Alberta, Julio/July 2009
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ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
Péndulo
de Mario Benedetti
El primero de sus llantos fue
poderoso y traspasó fácilmente las
cuatro paredes, cubiertas de
pálidas guirnaldas. Después de
todo, nacer siempre ha sido
importante, aunque el nacido sólo
sea capaz de advertir esa
importancia con mucho atraso. Por
lo pronto, tampoco el médico
partero parecía advertirlo, ya que
su profesionalísimo alarde de
sostener con una sola mano aquel
cuerpecito de un remolacha tenue,
no se correspondía con el
significado metafísico del
momento. En el lecho, la madre se
desprendía de los últimos gajos de
sufrimiento para así poder
arrellanarse en su incipiente
felicidad. Él le dedicó la segunda
de sus miradas (la primera había
encontrado el blanco cielo raso),
pero aún ignoraba que aquello era
su madre, la oscura cueva de
donde había emergido. Lo metieron
en el baño con infinitas
precauciones, y sintió el agua en
las manos diminutas. Se hundía,
se hundía, pero al fin dominó el
calambre y salió a flote. La costa
estaba cerca, pero él no hacía pie y
aquel torniquete podía volver en
cualquier momento. En
consecuencia,empezó a bracear
lentamente, sin dejarse dominar
por los nervios y tratando de
respirar en el ritmo debido. Había
tragado agua en abundancia, pero
sobre todo había tragado pánico.
Su compás de brazadas era ahora
parsimonioso y el corazón ya le
golpeaba menos. Cuando pasó
junto a Beba, que hacía la plancha
con el abandono de quien duerme
la siesta en un catre, tuvo incluso
ánimo suficiente como para
pellizcarla, aguantar sus gritados
reproches, y pensar que su mujer
no estaba mal con el traje de baño
de dos piezas, y que a la noche,
sin ellas, estaría aún mucho mejor.
Cuando hizo definitivamente pie,
sintió que las piernas se le
aflojaban, y hasta le pareció que se
le iba la cabeza. En realidad, sólo
en ese instante aquilató la
tremenda injusticia que habría
representado su muerte en plena
luna de miel. Entonces Agustín,
desde la arena, le tiró
violentamente la pelota y él tuvo
que dar un salto para alcanzarla.
No sólo se le pasó el mareo sino
que también tuvo fuerzas para tirar
la pelota contra el almanaque que
estaba allí, a los pies de la camita.
La pelota rebotó y volvió a él, que la
golpeó con repentino entusiasmo.
La madre, fresca, rozagante, con
una bata color crema, apareció en
la puerta del baño, y él se calmó.
Dejó la pelota para tenderle los
brazos y sonreír, entre otras
razones, por la perspectiva
alimenticia que se abría. «¿Tenés
hambre, tesoro?», preguntó ella, y
él exteriorizó violentamente su
impaciencia. La madre lo sacó de
la cama, se abrió la bata y le dio el
pecho. El pezón estaba dulce,
todavía con gusto a jabón de pino.
Los primeros tragos fueron rápidos,
atolondrados. La pobre garganta no
daba a basto. No obstante, pasada
la primera urgencia, la voracidad
decreció y él tuvo tiempo para
dedicarse a un disfrute adicional: el
roce de los labios contra la piel del
pecho. Cerró los ojos por dos
motivos: para concentrarse en
goce tan complejo, y para no seguir
mirándo ciertos poros
hipnotizantes. Cuando los abrió, el
seno de Celeste llenaba su mano.
Examinó aquellas venitas azules
que siempre le resultaban
turbadoras, pero de paso miró
también el despertador. «Vestite»,
dijo, «tengo que irme». Celeste se
movió suavemente, como una gata,
pero no se incorporó. «Yo, en
cambio, puedo quedarme», dijo. Él
pensó que ella lo estaba
provocando. Sólo imaginarlo era un
disparate, pero a él no le gustaba
irse y dejarla allí, desnuda, aunque
quedase sola, aunque su desnudez
fuera, a lo sumo, para el espejo
ovalado y eunuco. Quizá sólo
quería retenerlo media hora más,
pero no podía ser. Beba lo
esperaba en la puerta del cine. Ya
en este momento lo estaría
esperando, y él no quería más
incidentes, más celos, más llanto.
