Alberta, March-April 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
De Mujer...
DE MUJER...
El punto de partida no es inocente
Estoy convencida de que una no elige al azar. El
temperamento, los genes, la educación y la experiencia
condicionan más de lo previsto. Por eso me pregunto y
me respondo a la vez por qué en los primeros setenta, las
hijas del 68 nos encaminamos hacia dos feminismos
diversos que, estoy convencida, se complementan por
más que se empeñen en excluirse. Si uno u otro no
existieran habría que inventarlos.
Unas eligieron lo urgente y otras nos encaminamos
hacia lo importante. Creo que ni unas ni otras estábamos
dispuestas a ser una generación perdida. De modo más
o menos consciente sabíamos que estábamos
transformando el mundo (Marx) y cambiando la vida
(Rimbaud). Pues bien, las feministas de lo urgente se
lanzaron hacia la ardua tarea de cambiar las leyes para
las mujeres en un entorno de mejoras sociales. Había
que librarse del estatuto de sometidas y acceder al de
iguales, al de ciudadanas.
Otras, que sin duda apoyábamos todos esos
cambios, debatíamos sobre cuestiones que nos parecían
más importantes porque cambiaban la vida. Empezamos
a contarnos las experiencias vividas en "grupos de
autoconciencia." Descubrimos lo que era la amistad y la
complicidad entre mujeres en un ambiente sin jefes, sin
novios, sin maridos, sin secretarios generales que
mediaran entre nosotras y el mundo, una burbuja virtual
que estalló y nos lanzó al mundo con mucha más
seguridad en nosotras mismas.
El alimento teórico
Las feministas de la igualdad contaban con
abundantes fuentes en las que beber; a las de la
diferencia nos gustaba más el vino. De hecho,
estábamos permanentemente embriagadas de
entusiasmo. No íbamos a permitir que nos aguaran la
fiesta. Había que celebrar la vida y la celebramos. Desde
la Ilustración, el tema de la igualdad estaba sobre el
tapete. Ellas tenían abundante letra escrita para teorizar y
reinterpretar.
Nosotras, las de la diferencia, nos encontramos
con un panorama que planteaba la crisis del sujeto y
prefiguraba la posmodernidad. Nuestros lagares
rebosaban incertidumbre y cuestionamientos sin cuento.
Todo era nuevo porque partíamos de lo que se estaba
pensando al hilo de la propia época. Las teorías de la
emancipación nos importaban un bledo porque no
creíamos en ellas. No queríamos ser mujeres
emancipadas. Queríamos ser mujeres libres porque sí,
por derecho propio, y así íbamos viviendo todos los
"simulacros" de la libertad, todas las osadías del
atreverse. Nunca estuvimos seguras de nada y supongo
que seguimos buscando.
Las feministas de la igualdad continuaban con sus
campañas militantes y sus apoyos teóricos más
académicos, evidenciando siempre lo evidente. Pero
también aportando investigaciones sociológicas y de otro
tipo, que han servido para los consabidos "planes de
igualdad" que la Administración tuvo que poner en
marcha gracias a la presión y a los trabajos de aquellas
mujeres.
Nosotras, las de la diferencia, nos metimos en
rollos más psicoanalíticos. No en vano había sido Freud
el primero en plantear, de modo más o menos científico,
la indescifrable sexualidad femenina. Por supuesto que
lo repudiamos, pero nos dio pie para pensar en nosotras
mismas desde dentro. Luego vino Lacan con su
propuesta lingüística del inconsciente y se puso de moda
lo referente al deseo. "¿Qué deseamos realmente las
mujeres?" Y, por fin, Luce Irigaray.
Con Irigaray empezamos a caer en la cuenta de
que nosotras éramos "feministas de la diferencia". ¿Por
qué ? Porque nuestro camino hacia
la libertad partía precisamente de
nuestra "diferencia sexual". Esa era
la piedra filosofal. Supimos
entonces que el mundo como
representación no era más que una
proyección del sujeto masculino, es
decir, "lo mismo". Para ser sujeto
desde "lo mismo" basta con verse
reflejado. ¿Cómo ser sujeto en un
mundo de representación
masculina ?
