Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, March-April 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
Haroldo Conti
(1925-1976)
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
El tren salía a las ocho o tal vez a
las ocho y media. Recién diez minutos
antes enganchaban la locomotora pero
de cualquier forma el tío se ponía
nervioso una hora antes. Todos los del
pueblo eran así. Apenas llegaban y ya
estaban pensando en la vuelta. Su
padre había hecho lo mismo. La mitad
del tiempo pensaba en las gallinas,
que comían a su hora, o en el perro,
que había dejado en lo del vecino. Para
el Buenos Aires era la Torre de los
Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y,
por excepción, el monumento a
Garibaldi, en Plaza Italia, porque la
primera vez que vino, con la vieja, se
extraviaron y fueron a parar allí. Se
sacaron una foto y el tipo de la
máquina los puso en un tranvía que los
llevó a Retiro. De cualquier forma
llegaron una hora antes y con todo
estaban tan excitados que casi se
meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza
Británica con aquella torre que de
alguna manera presidia su vida, vista o
entrevista a cualquier hora del día en
que pisó Buenos Aires, y luego los
años y toda la perra vida, y ahora esa
vieja tristeza que le nacía de adentro,
bueno, y la torre siempre alli como el
primer día, mientras cruzaba la plaza,
pues, vió al tío por anticipado en un
rincón del hall del Pacífico (ellos
todavía decían Pacífico) encogido
dentro del sobretodo que olía a tabaco,
con la valija de cartón imitación cuero
a un lado y un montón de paquetes
sobre las rodillas, manoseando el
boleto de segunda dentro del bolsillo
para asegurarse de que todavía seguia
allí.
Lo había llamado dos o tres
veces desde el hotel Universo pero él
estaba fuera y la muchacha entendió
las cosas a medias. Después trató de
llegar hasta la casa, a pie, por
supuesto, pues los troles y los
colectivos lo espantaban. Se había
extraviado en algún punto de Leandro
Alem y antes de perder de vista la
Plaza Britanica prefirió volver a Retiro y
esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste
no veía al tío pero estaba seguro de
encontrarlo igual. La misma cara
blanca y esponjosa salpicada de
barritos y de pelos con aquellos ojos
deslumbrados que se empequeñecían
cuando miraba algo fijo, el moñito a
lunares marchito y grasiento, el mismo
sobretodo negro con el cuello de
terciopelo, el chambergo alto y aludo
que se calzaba con las dos manos y el
par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había
empequeñecido con los años. Eso
parecía, al menos. En realidad era un
mísero galpón con un par de andenes
mal iluminados. En otro tiempo, sin
embargo, veía todo aquello coloreado
por una luz misteriosa. La propia gente
estaba impregnada de esa luz. Era
espléndida, leve y gentil, como si no
fuera a cambiar ni a morir nunca y la
estación lucía como un circo. Pero la
gente había cambiado de cualquier
forma y la vieja estación Pacífico lucía
ahora como lo que era, un misero
galpón de chapas lleno de ruidos y olor
a frito.
Vió al tío en un banco, debajo
del horario de trenes. Parecía muy
pequeño e insignificante. Tenía las
manos metidas en los bolsillos, las
piernas bien juntas, un paraguas sobre
las rodillas y la mirada perdida en el
aire.
Miraba en su dirección pero no lo
veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo
delante. --¡Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de
acuerdo a la vieja costumbre. Oreste
dejó que el tío lo palmeara un buen rato.
Tenía ese olor familiar, un olor
masculino que evocaba a aquellos
hombres reservados de su infancia que
le sonreían, con breve indulgencia,
como el tío Ernesto, grande como un
ropero y delante del cual tragaba saliva
invariablemente, o el gran tío Agustín, la
única vez que lo vió el día que vino de
Bragado en aquel Ford A con cadenas
que echaba una nube de vapor por el
gollete del radiador, o al propio tío
Bautista cuando era él mismo por
entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin
soltarle los brazos:
--¿Cómo va? --Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y
después se volvieron a abrazar.
- -¿Y usted, que tal? --Bien,
bien.
--¿La tía?
--Y, bien.....
Le puso una mano sobre un
hombro y lo miró largamente. Oreste
sonrió despacio. Estaba acostumbrado
a aquel estilo.
--¿A qué hora sale el tren? --A
las ocho y media.
--Son las siete y cuarto. Vamos
a tomar algo.
--No... mejor nos quedamos
aquí. ¿A dónde vamos a ir? Entre que
arriman el tren,y enganchan la
locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos
nada que ver en todo eso. Vamos.
