Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, February-March 2007
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ALTERNATIVA Latinoamericana
ACTUALIDAD
Por Lián Martínez-Moreno
Cuando en el siglo 19 Marx y Engels
anunciaron el capitalismo financiero,
consecuencia lógica de la vocación
internacional del capital, no todos
entendieron que esta predicción era
visionaria. Lo que hoy llamamos
"financiarización" de la economía no es más
que aquello. Los padres del socialismo
preveían el establecimiento de un
intercambio y de una interdependencia
universal tanto como un rol preponderante
para el "capital rentista".
Hacer dinero del dinero no ha sido visto
como muy digno. En los principios del
capitalismo, que hoy se establecen en el
siglo 12, el pueblo judío es el único que se
encuentra en situación de ser prestamista y
es, en general, prestamista forzado -
argumenta Jacques Attali (Los judios, el
mundo y el dinero). "Presta porque se ve en
la situación de ser banquero" y, aunque no
puede tratar con dinero más que para hacer
el bien, está obligado por las circunstancias
a dedicarse a prestar dinero para sobrevivir,
se lo use con malos fines o no.
Hoy el modelo de "empresario
emprendedor" tipo Bill Gates continúa siendo el
más aceptado, nadie se jacta demasiado de ser
financista, aunque su imagen ha mejorado mucho
con respecto a la que tenía hace nomás dos
siglos. En el pasado la especulación abusiva
sobre valores bursátiles o bienes de consumo se
merecía la palabra de cuatro letras, agio, y el
cobro de intereses desmedidos era simplemente
usura. Aunque hoy vivimos en el mundo del agio,
poco se le nombra, más bien se prefiere hablar
de finanzas, mercado y bolsa, que suena mejor.
La situación de hoy nos afecta, pagamos
intereses excesivos a nivel personal -en tarjetas
de créditos y letras por compra de servicios y
bienes de consumo, y pagamos intereses
excesivos como sociedad -a la banca pública y
privada y a instituciones como el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial y otras. Vivimos
en creciente y envolvente endeudamiento
personal y colectivo; es una condición globalizada
que nos afecta y que afecta a cada rincón del
planeta ­parece que no hay escape, que no hay
isla donde salvarse de las consecuencias del
consumerismo y del empobrecimiento, cara y cruz
de la misma moneda, la financiarización.
La financiarización favorece la expansión del
crédito y por lo tanto al endeudamiento general y
a todo nive. Pero si el tema de la financiarización
es como una gelatina dificil de detener es porque
ha expandido también su ideología que asume,
primero, que la financiarización es una
modernización económica similar en todas partes
y, segundo, que la globalización es un avance
ineludible y modernizador del planeta. Esta forma
de entender el capitalismo rentista lo hace
deseable y favorece el deseo de consumir al
tiempo que aumenta el número de quienes
carecen de lo más básico. Se da entonces que
mientras más y más quieren más, más y más
tienen menos.
Esta ideología dominante entiende su
sistema como "inevitable" y transforma en
caducas las preocupaciones éticas, morales y
hasta lógicas sobre el efecto de aceptar esta
forma de funcionar. Asi percibido se limitan los
esfuerzos críticos para detener e identificar esta
dominación como lo que es, una expansión de la
clase dominante, un recrudecimiento de la
explotación y de la opresión, reflejo de la
ambición sin límites de los más ricos.
En su tiempo, Marx y Engels vieron en la
financiarización un instrumento de la clase
dominante para recuperar e incrementar tasas de
ganancias de dos formas: (1) mediante el
aumento de la explotación -rebajando el costo del
trabajo, flexibilizando el empleo, incrementando la
explotación laboral, y (2) mediante la facilitación
de una ofensiva social que incremente no sólo la
acumulación de capital sino su expansión
geográfica.
La financiarización asola y tiraniza a la
mayoría para enriquecer a un grupo en extremo
minoritario. Más, contribuye a incrementar el nivel
de contaminación del mundo, promoviendo el
movimiento de actividades contaminantes del
Primer al Tercer mundo -papeleras, industrias
químicas, minería a cielo abierto, manufacturas
de cosméticos, cueros, metales, imprentas, todas
La gente
en el mundo del agio
productoras de grandes
cantidades de contaminantes
(tolueno, benceno, acidos y bases fuertes,
desechos de metales pesados, cianuro), de alto
consumo energético y de alto consumo de agua,
que se establecen en el Tercer mundo para
explotar su mano de obra barata, suelo, aguas y
poluir sin costo en nombre del "desarrollo". El
reino del agio y de la usura, definitivamente entre
nosotros, nos obliga a vivir en la sinrazón, a sufrir
sus contradicciones y la explotación despiadada
del mundo pobre. Es una transformación al
mundo de adentro para afuera porque
deshumaniza y de afuera para adentro porque
des-empodera a la mayoria de la gente. Como el
anillo de Sauron, la financiarización favorece un
reino de oscuridad y la desesperanza, y el
mandato de los monstruos.
Si bien somos responsables de haber
aceptado la ideología del dinero, como se ve en
que hasta quienes viven de su salario intenten
fortuna en la bolsa, los gigantes de la
desinformación han jugado su papel en
manipularnos. Y, en todas partes se ha hecho
evidente que paga más especular que producir o
trabajar. El peso de la ideología privilegiada es
tal que si antes nos negábamos a ser esclavos,
hoy creemos que siendo sumisos encontraremos
recompensa. Además, se ha hecho tan dificil
encontrar trabajo estable y bien pagado, que el
miedo a caer nos empuja a aceptar lo que sea.
