Alberta, March-April 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
ANÁLISIS
HISTORIA
Hace cuarenta años cayó combatiendo en
las cercanías de Patio Cemento, una pequeña
aldea perdida en la selva colombiana, uno de los
representantes más destacados de la Teología
de la Liberación, el sacerdote católico Camilo
Torres Restrepo. Hacía poco tiempo había
ingresado en la guerrilla después de una
destacada vida académica y de su irrupción
fulgurante en la política nacional como líder del
Frente Unido del Pueblo, desde el cual llamó a la
lucha popular contra el injusto orden social del
país.
Camilo no sólo era sacerdote. Había
estudiado sociología en Lovaina y era profesor
en la Universidad Nacional además de ser guía
espiritual de los estudiantes (era su párroco, en
un país entonces muy católico). Fue además
destacado investigador y asesoró programas
como la frustrada Reforma Agraria y otros
similares. Su trabajo teórico y su compromiso
práctico lo llevaron a la convicción de que en
Colombia el cambio social era imposible por las
vías pacíficas. Por eso ingresó a la guerrilla.
Como hijo de una familia relativamente
acomodada, Camilo Torres recibió una educación
sólida y gozó de todas las facilidades que
garantizaba su condición de feliz niño pequeño
burgués. Sólo tardíamente optó por la vocación
religiosa pero conservando siempre la
independencia intelectual de su padre- un
médico anticlerical muy destacado- y el espíritu
indomable de su madre, una mujer excepcional
que sostuvo su causa hasta el final de sus días.
Camilo fue sin duda, fruto de los aires
nuevos que por entonces removían las
estructuras tradicionales de la Iglesia Católica. No
es una coincidencia que hubiese estudiado
precisamente en Lovaina, uno de los centros de
pensamiento teológico más avanzado del
catolicismo. Si en Europa los "curas obreros"
enviados a las fábricas y a las barriadas
populares para contrarrestar la influencia
comunista terminan muchos de ellos
descubriendo que no había incompatibilidades
entre la palabra de Jesús y las doctrinas
revolucionarias de Carlos Marx, en América
Latina los curas que se inspiran en la Teología de
la Liberación llegan a conclusiones similares.
No será extraño entonces que tanto en
Europa como en América Latina estos sacerdotes
sean objeto de represión interna por parte de
una Iglesia oficial en plena contrarreforma y
comprometida con el capitalismo. En Europa
serán objeto de aislamiento, ostracismo y hasta
de la misma expulsión de la Iglesia; en
Latinoamérica ocurre otro tanto, sufriendo
además la represión de los gobiernos
dictatoriales y hasta la muerte a manos de los
militares o de las fuerzas oscuras del
paramilitarismo, que de consuno, asesinan a
decenas de sacerdotes y monjas y persiguen con
saña a las llamadas Comunidades de Base que
congregan a una feligresía pobre y necesitada
del cambio social. Una transformación social que
las democracias de papel de este continente
prometen siempre y jamás realizan.
Como era natural, este movimiento rebelde
no puede sustraerse a las condiciones generales
de violencia que caracterizan Colombia a lo largo
de su historia. Aunque la clase dirigente se
vanagloria de la naturaleza civilista de sus
instituciones aduciendo que aquí solo ha habido
un golpe militar en todo el siglo pasado (Rojas
Pinilla 1953-1957) lo cierto es que su sistema
político resulta cerrado y excluyente y en la
época de Camilo, lo era de forma mucho más
aguda: regía entonces en el país el Frente
Nacional, un acuerdo entre las diversas facciones
de la clase dirigente para distribuir el botín
burocrático del Estado a partes iguales entre los
partidos tradicionales (conocida como "paridad")
y turnarse durante dos décadas en la
presidencia, con independencia de los resultados
electorales y con exclusión de cualquier otra
fuerza política (la alternación). La consigna de la
oposición popular según la cual "paridad y
alternación son dictadura" no podía ser más
acertada pues denunciaba una democracia
formal que funcionaba en los hechos como una
dictadura civil.
No es de extrañar pues que en estas
condiciones y enraizado en las viejas tradiciones
guerreras de un país en conflicto bélico
permanente desde su Independencia de España
en 1819, el movimiento de protesta pacífica de
Camilo Torres terminara por unirse a las
guerrillas del ELN.
