Alberta, February-March 2007
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
La mujer había entrado hace
quinc
e minutos al bar, insistiendo
en que la atendiera. No sé por qué
lo hice, supongo que me pareció
atractiva. Parecía golpeada.
Llevaba una falda floreada y una
camisa en tonos verdes. Le serví
un vaso de vino y le dije que podía
quedarse unos minutos. Tomó un
sorbo y me preguntó si podía estar
ahí toda la noche. Le dije que no, y
entonces habló:
-Maté a mi marido -dijo con
tono seco. A lo mejor no debería
contárselo.
-No me lo cuente -reaccioné.
-Después de esta noche ya no
me verá y no habrá problemas -
agregó, sin prestarme atención. No
voy a involucrarlo, se lo juro. ¿Me
sirve otro vaso, por favor? Tengo
dinero para pagarle.
-¿Usted está bien? -pregunté,
mientras le acercaba la botella.
-¿Cómo estaría usted si
creyera haber matado a su mujer?
-¿Por qué habría de matar a
mi mujer? -le serví el vaso. -
Además, no tengo mujer.
-A veces uno tiene que tomar
decisiones.
-Y usted decidió venir a
contarme que mató a su marido.
-No hablo de eso -dijo
ofuscada. Me refiero a la decisión
de darle un balazo. Quiero decir
que cuando las cosas no
funcionan, a veces hay que
ponerse dura.
-Eso es verdad.
-¿A usted le ha pasado?
-¿Qué?
-Tener que ponerse duro.
-No sé -dije y pensé en la
última vez que golpée a las chicas.
Había sido esa noche y ellas lo
merecían. Claudia y Ema parecían
manipuladas como marionetas en
el escenario, se veían más gordas
que nunca y habían hecho un
pésimo espectáculo. De seguro
perdimos dinero. -Sí, me ha
pasado.
-Yo no lo había hecho hasta
hoy, pero siempre pensé que un día
lo haría. A veces soñaba con que le
pegaba y cuando despertaba era yo
la golpeada. Le rompí la cabeza,
pero creo que a algunos hombres
habría que cortarles el aparato -dijo
y rió. -No se asuste, estoy
bromeando.
Yo no estaba asustado. Tenía
ganas de beber y me daba lo
mismo si fuera con una asesina o
solo. La mujer debía tener unos
treinta años. Tenía el pelo castaño,
los ojos café oscuro y cejas
diminutas. Era bastante atractiva.
Por un instante pensé en quitarle la
falda y forzarla, pero sólo fue una
imagen. No sé por qué la había
dejado entrar. Llevaba veinte
minutos sentada en esa silla y cada
vez se acomodaba más, como si
definitivamente no pensara irse de
ahí. En el bar sólo estábamos ella,
yo y Pedro, que dormía en la sala
de ventas. La mujer no dejaba de
hablar, era muy desagradable. En
un momento en que le mirada el
doblez de la falda, me preguntó qué
opinaba. No sé a qué se refería,
pero le dije que no tenía opinión y
que de cualquier forma era
interesante lo suyo. Insistió en que
debía tener opinión de las cosas,
que no podía ser tan indiferente, y
me pidió algo de comer. Le dije que
a esa hora estaba cerrada la
cocina y que si quería podía darle
pan. Movió la cabeza de arriba a
abajo. Mientras sacaba la panera
del armario, encendió un cigarrillo e
insistió en que le diera mi opinión.
Yo no contestaba, para qué iba a
hacerlo.
-Oiga, ¿usted cómo se llama?
-Ricardo.
-Yo no le puedo decir mi
nombre.
-No me lo diga -dije,
acercándole el pan.
-¿Cómo voy a decirle mi
nombre si le estoy confesando un
crimen? -insistió con una sonrisa
nerviosa. Tomó un pedazo de pan y
se lo llevó a la boca. -Pero puedo
inventar un sobrenombre para que
me llame de algún modo. Siempre
me gustó "Catalina". Cuando mi
madre murió yo le dije "chao,
Catalina" y nadie entendió.
