Alberta, Marzo/March 2009
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ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
La ciudad ajena
de Luisa Valenzuela
Si quieren llámenlo intuición femenina, o locura, o como quieran
llamarlo, porque lo que es yo ni lo pienso calificar y son ustedes los que
necesitan una etiqueta para cada cosa. Aquí y ahora no tengo por qué
darle un nombre a nada, y menos aún tratar de explicarlo; tan sólo quiero
ir tragando el miedo a grandes bocanadas mientras espero que él vuelva.
Todo empezó hace un mes, quizás, aunque a mí ya me parece que nunca
ha empezado. Fue por culpa de la intuición femenina o como se hayan
decidido a llamarlo los que viven del mal lado de las cosas y sólo conocen
las realidades más palpables.
Yo, por lo pronto, siempre tuve un mundo propio lleno de emociones
y nunca me he fiado de las palabras, menos aún de su significado. Pero
cuando lo escuché cantar me dije: tiene una voz como para resucitar a los
muertos, y en eso las palabras no me la jugaron sucia y pude saber
después que no me había equivocado. Mi mundo nada tiene que ver con
la fantasía, ni siquiera con la ciencia ficción: está hecho de pequeñas
cosas que los dioses tiene a bien ofrecerme cuando las merezco y que yo
sé identificar entre millones de otras casi idénticas. Las piedras, por
ejemplo. Sé que las piedras son mis amigas. Un día que estuve
especialmente lúcida encontré un canto rodado en forma de gallina; al
poco tiempo apareció otro que parecía una fabulosa mujer con un solo
pecho y el ombligo que le atravesaba el cuerpo. Cosas muy menores,
claro, comparadas con mi ciudad. Primero la encontré en sueños, después
la fui a buscar justo donde la había soñado, del otro lado de los Andes y a
pico sobre el Pacífico.
Es una ciudad de ojivas y duras fortalezas moradas que la montaña,
pensé por un tiempo, había fabricado para mí. Tiene una voz como para
resucitar a los muertos, me repetía mientras lo escuchaba cantar. Era ya
bastante premonitorio que para llegar hasta él hubiera que bajar tantos
escalones, y como la palabra casualidad no existe, la primera vez bajé
impulsada por algún oscuro designio, el mismo que me había llevado
hasta ese barrio de estibadores y de solapadas prostitutas.
Me molestó haberlo encontrado, saber de su existencia, poder
desenmascararlo. Era la voz de otra raza que se arrancaba de sus tripas
al tercer vaso de aguardiente y sólo yo lo sabía, aunque los demás que
parecían tan pálidos y fantasmales al lado de su negra piel animal también
intuían algo y escuchaban en un silencio que era de comunión. Volví dos,
tres veces, justo al quinto toque de las doce cuando él empezaba a cantar.
Llegaba para asistir al repetido rito de los parroquianos que dejaban los
dados y las cartas y hasta se enjugaban los labios para no tomar más
mientras él estuviera cantando. Y al tercer día decidí: voy a llevarlo a mi
ciudad que cuelga sobre el mar; su voz puede hacer resucitar a los
muertos y mi ciudad está llena de espíritus que bailan a mi alrededor y
tratan de decirme cosas cada vez que llego hasta allí atravesando las
montañas.
Sólo él era capaz de materializar a mis muertos para que yo pudiera
descifrar ese pedazo de naturaleza que ayudada por el viento una vez
trató de imitar la obra de los hombres. Los que murieron allí tenían que
conocer ya el misterio que cuelga de los picos más altos y que nunca me
ha dejado dormir en esas noches solitarias entre las rocas. Año tras año,
todos los veranos, casi con devoción, dejaba atrás los volcanes para tratar
de develar el secreto de mi ciudad, y en aquel momento, sentada a la
mesa del rincón escuchándolo cantar, me di cuenta de que no podía hacer
nada sin su ayuda y decidí llevarlo.
Pensé que la luz del día no tenía por qué borrar su existencia y volví
a la mañana siguiente al boliche para preguntarle al mozo dónde podría
encontrarlo. Pero él estaba allí, en la misma posición que la noche
anterior. Sólo había cambiado la expresión de su cara y por el piso rodaba
su botella vacía. Bajé la escalera con parsimonia, acerqué una silla a su
mesa y empecé a explicar. Hablé durante una hora y no logré arrancarle ni
siquiera un gesto.
