularizándose el
sexo y las funciones biológicas.
Muchos pensadores occidentales, como
Rousseau (1712-1778), continuaron centrando el ideal
femenino en torno de las analogías entre la figura de
la madre y de la monja: sacrificio y reclusión son las
características de este ideal. Fuera de este modelo,
no habrá salvación para las mujeres. La mujer debe
abandonar para el hombre el mundo "exterior", so
pena de ser anormal e infeliz. La mujer debe saber
sufrir en silencio y dedicar su vida a los suyos, tal
sería la función que le ha destinado la naturaleza.
La mayoría de los hombres permaneció
intolerante e indiferente frente a las reivindicaciones
propuestas y divulgadas por las mujeres, aunque
desde 1789, y en torno a la Declaración de los
Derechos del Hombre, las mujeres ya propugnaban
derechos de igualdad y de ciudadanía.
La exclusión y la inferioridad femenina aún
persisten en la medida en que el consenso como
ideal regulador del discurso masculino no fue roto
completamente. Esa hegemonía de lo masculino
refleja la propia ambigüedad del pensamiento moderno
en lo que se refiere a la construcción del sujeto
universal y de género. Descartes, al dar estatuto
privilegiado a la razón, instaura la libertad del espíritu
con relación al cuerpo y las diferencias de sexo pasan
a ser secundarias para este hombre moderno-
pensante. Los cartesianos, al construir una ruptura
basada en la razón, entre animalidad y humanidad,
integran a la mujer en cuanto ser humano universal y
asexuado, pero no rompen con la dualidad
históricamente construida entre razón, como calidad
fundamentalmente masculina, versus sensibilidad e
intuición, identificadas como calidades
eminentemente femeninas. Si el hombre es el
portador de la razón, la mujer, aunque incluida en la
humanidad, no deja de ser un ser de segunda
categoría o inferior, como nos recuerda Simone de
Beauvoir en El Segundo Sexo.
Los cambios ocurridos a partir del siglo XVIII,
relacionados con las creencias sobre el cuerpo y la
sexualidad, sirvieron como parámetro para reafirmar
las desigualdades entre los sexos en el plan social y
cultural. El cuerpo femenino es utilizado para negar
toda posibilidad de comparación entre hombres y
mujeres, en términos de un criterio común de
ciudadanía. Las ambigüedades del pensamiento
moderno se resignifican en la diferencia sexual,
reafirmando la inferioridad de las mujeres con relación
a las nobles facultades de pensar, abstraer y
generalizar ("la inferioridad de su razón").
En el siglo XIX, la "cualidad de las mujeres"
valorizada socialmente en los siglos anteriores la
fragilidad, el recato, la fidelidad, la subordinación
sexual, la maternidad en nombre de la razón y de la
ciencia, se naturalizan, ancladas en el plan biológico.
Si el racionalismo incorpora a la mujer como
parte de la humanidad una vez que ella es
detentadora de la razón, la excluye en la medida en
que ésta sería una cualidad fundamental de los
hombres.
La visibilidad de las mujeres:
el feminismo como movimiento
social
Históricamente, la nouvelle vague del movimiento
feminista en Brasil tiene sus fuentes en los años
setenta, sobre todo en las dos tentativas teóricas más
conocidas, el movimiento feminista existencialista de
Simone de Beauvoir y el movimiento feminista
personalista de Betty Friedan.
A partir de la nouvelle vague del feminismo
norteamericano, se distinguen: el feminismo liberal, el
feminismo marxista clásico y el feminismo
esencialista. Existen, además, otras tendencias más
recientes: el separatismo lesbiano, el feminismo
socialista y el feminismo posmoderno.
El feminismo se constituye de un modo
particular: al mismo tiempo diverso y plural, que se
mira así mismo y cuestiona la realidad social, el
orden establecido. Puede ser definido como
movimiento social organizado que ha abierto nuevas
perspectivas y traído nuevas cuestiones para diversos
campos disciplinarios, la producción del conocimiento
y de la ciencia, y desencadenó cambios en el orden
social y político, en la medida en que demandó una
nueva postura sobre las experiencias y las prácticas
concretas de la vida, como aquellas realizadas en
grupos y partidos políticos, en sindicatos. Por otro
lado la producción intelectual feminista es un
fenómeno cultural y, como tal, no huye del complejo
contexto social que la constituye, de su capacidad
explicativa ni de su potencial crítico-reflexivo.