Hoy, buena parte de la izquierda de
entonces no suscribe el camino guerrillero,
apostando generosamente por el sistema
democrático burgués. Todos, eso sí, coinciden en
señalar que la denuncia de Camilo estaba más
que justificada en un país caracterizado por la
desigualdad, la pobreza, la explotación y la
ausencia de un proyecto nacional autónomo. Un
país que de entonces a hoy y a pesar de los
cambios inevitables que trae consigo casi medio
siglo, no presenta un panorama social muy
diferente. De otras maneras pero con igual
dureza Colombia sigue siendo uno de los lugares
más desiguales del planeta, la pobreza afecta a
más del 60% de sus habitantes, ha perdido más
de tres millones de trabajadores cualificados por
la emigración al mundo metropolitano, tiene más
de tres millones de campesinos desplazados por
las bandas del paramilitarismo, alcanza niveles
de miseria cercanos al 20% de sus habitantes y
soporta una clase dirigente indolente y fatua,
carente de todo sentimiento nacional,
"agringada" en extremo y atrincherada tras un
sistema político excluyente y violento.
Hoy la izquierda legal apuesta en Colombia
por las vías parlamentaria con la esperanza de
que la democracia formal permita las reformas
que el país necesita; la izquierda armada, por su
parte, tampoco desea la guerra. A diferencia del
resto del continente persiste aquí un movimiento
guerrillero de dimensiones tales que no es
posible ni prudente pensar en los cambios
sociales y políticos sin buscar un entendimiento
generoso con los insurrectos. La fórmula de
Uribe Vélez, apostando por la salida militar del
conflicto ha sido un fracaso y hasta sus más
fieles partidarios saben que tarde o temprano
tendrán que sentarse a negociar con los
levantados en armas. Además, tanto el ELN como
las FARC proponen salidas pacíficas del conflicto
armado, coincidiendo en este propósito con la
izquierda legal y hasta con sectores lúcidos de la
misma clase dirigente.
Cuarenta años después de la muerte de
Camilo Torres, el país sigue padeciendo por la
incapacidad de una clase dirigente que no ha
logrado eliminar las condiciones sociales y
políticas que impulsaron a aquel sacerdote
idealista a llevar su vocación de entrega hasta
las últimas consecuencias. Además, la actual
política de guerra sin cuartel a la insurgencia y
terror paramilitar contra la oposición no hace más
que alimentar las peores tendencias del sistema
político colombiano.
Sin duda, la mayor responsabilidad de todo
recae en la clase dirigente. Ellos han retenido
todo, propiedad y poder, y deben responder por
el desangre casi interminable de un país amable
que no merece la clase dirigente que tiene. Si en
los años 60, por ejemplo, se hubiera realizado la
tibia reforma agraria que impulsó el liberal Lleras
Restrepo, en lugar de promover desde el Estado
la represión generalizada contra el movimiento
campesino, es casi seguro que hoy no habría
movimiento guerrillero, ni tantos como Camilo-
se hubieran visto impulsados a empuñar las
armas de la insurgencia.
Camilo es ya un patrimonio de todos como
ejemplo de honestidad intelectual y consecuencia
personal. Para los cristianos, en particular, el
cura guerrillero colombiano será siempre un
símbolo de la entrega a la causa de los más
débiles, la causa de los humildes, de esos que
las Bienaventuranzas consagran como los que
legítimamente heredarán la tierra.
Juan Diego García
www.cantabriaconfidencial.com
Camilo Torres Restrepo
1966-2006
Lo mataron cuando iba
por su fusil,
Camilo Torres muere
para vivir.
Cuentan que tras la bala
se oyó una voz,
era Dios que gritaba:
¡Revolución!
(Daniel Viglietti)
Terror, metralla, sirenas en las noches.
Noches sin luces. Falcon, todas las horas. Sirenas.
Frenadas. Gritos. Sótano, capucha, tortura, picana.
Silencio, largos silencios. Picana siempre. Gritos,
música para taparlos. Y picana. Y submarino y
preguntas, golpes, gritos y picana. Metralla. Botas
que avanzan con miedo, creando miedos. Violando.
Amordazando mujeres. Viejas que se arrojan para
salvar hijos. Hombres levantados sin testigos, muerte
que se asoma sin ser vista. Sin saber cuando. Vidas
que se escurre sin saber donde. Niños que nacen y
quedan sin madres; abuelas que siempre quedan sin
nietos. Libros enterrados para que no sean brasas y
cenizas, y olvidos.
