Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, Julio/July 2009
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ALTERNATIVA Latinoamericana
HISTORIA
Una tragedia olvidada en la historia.
Por Mario R Fernández
En cada lugar geográfico habitado hay
pasado, historia, experiencias, y tragedias -
resultado de los embates de la naturaleza
(inundaciones, terremotos, grandes ondas
de calor o intenso frio) que interrumpen la
vida cotidiana. Y tragedias no naturales,
conectadas a la vida misma de los seres
humanos.
Aunque vivo más de la mitad de mi
vida en Canadá, no en Hálifax como vivo
ahora, me enteré de la explosión que tuvo
lugar en Halifax en 1917, leyendo un texto
de historia de inmigrantes cuando vivía en
la pradera. Pero la explosión, que ocurrió
en tiempos de la Primera Guerra Mundial y
a meses de la Revolución Rusa, compitió
quizás con demasiados eventos grandes y
graves. Por lo que, con excepción de
quienes viven en la costa Atlántica, muchos
canadienses no tienen idea de la magnitud
de esta tragedia.
La zona cero de la explosión fue
Richmond, entre los puentes McKay y
Macdonald, e involucró al barco francés
Mont Blanc, que transportaba 2.653.115 kilos de
municiones y combustible para aviones, y al
vapor belga IMO. En tiempos de la Primera
Guerra mundial la bahía de Halifax era un lugar
muy ocupado. Las naves se estacionaban
frecuentemente en la Cuenca o Bedford Basin,
donde esperaban protegidas para abastecerse;
entraban a la Cuenca pasando por la zona mas
angosta de la Bahía -la zona donde ocurre la
coalición que produce la explosión.
Geologicamente la bahía es puro granito, lo que
se cree contribuyó a la fuerza del impacto.
Frente a Halifax existía ya el pueblo de
Darmouth, hoy ciudad integrante del
conglomerado Halifax-Bedford-Darmouth
administradas juntas por la Región Municipal de
Halifax. La provincia de Nova Scotia fue uno de
los primeros lugares poblados por europeos en
todo el país. Los ingleses usaron a Halifax como
puerto militar durante la guerra, pero antes de
que ellos llegaran la zona era el hogar de los
Mi'kmaq, Pueblo de las Primeras Naciones de
Nova Scotia que aunque vivía inicialmente en la
Provincia Gaspé (Quebec) se estableció luego en
New England y Newfoundland. Los Mi´kmaq se
llamaban a si mismos "L´nuk" que quiere decir "el
pueblo". Con la llegada de colonos franceses
Acadios en 1600 la vida de los Mi´kmaq se alteró
pero no estuvo en peligro porque ambos pueblos
compartieron la riqueza natural y se trataron
amistosamente de igual a igual. Esto cambió, sin
embargo, con la llegada de los ingleses con
quienes Halifax se transforma en un lugar hostil,
violento y racista por dos siglos en que fue
poblada por inmigrantes de EEUU, Escocia,
Irlanda y el Caribe. Los Acadios fueron
expulsados y sus tierras y bienes les fueron
expropiadas consecuencia de guerras imperiales.
En los primeros años del siglo 20, Halifax
estaba bajo bandera canadiense y continuó
siendo una ciudad militar, con un comercio
relativamente desarrollado y una industria en
base a la madera (acerraderos, fábricas de
papel) y algunas fábricas de alimentos que se
beneficiaban del puerto. Era una economía poco
distributiva que favorecía a una clase acomodada
pero no al resto, lo que perduró entre las dos
guerras. El estado federal invertía poco en
infraestructura de la ciudad; el estado de
bienestar no existe hasta que llega de manos del
gobierno federal en los 1950. Mientras, Halifax
era una sociedad de clases estratificada bien
marcada, con definidos grupos étnicos y religión.