En lo que se refiere a las especificidades
"metodológicas" ha introducido una ética distinta, que
es construida por el sujeto femenino que intenta
reflejar conscientemente los limites socioculturales
que le son inherentes y que se propone un saber
crítico en relación con todas las formas de
dominación entre los sexos. La ética feminista no se
constituye a partir de un sujeto moral, abstracto y
libre, sino de seres humanos existentes en las
condiciones reales de dominación y subordinación.
Parte de la realidad vivida, cotidiana, de experiencias
concretas de las mujeres, no como abstracción, sino
como práctica individual y social. Esa ética trae
consigo el cuestionamiento y una toma de
consciencia en torno de la especificidad de la mujer,
de su condición de explotación, discriminación,
alienación, exclusión. Elementos que pueden
constituir y posibilitar un saber innovador.
Las experiencias individuales y personales son
vinculadas al contexto de la estructura social,
desenmascarando la insuficiencia explicativa de
dualidades y categorías (público/privado), la
organización del saber según la dicotomía objetividad-
subjetividad, científico-no científico. El movimiento
feminista ha posibilitado el desarrollo de una mirada y
de una concepción diferentes sobre el saber, en el
que las dimensiones de la afectividad y de las
emociones son parte constituyente del propio proceso
de conocimiento. No se trata, en la actualidad, de un
movimiento homogéneo fundado solamente en la
convicción de que la situación de la mujer es opresiva
y que debe ser cambiada. El feminismo también se
diversificó en su formulación teórica, debido a las
diversas concepciones y lenguajes culturales y
simbólicos de la opresión, así como en las diversas
formas de tratarlas. Empíricamente, tiende a
pluralizarse debido a la dispersión temporal y
geográfica, de la naturaleza de los diversos grupos en
entidades y en instituciones denominadas feministas.
El movimiento feminista es un movimiento social
propio, con autonomía, que interfiere tanto en las
prácticas sociales, como en los paradigmas de la
teoría sociológica predominante, que transversaliza la
dinámica de la modernidad y de la posmodernidad.
Todas las corrientes feministas abarcan un potencial
de cambios y transformaciones en la dinámica de las
relaciones interpersonales entre hombres y mujeres,
entre mujeres y mujeres y entre hombres y hombres.
Esto que está ocurriendo, tanto en el plan real como
en el simbólico, repercutirá en el pensamiento
sociológico. El pensamiento feminista es participante
y constituyente del movimiento de democratización de
la producción de conocimiento mediante una nueva
ética y una nueva "visión del mundo".
Inicialmente son los presupuestos del
liberalismo y del socialismo los que prestan los
principales significados, o hasta el lenguaje mismo
por medio del cual el feminismo se expresaría. En un
segundo momento, es el debate posmoderno que
viene inspirando las reflexiones feministas más
recientes. Pero las teorías feministas no son un
reflejo pasivo de la cultura de su tiempo; ofrecen una
contribución central a los debates contemporáneos.
Así, en un primero momento, correspondiente a
la modernidad, el feminismo se definió por la
convicción de que la situación social de las mujeres
era injusta y, por lo tanto, debería ser modificada, y
se movilizó por los valores igualitarios e individuales
de las mujeres para contraponerse a los del
patriarcado. La estructura familiar tradicional fue
afectada en sus valores y, consecuentemente, se
identificó una alteración de los papeles sociales.
Además, la aspiración a la igualdad presumía
implícitamente una cierta idealización del mundo
público y del trabajo dominado por hombres.
La perspectiva feminista en el
pensamiento moderno y
contemporáneo
  Anterior Portada | Edición Actual | Ediciones Anteriores | Contáctenos Siguiente