--¿Y a dónde? No hagas
cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato
hasta que por fin lo convenció y se
metieron en el bar de la estación.
Consiguiercn un lugar desde el cual, a
través de una perspectiva complicada,
veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío,
a fuerza de insistir, un Cinzano con
bíter.
--¿Cómo se largó hasta aquí?
--¨¡Eh!... hacia tiempo que lo
tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso
cara de espanto.
--Esta parado --dijo Oreste
sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Sacó y
examinó el viejo Tissot con agujas
orientales.
--¿Que te decía?... ¡Ah, si! Vine
a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis
años que no lo veía. Somos del mismo
pueblo, Baigorrita. Le estaba
prometiendo siempre. Que hoy, que
mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
--Esta viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio
con el mismo gesto abstraído que tenía
cuando esperaba en el hall.
--¿Que tal? ¿Como va eso?--
volvió a preguntar con desgano.
--Bien, bien.
--¿Se progresa?
--Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron
y callaron.
El tío había sido siempre así. El
tío y todos ellos.
--Traje una punta de encargues.
La tía me pidió unas latas de "Sal de
Hunt". Hace mas de un año que anda
detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín
hace dos meses. No... en noviembre.
Hace cuatro meses.
--¿Para qué sirve? ,
--Para el estómago. Es una
gran cosa. La gente toma ahora toda
clase de porquerías, pero ésto es
realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se
alarmó.
--Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió
otro poco de Cinzano.
--Bueno, fui a la Franco-Inglesa
y conseguí todo lo que quise. Le mostré
el tarrito al tipo y me dijo: "¿Cuantos
quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das
cuenta?
Dentro de un rato iba a
desaparecer en la ventanilla de un
vagón de segunda y no lo vería hasta
dentro de cuatro o cinco años. Había
otros cinco antes de ahora. Su viejo
desapareció así un día y no lo vió más.
--¿Qué tal todo aquello? --
preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce
lastimero, un crepitar de años
envejecidos, una pregunta hecha a si
mismo, a un negro hoyo de sombras.
--Igual.
--¿Los muchachos?
--Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió
el último trago.
--¿Qué hora es?
--Las ocho menos cuarto.
El tío saco el reloj y lo observó
inquieto.
--Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
Vamos.
Estaban enganchando la
locomotora. El tío recogió los paquetes
y la valijas y comenzó a caminar
apresuradamente hacia el andén
número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y
el tío lo miró con extrañeza.
--Está bien, muchacho. No te
molestes.
--Déle saludos a la tía. A todos.
--Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren
tropezando con los tipos de segunda
que corrían a su vez como si la
estación se les fuera a caer encima y
metían por las ventanillas los chicos o
las valijas para conseguir asiento. El tío
trepó a uno de los vagones cerca de la
locomotora y al rato sacó la cabeza por
una ventanilla.
--¿Cuándo vas a ir por allá? -
preguntó mirando mas bien a la gente
que se apiñaba sobre el andén.
--Apenas pueda.
--Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo
dijiste?
--Cuando pueda.
El tío se apartó un momento
para acomodar la valija. Después se
sentó en la punta del banco y
permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío
sonrió y dijo:
--¡Oreste! . . .
Él sonrió también, desde muy
lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó
apresuradamente medio cuerpo por la
ventanilla.
--¡Chau, querido, chau! -dijo y lo
besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya
se había sentado.
El tren se sacudió de punta a
punta. El tío agitó una mano y sonrió
seguro.
Oreste corrió un trecho a la par
del tren. Corría y miraba al tío que
sonreía satisfecho, como aquellos
hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y
Oreste levantó una mano que no
encontró respuesta.
Perdido
de Haroldo Conti
Haroldo Conti nació en
Chacabuco, provincia de
Buenos Aires, en 1925. Ganó
con su cuento La causa, una de
las menciones del concurso de
la revista Life en español de
1960. Como piloto civil recorrió
el Delta del Paraná, escenario
de su conocida novela Sudeste,
premiada por Fabril Editora en
1962.
A esa obra siguieron Todos
los veranos, (1965), cuentos;
Alrededor de la jaula, (1966),
novela; Con otra gente, (1967),
cuentos, y En vida, (1971),
novela. Lo poético de la prosa
de Conti proviene de su
contención y justo equilibrio en
el uso de las palabras, ceñidas
con parquedad a la descripción
o desarrollo de la escena. Esa
contención, equidistante y
sugerente a la vez, le da
tensión, es decir, "temperatura"
poética. Sus temas
fundamentales, la soledad y el
destino individual, encuentran
así adecuado marco expresivo,
hondamente lírico.
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