Por ejemplo, los ingleses y sus descendientes
eran anglicanos, detentaban el poder económico,
y vivían en el lado sur de la ciudad (en la
península). Irlandeses, franceses y sus
descendientes, eran católicos, mayoritariamente
pobres, trabajadores de la ciudad y del mar, y
vivían en el centro o norte de la ciudad (en la
peninsula). En barrios de calles sin pavimento ni
alcantarillado, con sistemas de cloacas abiertas,
sin agua potable y con poca salubridad. Cerca de
ellos vivían los más pobres: familias negras
descendientes de esclavos del Caribe o EEUU,
mujeres blancas pobres, solas o con hijos, y los
invalidos. Trataban de
sobrevivir como podían.
Todos eran muy
vulnerables, golpeados
por la miseria y,
frecuentemente, la
discriminación; sujetos a
enfrentar tragedias y
abusos - incendios,
inundaciones,
enfermedades como
cólera o tubérculosis. La
vida era dificil para la
mayoría de la población
a principios del siglo 20,
lo que nos trae a cuenta de que los males que
aquejan hoy a buena parte de la humanidad
tienen raíces históricas, son parte de la cultura
occidental, aunque gustamos compararla con
otras que llamamos menos "civilizadas".
Durante la guerra Halifax tenía demanda de
trabajo en casi todas las áreas de su economía,
es la ironía de que al tiempo que la guerra
ocasiona gran calamidad decrece el desempleo
por el aumento de actividad.
Una mañana asoleada de invierno, el 6 de
diciembre de 1917, una treintena de barcos
estaban estacionados en la cuenca de la bahía
(Bedford Basin). Bien temprano, el Mont Blanc -
que se refugiaba en su viaje de EEUU a Europa,
estaba entrando a la Cuenca para estacionarse,
llevaba su enorme carga de explosivos pero
ninguna bandera roja advirtiéndolo. Al tiempo
que el Mont Blanc se preparaba para entrar a la
Cuenca, otro barco, el IMO venía saliendo de ella
en busca del mar abierto. Iba más rápido de lo
acostumbrado en la bahía. En escasos minutos
las naves se encaminan a un encuentro y se
adivina el colapso. Suenan los pitos señalando
planes para prevenir un choque. Debido a la
velocidad que lleva, el IMO no logra cambiar de
dirección y el Mont Blanc detiene sus motores y
trata de virar a un lado. La coalición se adivina
inevitable, ambos barcos dan marcha atrás a sus
motores para disminuir la fuerza del impacto.
El desenlace de la tragedia había
comenzado a las 8:45 am, pero minutos después
el capitán y la tripulación del Mont Blanc miraban
horrorizados, concientes del peligro que
implicaba la carga explosiva que llevaban.
Sabiendo que era muy poco lo que podían hacer
escucharon los cascos de los barcos crujir con el
impacto y vieron los tambores de benzol del Mont
Blanc desparramarse sobre cubierta y estallar en
llamas. El barco no tenía equipo para combatir
aquel fuego, no existía en ese entonces, y el
capitán, entendiendo que no tiene opciones hace
que la tripulación abandone el barco, convertido
en cascada de chispas y fuego. Reman sus botes
salvavidas hacia Darmouth tratando de encontrar
refugio en el bosque a la explosión inminente. En
desesperación gritan a quienes ven sobre el
peligro pero nadie parece percatarse, hablan en
francés y nadie los entience.
La coalición causa tal ruido y fuego que
atrae la atención de la ciudad, los niños desde
las escuelas y la gente desde sus casas se
asoman y miran al Mont Blanc arder. Otros,
excitados por lo que estaba sucediendo, se
acercan a los muelles del puerto. Casi nadie
sabe que el barco francés llevaba una carga
explosiva. A veinte minutos de la coalición el Mont
Blanc estaba cerca a la dársena 6, tanto que sus
chispas prenden fuego un edificio. A las 9 de la
mañana el barco francés, rojo de fuego, esta listo
a detonar y pocos minutos después la inmensa
explosión -con un radio de cuatro kilómetros y
proyectiles que causan explosiones adicionales
sobre madera, leña, carbón y gas, se hace sentir.
Fue el horror de la guerra golpeando la tranquila
Halifax, y para casi 2000 de sus habitantes la
bahía ese día fue lo último que vieron. La
explosión, producto de la mano del hombre, fue
la mayor de la historia. Se sintió como una bomba
atómica, aunque aún ésta no existía.