-¿Y usted qué quería decir?
-Que me hubiera gustado que
se llamara Catalina. Pero mi madre
se llamaba Roberta. Era muy feo
ese nombre -hizo una pausa antes
de continuar. -Mi madre no llegó a
conocerlo. Estoy segura de que ella
no hubiera notado lo estúpido que
era. Las madres nunca se dan
cuenta de esas cosas. Mi madre
quería que yo fuera profesora.
Ricardo, ¿cree que estuvo mal lo
que hice?
-No lo sé.
-¿Sabe por qué lo hice? -dijo y
no esperó a que respondiera.
-Porque me daba asco.
Permaneció un momento en
silencio y luego me miró con un
gesto que no supe interpretar.
Parecía como si quisiera hablar y
no supiera qué decir.
-Al principio me gustaba
cuando lo hacíamos, pero después
me parecía un animal. No podía
imaginarlo como un hombre
normal. Me daban ganas de vomitar
cuando lo veía así, mojado y con
esos gestos. Disculpe que le
cuente todo esto. Era horrible, tenía
que terminar. Y él lo buscó. Yo le
dije que esta noche no lo intentara.
Y él lo intentó. Me tomó de un
brazo, le mordí la mano, rajó mi
camisa y tuve que hacerlo. No es
que me gustara, pero tuve que
hacerlo -la mujer se llevó una mano
a la frente y acarició su herida.
Luego tomó la cartera e intentó
levantarse de la silla. Entonces
miró hacia el suelo y dijo: -Lo que
más odiaba en él era su manera de
respirar. Hacía un ruido asqueroso -
e imitó el sonido, respirando con un
ronquido. Después volvió a llenar
su vaso con vino y lo tomó al seco.
-Usted toma mucho -le
comenté, mientras retiraba la
segunda botella vacía del mesón.
-A veces.
-Esta noche, por ejemplo.
-Cuando lo maté no era
alcohólica. Ahora creo que sí.
-¿Está segura de que lo
mató?
-No.
-¿Y no le gustaría saberlo?
-¿Saber qué?
-Si está vivo o muerto.
-Yo pensé que sería más difícil
-dijo de pronto, mientras se
levantaba.
-¿Qué cosa?
-Deshacerse de la persona
que uno odia -subió la voz desde el
otro extremo de la barra. -Siempre
lo detesté.
No me pareció que la mujer
tuviera razón. No creo que sea
difícil deshacerse de alguien que
uno detesta. No debe serlo. Muchas
veces tuve ganas de matar a mi
hermano o a mi padre, pero me
faltó valentía. A Claudia y a Ema las
hubiera matado varias veces si de
mí dependiera. Hoy las hubiera
matado, por ejemplo. Pero no me
gusta meterme en líos. Una vez un
matón trató de forzar a Ema y yo le
dije que no lo hiciera. Pero él
insistió y yo accedí. A veces no hay
que ser tan drástico.
-Cuesta, claro que cuesta-dijo
ella.
Seguía hablando de lo difícil
que era tomar ese tipo de
decisiones en la vida y del coraje
que era necesario tener. Yo le dije
que no era coraje sino una buena
arma y ella agregó que eso era un
detalle y que cuando uno quiere
matar puede hacerlo con los
dientes, si quiere. A lo mejor tenía
razón.
La mujer tomó su cartera.
Pensé que se iría y me dio un poco
de lástima. Qué estúpido: por un
instante la extrañé. La mujer me
miró con sus ojos oscuros,
mientras sacaba de su cartera un
espejito y un paquete hecho con
hojas de cuaderno. Después me
ofreció y yo le pregunté qué era.
Aunque vivía rodeado de gente que
se drogaba, nunca me entusiasmó.