Asi, hasta los gobiernos "progresistas" buscan su
salida al desempleo no ya en cuestionar el
neoliberalismo sino en hacerse socio de él.
Atrapados en un sistema sin aparente salida, le
damos la bienvenida, en el Primer mundo a las
fábricas de armas, y en el Tercer mundo a la
basura tóxica ­que al fin trabajos son trabajos y
dólares son dólares.
Hemos comprado, y nos han vendido, un
individualismo vacío que ni nos imaginamos ya
"ciudadanos y ciudadanas" sino consumidores,
propietarios, pagadores de impuestos. Si
tenemos techo propio nos preocupa, más que
pagarlo, su precio en el mercado, soñando que
suba y suba sin cesar. Sin tener acciones,
vivimos al compás de sus altibajos, convencidos
de que predicen nuestro bienestar. Es tanta la
deuda personal, provincial, estatal que no es
noticia; no nos extraña la quiebra de la California
-asiento de Hollywood y gobernación de Conan,
porque habemos tantos quebrados. Para lidear
con nuestros problemas de endeudamiento surge
la consejería del crédito, que no es sino
consejería de la bancarrota. En un mundo en el
que debemos mucho más de lo podríamos
acumular en una vida de trabajo, no puede
sorprendernos las bancarrotas personales o el
gigantesco endeudamiento de los estados.
En este mundo de rifa y lotería -de autos,
casas, viajes, rifamos hasta para sostener
proyectos caritativos ­hospitales, servicios de
ambulancia aéreos, y, parte de las ganancias del
juego sostienen organizaciones no
gubernamentales que, malamente tratan de
ocupar el papel del estado, mientras este se
retira de toda responsabilidad sobre el bienestar
de sus ciudadanos. Más, las mismas
organizaciones que combaten la adicción, la
violencia familiar y otros males, sobreviven
con los réditos del juego. En Canadá, las
reservas territoriales indígenas proponen
levantar casinos en sus
tierras para participar de
estas ganancias y
asegurarse empleo; esto
a sabiendas que con ello
aumentarán sus
problemas de
criminalidad. Entonces,
mientras aumenta el
número de adictos en
todas partes, nos
"consuela" el darles
tratamiento con los
mismos dineros que ellos
pierden en los casinos.
Si hablamos de
negocios de nuestro
tiempo, ninguno más
próspero ni perverso que
la venta de armas y
drogas. Para mantener el
primero se generan y
sostienen las guerras del
mundo rico contra el
pobre, que al fin mercados son mercados.
Lloramos los muertos nuestros con lágrimas de
cocodrilo y olvidamos los ajenos, que al fin no
cuentan y si los notamos nos pueden llamar
traidores. Mientras, nuestros gobiernos nos
consuelan con que los dineros que invertimos en
matar los pagarán los perdedores con creces, o
sea los mismos que invadimos y bombardeamos
diariamente, esos que nos muestra el CNN por
televisión. Y en lo que es "desarrollo económico"
la inventiva humana no tiene límites, como lo
prueba que la venta de drogas sea un negocio
floreciente, y que nos preocupe sólo de la boca
para fuera siendo que son nuestros hijos las
víctimas más frecuentes. Nuestros jóvenes son
quienes consumen, metanfetamina o cocaína en
el mundo rico, y neoprén o pasta base en el
pobre, pero como heridos de guerra son al fin un
daño colateral más.
Hasta el trabajo esclavo de los niños del
Tercer mundo y la prostitución de niñas,
adolescentes y mujeres, se justifican, envueltas
en el ridículo discurso de la "libertad individual de
elegir" o en la prédica del "derecho a ganarse la
vida como sea". Al fin, no podemos negarle a los
niños que trabajen y ayuden a sus familias a
sobrevivir, ¿no?. O, como detener la prostitución
que no es sino la ocupación más antigua del
planeta. Convenientemente olvidado aquello que
el trabajo infantil atenta contra la vida y los
derechos del niño, y que la prostitución no es
sino una violación personal muy violenta y la
forma de opresión de la mujer más antigua del
mundo. Partiendo de tal ética, no nos puede
sorprender que el vecino tenga una pequeña
plantación de marihuana en el sótano de su casa,
o que existan talleres de trabajo esclavo y redes
de tráfico de niñas en Toronto y en Vancouver.
Se nos está desarrollando la misma lengua
bífida que tienen la mayoría de nuestros políticos,
y ya no nos creemos ni lo que nos decimos a
nosotros mismos en la cama a la noche. Nos
adivinamos la suerte cada día sabiendo que es
todo falso. Fingimos, ya no para pasar el rato,
sino de pura costumbre. Hemos recorrido el
mismo camino hasta perder la esencia: comemos
por comer, vivimos por vivir, nos apabulla la
cotidianeidad del robo y la mentira; no nos queda
lenguaje, ideas o coraje para bajarnos de la
vorágine que nos está rindiendo definitivamente
caducos. Algunos dicen que nos debarrancamos
sin remedio y vamos cayendo a tal velocidad por
el abismo que el impulso desde abajo nos hace
creer que estamos en tierra firme. Vagamos sin
destino, sin reclamar nuestro derecho a
rebelarnos contra esa minoría que domina.
Pasamos las horas en espera de volvernos
completamente redundantes. Nos ocupa tanto el
sobrevivir en este mundo "desregulado" que no
nos espanta como debiera ni el descubrimiento
de que hemos vivido siglos engañados en
democracias de pacotilla, o de que somos
cómplices en todos los crímenes y robos que
hemos presenciado -no porque nos llevemos
parte del botín sino porque somos conscientes de
que están sucediendo en nuestro nombre, para
mantener lo que ellos llaman "nuestro estilo de
vida".
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