Minutos después de la explosión, los
habitantes de Halifax despertaban en una niebla
desorientados y en shock. La zona afectada, más
del 20 por ciento de la ciudad, quedó como
arrasada, desaparecidas sus casas y sus calles,
llena de cuerpos mutilados o destrozados
colgando en lugares inusitados, y sobre el suelo
una alfombra de ceniza gris. En minutos habían
quedado 9,000 heridos, muchos graves, 200
estaban ciegos. Habían 25.000 personas sin
hogar; las madres buscaban a sus hijos, los
maridos buscaban a sus mujeres. El gobierno de
la ciudad demora tres horas en organizarse para
lidear con los efectos de la explosión. Se forman
comités de ayuda. La gente trabajadora es la que
reacciona más rápido y solidaria. La explosión
golpeó su lado de la ciudad, el norte. El sur,
pudiente, casi no fue tocado, detuvo el flujo del
impacto la ciudadela, hoy parque histórico. Las
autoridades, y la clase pudiente, usan la tragedia
en forma paternalista para reforzar el "status
quo" y legitimizarse con políticas sociales y
recursos que ellos controlan. Michelle Hérbert, en
su libro sobre la tragedia, "Enriquecidos por la
Catástrofe" (Enriched by Catastrophe) explica
como la ayuda se entrega con limitaciones
clasistas y prejuicios.
La explosión hizo evidente que no habían
regulaciones para naves cargadas con
municiones, aunque pasaban muy cerca de un
área densamente poblada. También se vio que la
ciudad no tenía plan de emergencia ni protocolo
de comunicación en caso de desastre. En las
primeras horas y desde el extremo sur de la
ciudad, los habitantes acomodados miraban el
humo de la explosión y especulaban si acaso un
zepelin alemán había atacado Halifax y no
atrevían a acercarse. La explosión dejó al
descubierto también las necesidades cotidianas
de la gente pobre, los prejuicios que enfrentaban
y la falta de un sistema de asistencia social.
A horas de la explosión, los militares se
hacen cargo del rescate, levantan cientos de
carpas de lona para las más de 20.000 personas
sin hogar, y junto con voluntarios no residentes
de la ciudad, se dedican a la dura tarea de
recoger los restos de muertos y mutilados, tarea
que duró varios meses. Desde Massachusetts
llegan médicos, enfermeras, trabajadores
sociales, medicamentos. La Cruz Roja americana
organiza la ayuda que llega de otras ciudades de
Canadá y EEUU, y que figura en reportes y
noticias de la época. Hubo un alto nivel de
solidaridad en las primeras horas de parte de la
gente misma afectada por la tragedia, cuando
aún nadie de afuera reaccionaba. Las primeras
en solidarizar fueron mujeres, que sin
entrenamiento brindaron los primeros cuidados
haciendo de enfermeras, trabajadoras sociales y
sicólogas. En aquellos tiempos los expertos eran
hombres de posición y educación universitaria,
no mujeres, que aún batallaban por derecho a
voto y calidad legal como personas.
Resultado de la solidaridad que recibió
Halifax, en 1920 se inaugura en la zona norte de
la ciudad el primer centro de salud comunitaria.
Fue ubicado donde más se necesitaba -en la
zona más pobre y desbastada por la explosión.
Era una clínica moderna que integraba varias
áreas de salud y asistencia social. No pasaron
cinco años que, con la complicidad de las
autoridades y médicas, la clinica fuera trasladada
al hospital universitario en la zona más
privilegiada de la ciudad.
Mucho se podría aprender de esta tragedia,
sobre el pasado, el país, la gente, pero es
imposible aprender en una sociedad que no
examina su historia. El Mont Blanc, cargado de
municiones para alimentar la voraz guerra, sigue
explotando, su fantasma continúa destruyendo
vidas, destrozando cuerpos. Mientras, en las
escuelas, seguimos enseñando que las guerras
sirven a la democracia y aseguran la libertad. No
enseñamos la verdad, que son litigios y negocios
de las élites que con ellas se enriquecen.
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