«Quedate, si querés», dijo, «pero
vestite». Levantó el puño para
acompañar la orden, pero aún lo
tenía en alto cuando se dio cuenta
de que el golpe sobre el cristal del
tocador sonaría a destiempo. Y así
fue. Con un tono culpable,
murmuró: «Perdón, tío», pero el
silencio del viejo fue bastante
elocuente. Estaba claro que no
perdonaría. «Estos arranques te
pueden costar caro. Ahora no
importa demasiado que quiebres el
cristal del escritorio. Pero a lo
mejor estás también quebrando tu
futuro.» Qué comparación
lamentable, pensó él. «Ya dije
perdón», insistió. «Pedir perdón es
humillante y no arregla nada. La
solución no es pedir perdón, sino
evitar los estallidos que hacen
obligatorias las excusas.» Sintió
que se ponía colorado, no sabía si
de vergüenza de sí mismo o de la
situación. Pensó en la mala suerte
de ser huérfano, pensó que su
padre lo había traicionado con su
muerte prematura, pensó que un
tío no puede ser jamás un segundo
padre, pensó que sus propios
pensamientos eran en definitiva
mucho más cursis que los del tío.
«¿Puedo irme?», preguntó,
tratando de que su voz quedara a
medio camino entre la modestia y
el orgullo. «Sí, será mejor que te
vayas.» «Sí, será mejor que te
vayas», repitió Beba entre
lágrimas, y él sintió que otra vez
empezaba el chantaje, porque el
llanto de su mujer, aunque esta vez
fuera interrumpido por las
nerviosas chupadas al cigarrillo,
despertaba en él inevitablemente la
conmiseración y cubría los varios
rebajamientos del amor,
verificados en nueve años de
erosión matrimonial. Él sabía que
dos horas después se
reencontraría con su propio
disgusto, con sus ganas
irrefrenables de largarlo todo, con
su creciente desconfianza hacia la
rutina y la mecánica del sexo, con
su recurrente sensación de asfixia.
Pero ahora tenía que aproximarse,
y se aproximó. Puso la mano sobre
el hombro de Beba, y sintió cómo
su mujer se estremecía y a la vez
cómo ese estremecimiento
significaba el final del llanto. La
sonrisa entre lágrimas, esa suerte
de arcoiris facial, lo empalagó
como nunca. Pese a todo, la rodeó
con sus brazos, la besó junto a la
oreja, le hizo creer que el deseo
empezaba a invadirlo, cuando la
verdad era que él se imponía a sí
mismo el deseo. Ella dejó el
cigarrillo encendido en el borde de
la mesa de noche, y se tendió en la
cama. Él se quitó la camisa, y
antes de seguir desnudándose, se
inclinó hacia ella. De pronto pegó
un salto: el cigarrillo le había
quemado la espalda. Profirió un
grito ronco y no pudo evitar que los
ojos se le humedecieran. «Bueno»,
dijo el hombre de marrón al hombre
de gris, «por ahora no lo quemes
más». La voz sonó cansada,
opaca, al costado del chicle. «Mirá
que sos porfiado», dijo el de gris, y
él no hizo ningún comentario, entre
otras cosas porque el dolor y la
humillación le habían quitado el
aliento. «Fijate, botija, que no te
estamos pidiendo nombres. No te
estamos pidiendo que traiciones a
nadie. Te pedimos una fecha, sólo
eso. Mirá qué buenos somos. La
fecha de la próxima bombita. Andá,
¿qué te cuesta? Así nos vamos
todos a dormir, y mientras vos
soñás con Carlitos Marx, nosotros
soñamos con los angelitos. ¿No
tenés ganas de dormir un rato,
digamos, quince horas? A ver,
Pepe, mostrále una almohada. ¿O
estás desvelado? A ver, Pepe,
prendé la otra luz. No, ésa no, sólo
tiene doscientas bujías. Prendé
mejor el reflector.» El reflector no
importaba. Él podía aguantar sin
dormirse. Estos tipos subestiman
siempre la resistencia física de los
jóvenes. Un viejo puede ser que
cante, porque está gastado, porque
siente pavor ante la mera
posibilidad del sufrimiento físico,
pero un muchacho sabe por qué y
por quién se sacrifica. «Bueno,
Pepe», dijo el de marrón, «si el
botija sigue callado no vas a tener
más remedio que encender otra vez
el cigarrillo». Él escuchó, sin mirar,
el ruido que hizo el fósforo al ser
frotado contra la suela del zapato.