Todo un reto
apasionante
La cuestión clave que
exponía Irigaray ¿era espejo o
speculum ? Es decir, ¿se trataba
de reflejar el mundo (con el espejo)
para hacer una crítica feminista o de explorar la caverna
(con el speculum) de la diferencia sexual ? ¿Sociología
o Psicología ? El feminismo de la igualdad enfrentó un
mundo androcéntrico con un espejo crítico. El de la
diferencia exploró con su speculum nuestras propias
ignotas diferencias para, desde ahí, crear un mundo.
Las amistades peligrosas
No sólo afinidades teóricas, sino políticas, nos
separaron. No podemos olvidar que muchas de las
feministas de la igualdad pertenecían o provenían de
partidos políticos de la izquierda. Su monotema en todo
congreso, conferencia o mesa redonda que se preciara
era "Mujer y lucha de clases". Pensaban que una vez
realizada la revolución socialista sólo era cuestión de
meter en el programa las "reivindicaciones feministas" y
listo: puros ajustes logísticos.
Dos modos de hacer política
Ellos eran cazadores y nosotras agricultoras: un
tópico. Lo sé, pero me sirve para la metáfora. Hay un
modo de hacer política masculino y otro femenino. El
primero reclama conducir grandes rebaños con el pastor
al frente armado de cayado, y los perros que impiden que
se desmadre el ganado. ¡Oh, las multitudes siguiendo a
un líder! El sueño de toda política masculina: la
revolución de las grandes masas o la sumisión de ellas,
que es lo mismo.
Tal vez las de la igualdad soñaran alguna vez con
esos espejismos. Al final del camino, "la tierra
prometida". Las de la diferencia hemos soñado con "un
paraíso perdido" en el que comernos todas las manzanas
prohibidas.
La igualdad sigue su camino consiguiendo leyes y
normativas que van mejorando la vida de las mujeres, sin
duda. Son logros más vistosos que, a veces, hasta salen
en los periódicos o en las noticias de la tele, sobre todo
si se refieren a temas morbosos, como la violencia
doméstica o las violaciones. Es, por lo visto, cuando
existimos.
Las de la diferencia, sin saberlo, se han
multiplicado como hongos y van plantando sus semillas
en multitud de pequeños espacios en los que se sigue
buscando, no sólo el cambio de las estructuras y los
derechos básicos, sino también el cambio de las
mujeres. Es una política de agricultoras que se afanan
en los pequeños huertos de las mil transformaciones.
El qué y el cómo
Por muy importante que sea el qué, no debe
lograrse a cualquier precio. Vamos consiguiendo
pequeñas emancipaciones: económicas, profesionales,
domésticas, políticas o personales, pero el precio de la
igualdad, en muchos casos, ha sido muy alto. Con
frecuencia ha supuesto una competitividad y un esfuerzo
más allá de lo aceptable.
En este sentido, las feministas de la diferencia
siempre hemos tenido muy claro que la vida no es
negociable. Por eso nos planteamos el cómo. Llegar
más allá de la igualdad, sí, pero ¿cómo? Ni el dinero ni
el prestigio ni el éxito valen el sacrificio del gozo, de la
libertad interior, del tiempo personal... No se trata de que
las mujeres lleguemos a la política para seguir haciendo
"lo mismo."
Sólo se vive una vez -que yo sepa, y nada interesa
tanto como hacer de esta vida un acto de rebeldía
inteligente. A veces ese acto de rebeldía no consiste más
que en sobrevivir cuando la muerte sale al camino en
cada encrucijada. Otras, por el contrario, nos reclama
una resistencia numantina ante la insistente oferta de
una vida fácil en la aceptación de "lo que hay". Muy
frecuentemente tendremos que aceptar que no podemos
transformar el mundo, pero nunca renunciaremos a
cambiar la vida. Sabemos que la "revolución" sin
"evolución" es una trampa.
Cuestionar el modelo androcéntrico
El tema de fondo de nuestros desencuentros
siempre ha sido el mismo: el modelo. El feminismo de la
diferencia plantea la igualdad entre mujeres y hombres,
pero nunca la igualdad con los hombres porque
implicaría aceptar el modelo. No queremos ser iguales si
no se cuestiona el modelo social y cultural
androcéntrico, pues entonces la igualdad significaría el
triunfo definitivo del paradigma masculino. Es muy triste
convertirse en una mala copia de un patético modelo.