Me daba un poco de asco. La mujer
volvió a mirarme y le respondí que
no con la mirada. Después vació el
contenido blanco del paquete en el
espejo, lo ordenó en un par de filas
y se lo llevó a la nariz. Me preguntó
si estaba seguro de que no quería y
cedí. "Déme un poco", le dije,
mientras ella me sonreía. Me dieron
náuseas, como siempre. Quise
vomitar pero me contuve.
-Cuando respiraba hacía un
ruido asqueroso, ¿sabe?
-Sí,dije.
-¿Sí qué?
-Sé que hacía esos ruidos.
Usted lo dijo recién.
-¿Usted qué hace?,preguntó
desatenta, moviendo la nariz como
si la acomodara en el lugar
correcto.
-De noche atiendo este lugar.
-¿Y de día?
-Nada.
-Yo antes quería ser zoóloga -
dijo, desviando la mirada. -Ahora no
me imagino en un safari, pero
cuando tenía nueve o diez años
creía que eso era lo mejor que me
podía pasar. Curar a los animales.
Después pensé en curar a la gente,
pero cambié de opinión. Doctora de
qué iba a ser, si cuando veo sangre
vomito.
-¿Y cómo lo hizo con la
sangre de su marido?
-No la vi, miré para otro lado.
-¿Cómo sabe entonces que le
rompió la cabeza?
-Por el ruido. Sonó así -golpeó
el puño contra la mesa. -Fue como
si se la hubiera quebrado en mil
pedazos.
-Es lo más probable.
-¿Con una pistola le rompió la
cabeza? -pregunté. Ya me estaba
aburriendo y no sé si tenía
demasiado interés en que la mujer
contara su episodio. -Sabe, no
importa. Es mejor que se vaya.
-¿Me quiere echar? -dijo con
tono dulce y cambió
inmediatamente la expresión. -
"Espejo"
de Alejandra Costamagna
Alejandra Costamagna invierte
la realidad de la muerte de una
mujer abusada. Con ello enriquece
nuestro entendimiento de la
victimizaciòn mostràndono como su
mujer sin nombre usa el alcohol y la
droga para lidear con el dolor. La
vemos caer en las redes del dueño
del bar, Ricardo, al tiempo que
confiesa su dificultad de odiar a su
abusador y de escaparse de èl.
Aunque habla de matar entendemos
que no es capaz de hacerlo,
mientras que es claro que Ricardo
es perfectamente capaz de matar sin
odio,siempre que pueda evadir
castigo.
El final confirma a travès del
desprecio de Ricardo por la mujer
que habla pero que no ejecuta, lo
que la mujer sospecha: que "todos
los hombres son iguales. Terminan
por despreciarla a una."
El miedo de la mujer se refleja
en preguntarle a Ricardo si tiene
miedo y en calmarlo a èl, que no le
teme. No, no tiene miedo, no de ella
y ve, cada vez màs, la posibilidad de
matarla impunemente.
Costamagna logra humanizar a
la mujer sin darle nombre, y
deshumanizarlo a èl dàndoselo,
Ricardo es un nombre sòlo
aparentemente inofensivo.
Obviamente es otro abusador: "Por
un instante pensé en quitarle la falda
y forzarla", luego, "pensè en la ùltima
vez que golpèe a las chicas" y "a
Claudia y Ema las hubiera matado
varias veces si de mi dependiera."
Ricardo piensa: "una vez un matòn
tratò de forzar a Ema y yo le dije que
no lo hiciera. Pero èl insistiò y yo
accedì."
La mujer da cuidados, querìa
curar animales y gente; su marido se
le aparecìa como un animal.
El asco, mensajero del rechazo
al mal trato y a la mala vida, es en
ella determinante, la hace vòmitar.
En Ricardo hay sòlo un "poco de
asco" por la droga que igual usa. Si
fue dificil matar a la mujer la razòn
principal es su atractivo y su
resistencia, nada moral en el
abusador: "para mì el asunto habìa
concluido."