Obreros empalados, jóvenes sin ojos. Puertas
que se arrancan. Luces que se apagan. Botas que
aplastan. Jueces que consienten. Justicia que no
existe. Códigos que nadie lee. Cómplices todos.
Asesinos sin excusas. Odiados y aplaudidos.
Siniestros todos. Copas, whisky, brindis de
generales. Sotanas imponiendo cruces a despojos
con manos cortadas y dientes arrancados.
Rojas banderas, sueños juveniles, incendiados.
Jóvenes imberbes que aprendieron a luchar y
lucharon y murieron. Justicia sin venda ni balanza,
tribunales sin jueces. Con lacayos inservibles.
"Mundiales" de un mundo que gozaba la vida
saludable del deporte. Con trofeos ricos y marchas
militares. Festejos y goles. Goles, derroches de
goles. Luego el silencio. Siempre el silencio. Sólo el
grito en la tortura que muchos sufrieron y pocos
oyeron...porque...por algo habrá sido. Por algo será.
Y siempre, a cada instante, las turbinas de los
aviones imparables, abrían sus escotillas para arrojar
por ellas lo más sagrado que tienen los pueblos: sus
luchadores. Los implacables, insobornables
luchadores. Las escotillas se cerraban, las aguas se
estremecían y el silencio cubría la gloria de la
muerte. Luego el mar, nunca cómplice, los devolvía.
En silencio... anónimo testigo.
La justicia no veía nada. Por años no vio nada.
Montones, no vieron nunca nada de nada. Con la
complicidad de muchos. De casi todos. Nadie veía
nada. Con exilio interno y de extramuros. Diáspora
sin destino conocido, aprendiendo idiomas y
costumbres de otros pueblos, de lejanos rincones
solidarios. Entre el terror y la espantada volaban las
palomas aterradas. Y las sombras cubrieron
piadosamente lo que una vez fue la Republica
Argentina: "una nueva y gloriosa Nación". Himno que
entonaba la hipocresía esplendorosa y servía siempre
para todo. Que hacía cuadrar milicos entorchados,
con manos sucias con sangre de inocentes.
Anteojos negros, brillos de gomina, dorados galones,
fanfarrones inservibles, glorias que nunca fueron ni
nadie honrará.
Y los pobres, los pobres empezando a aprender
el oficio de morir, de terror primero, de hambre
después. De hambre siempre...Y los que no se
enteraron. Los que no pudieron, no supieron, no
quisieron saber, creerán hoy, que ya es Historia.
Pero que sepan ahora que a la "historia oficial", se la
inventan los traidores a su gusto. La otra, la sufrida,
la fueron escribiendo día a día los hombres y mujeres
que supieron y saben ocupar su lugar en la lucha por
la libertad, la justicia social, la liberación nacional y
el socialismo. Es decir: por la construcción de una
sociedad diferente donde surja el Hombre Nuevo.
Por todo ello y mucho más. Por los que
cayeron. Por los muertos en la tortura, por la vida
cercenada, salgamos a las calles, a las plazas como
integrantes naturales de nuestro pueblo.
Acompañemos, no la fiesta, sino la memoria, que fue
lucha y fue arrebato, que sea hoy combate por la
vida. Denunciemos los crímenes perdonados, la
justicia recortada. Los olvidos pactados, las
identidades robadas, los sueños castigados. Los
castigos negados. Salgamos con las banderas que
son símbolos de la generación creadora de estos
sueños y estas esperanzas. Sepamos luchar por la
justicia, contra la impunidad, contra la muerte y el
olvido. Salgamos por la solidaridad, contra el hambre,
por el amor, contra la infancia postergada, la ciencia
limitada, la educación dosificada. La salud negada.
Salgamos para no ser cómplices. Para que los
carroñeros de la moral no vuelvan a asumirse como
constructores de pueblos que desprecian.
Que el país más austral de esta Latinoamérica
joven y beligerante recorra caminos de liberación, sin
tutores del pensamiento ni conductores mesiánicos,
enfermos de poder, de misiles, de metrallas, de
muertes que son sombras que caen sobre ellos para
siempre.
Elisa Rando (Argenpress)
En la calle,
contra el silencio
y la impunidad