Queremos la igualdad ante la ley, igual salario a igual
trabajo y las mismas oportunidades ¡cómo no ! Pero no
es suficiente, ni siquiera deseable.
Las mujeres hemos trascendido nuestra condición
de hembras, pero habitualmente en condiciones de
dominación, unas condiciones que no han permitido la
brillantez que ha otorgado nuestra civilización a los
logros masculinos, esa trascendencia sublime que
supone Sartre y Simone de Beauvoir.
Siendo consecuentes con lo que plantea Beauvoir,
la propuesta de la igualdad y emancipación desde
semejantes presupuestos sólo puede lograrse negando
la diferencia sexual femenina en beneficio de un Sujeto
universal y neutro que, lógicamente, sería masculino, por
más que incluyera tanto a hombres como a mujeres en
la etapa gloriosa de la igualdad.
Aclarando conceptos
En este punto es en el que nos tiramos los trastos.
Ignoro si se trata de una guerra ideológica o de intereses.
Seguramente de las dos cosas. O, tal vez, de confusiones
muy arraigadas. Cuando insistimos en la diferencia, el
latiguillo de las feministas de la igualdad es siempre el
mismo: "Sí, claro, somos diferentes ¡qué más quieren los
hombres! Eso es lo que ellos han dicho siempre de
nosotras para mantenernos sometidas, que somos
diferentes. Lo que no soportan es que seamos iguales."
¡Claro que ellos han utilizado nuestra diferencia
para someternos! Y sobre todo nuestra capacidad de
gestar nuevos seres. La posibilidad de ser madres y
nuestra mayor ligazón a la especie por la crianza y otras
derivaciones ha jugado en contra de las mujeres en un
modelo androcéntrico. ¡Qué duda cabe! Hay quién
propone la liberación de las mujeres a través de la
gestación "in vitro", el útero artificial y la incubadora.
Después...¡hala ! niños para el Estado. Es algo así como
cortarte la cabeza sólo por que te duele. Pero, las
diferencias entre los sexos existen. La investigación
genética, hormonal, cerebral y psicológica nos lo están
demostrando cada día.
Lo que sucede es que una de las características
fundamentales de la dominación masculina es que ha
utilizado las diferencias a favor de la desigualdad. Las
diferencias de edad, de raza, de religión, de lengua, de
etnia, de clase y de sexo han dado lugar a múltiples
desigualdades. Pero la diferencia nada tiene que ver
conceptualmente con la desigualdad.
El concepto clave que hemos de tener en cuenta
para no seguir diciendo tonterías es: lo contrario de la
igualdad no es la diferencia, sino la desigualdad. Si lo
entendiéramos bien, veríamos que las diferencias
encierran una potencialidad extraordinaria. Sin
diferencias no hay cambio ni pluralidad, todo sería
homogéneo y estático. La anulación de las diferencias
nos está llevando al modelo único, al pensamiento único,
a la economía global. Un sistema que, lejos de anular las
desigualdades, las afianza y profundiza. ¿Quién sale
reforzado? Sin duda que el modelo dominante y
dominador, el más fuerte. Eso sí: "todos podemos jugar
en la Bolsa de valores", incluso los que ganan veinte
rupias al día. ¡Menos mal ! ¡Qué consuelo !
La atalaya de la historia
En el siglo XX han sucedido cosas demasiado
significativas como para no sacar conclusiones.
Tenemos la suerte de disfrutar de una perspectiva
privilegiada. La lucha de clases en su versión de
revolución proletaria nos ha puesto en bandeja el modelo
de lo que nunca deberíamos hacer las feministas.
También aquella revolución tuvo sus días gloriosos de
vino y rosas. Después apareció la hoz y el martillazo, los
gulag, las purgas de intelectuales y disidentes, y la
espantosa agonía de un sistema no sólo corrupto, sino
triste, muerto de antemano. Más que agonía, fue la
descomposición de un cadáver.
¿Qué se pretendía en realidad? La abolición de
una sociedad dividida en clases. Aquello que decían
"¿Qué es el Feminismo de la
Diferencia ?"
(Una visión muy personal)