Todo su cuerpo se organizó para la
resistencia, pero seguramente
descuidó alguna zona, porque de
pronto su boca se abrió,
independientemente de su voluntad,
como si fuera la boca de otro, y
pronunció con claridad pasmosa:
«Dieciocho de agosto». La voz del
tipo de marrón sonó secretamente
decepcionada: «Francamente, creí
que eras más duro. Soltálo, Pepe,
ponéle una curita sobre la
quemadura, devolvéle las cosas y
que se largue». Él sintió una
presión repentina en el estómago,
pero esta vez el sufrimiento no
venía de afuera. Se inclinó un poco
hacia adelante y al fin pudo vomitar.
Cuando cesaron las arcadas, vio el
mar allá abajo, que golpeaba contra
el costado del barco. Después del
esfuerzo, sus músculos se
relajaron y se sintió mejor. Se
apartó de la borda y sólo entonces
advirtió que José Luis lo había
estado mirando. Trató de alejarse,
pero el otro lo atajó: «¿Te sentís
mal?» «No, ya pasó», dijo él,
sintiéndose irremediablemente
ridículo y limpiándose la boca con
el pañuelo. «No mirés hacia abajo»,
dijo José Luis. «Mejor vamos al bar
y tomas algo fuerte.» Él se dejó
llevar y pidieron un whisky y un
vodka. José Luis tenía razón: desde
el primer trago, la bebida le cayó
bien, y terminó de acomodarle el
estómago. «¿Estás contento de
regresar?», preguntó José Luis. Él
demoró unos segundos, tratando de
reconocer en sí mismo si estaba o
no contento de su vuelta. «Creo que
sí», dijo. «No sabés cuánto me
tranquiliza», comentó José Luis,
«que hayas acabado por fin con
aquellos escrúpulos idiotas».
«Bueno, no tan idiotas.» «Mirá, lo
peor son las medias tintas. Vos y yo
sabemos que esto no es limpio. Por
algo nos da tanta plata. Pero
también hay una ley: una vez que
uno se decide, ya no se puede
seguir jugando a la conciencia. Dejá
la conciencia para los que no
cobran, así se entretienen, pobres.»
Él apuró de un solo trago lo que
quedaba en el vaso, y se puso de
pie. «Me voy a dormir.» «Como
quieras», dijo José Luis. Él salió al
pasillo, que a esa hora estaba
desierto. Desde el salón de
segunda clase llegaba un ritmo
amortiguado, y de vez en cuando el
alarido de un saxo. Pensó que
siempre se divertían más los de
segunda que los de primera. Dobló
por el pasillo de la derecha. No
había dado cinco pasos cuando se
apagó la luz. Vaciló un momento, y
luego siguió caminando. Le pareció
que detrás de él sonaban
pasos. Trató de encender
un fósforo pero la mano
le tembló. Los pasos se
La vida de un hombre resumida en instantes, son retazos, por
lo que Benedetti nos deja con más preguntas que respuestas.
El péndulo, marca el tiempo a partir del nacimiento y se inicia
con un llanto: el màs poderoso, porque nacer es importante.
Entonces, alimentarse, bañarse, jugar a la pelota, tener mujer,
hijo, amante, son episodios de la vida de este huérfano sin
nombre que resume a muchos sin ser nadie. Mareos, vomitos,
sensaciónes de asfixia, son manifestaciones físicas de un
cuerpo que se rebela a lo que se le impone por la voluntad o
por la fuerza, ajena o propia. Esa boca que informa, ese
deseo que se finge para manipular, ese puño que se alza para
establecer autoridad y rebelarse, son intentos de respuestas a
diferentes formas de tortura, frustración, traición. La mayor, la
que le hizo su padre al morir joven. El miedo al que fue
siempre vulnerable lo enfrenta con falsas sensaciónes de
seguridad -la bombilla, la puerta cerrada, la cama. Seguridad
que puede siempre ser violada. Y al fin, la vida es frágil como
el cristal del escritorio: "Qué comparación lamentable, pensó
él". Los jóvenes se arriesgan porque ignoran su
vulnerabilidad y piensan que son dueños del tiempo.
Entonces, cuando uno menos lo espera produce con su boca
ese "blanquísimo silencio" y apenas entiende que se detuvo el
péndulo.