Usted es el único que puede ayudarme, le dije como despedida. Me
voy dentro de quince días. Véngase conmigo...
Tanta imploración de mi parte y él ni levantó la vista, así que me alejé
arrastrando los pies y como vencida. Hasta que subí las escaleras y salí a
la calle y por fin pensé que quizá no entendiera las palabras cotidianas y
que sólo debía ser permeable a alguna oscura señal cabalística. Volví
corriendo para ver si todavía se podía hacer algo, y al empujar la puerta
vaivén él levantó la vista y sus ojos me mostraron un instantáneo brillo de
comprensión que alcanzó para alimentar mi tenacidad. Noche tras noche
llegué justo a la hora en que empezaba a cantar. Poco a poco fui
abandonando mi rincón hasta ganar la triste claridad que lo rodeaba, pero
él parecía no reconocerme.
La noche antes de la partida decidí jugar la última carta. Me senté a la
mesa que enfrentaba la suya, dejé mi mochila sobre el piso y esperé.
Estaba como dormido y sus ojos brillaron sólo cuando empezó a cantar.
Necesito que reviva a mis muertos para saber, me repetía para darme
fuerzas. Por fin decidí sacar de mi bolsillo los boletos para Copahue,
primera etapa del viaje. Eran dos y traté de ponerlos justo bajo sus ojos. En
ese momento agachó la cabeza y al verlos dejó de cantar dejó de cantar,
súbitamente. El silencio rompió la calma. Los parroquianos recuperaron sus
sistemas nerviosos y me descubrieron, con sorpresa, y uno de ellos arrimó
su silla a la mía y trató de abrazarme. Yo sólo lo miraba a él y noté que sus
músculos se iban poniendo tensos hasta que su brazo se distendió como
un resorte para golpear la mandíbula del tipo a mi lado que cayó
arrastrando la silla. Y antes de que los demás pudieran empezar a
asombrarse tomó los boletos y la mochila con una mano mientras con la
otra me empujaba a través del salón y escaleras arriba.
En el maldito hotel del Bajo descubrí que su cuerpo tenía la exacta
forma que yo deseaba, pero él no quiso saber nada del mío ni de mi
agradecimiento. A la mañana siguiente empezó el destartalado viaje por
caminos de polvo y pampa, primero, por caminos de montaña después,
días y noches con sus interminables paradas. Viajó mudo y erguido, sin ver
nada, sin quejarse ni asombrarse. Le falta aguardiente, descubrí. Voy a
tener que comprarle unas cuantas botellas para que pueda cantar con toda
el alma cuando lleguemos a mi ciudad.
En el preciso instante en que se diluían las horas llegamos a
Copahue, el valle de los volcanes con chorros de agua hirviendo que
surgen del fondo de la tierra para que la montaña se convierta en el
infierno. Llegamos al olor a azufre y a las nieves eternas.
Ya era una costumbre en los hoteles: los dos en la misma cama
tratando de no tocarnos. Pero esa noche el termómetro marcaba bajo cero
y él empezó a temblar debajo de las mantas. No iba a dejarlo sufrir, ahora
que lo tenía, y casi sin pensarlo traté de pasarle un poco de mi propio
calor. De golpe sus brazos revivieron, revivió cada célula de su cuerpo y no
tuve más que dejarme estar para que los ritos se cumplieran.
Me desperté ya entrada la mañana y quise sentirlo cerca. Estiré la
mano sobre las sábanas pero mi mano corrió sin encontrarlo y supe que
me había abandonado para siempre. Rotos los designios y las claves por
faltar a la pureza, por atender al deseo, justo cuando estábamos tan cerca
de mi ciudad. Me vestí como pude y salí corriendo sin hacerle caso al
viento que insistía en empujarme y hacerme caer, sin hacerle caso a los
diminutos volcanes que nacían a mi paso y me quemaban los pies. A
medida que corría me iba olvidando de él, de sus brazos, de su cuerpo
negro. Mis muertos, gritaba, estoy perdiendo a mis muertos.
Creí que no iba a encontrarlo más, que se había esfumado con mi
aliento, pero por fin apareció frente a la laguna de barro hirviendo: estaba
mirando las burbujas gigantes que crecían y reventaban en borbotones
ensordecedores. Tiritaba de frío y parecía alucinado.
Lo agarré de la mano como aun chico y lo llevé del otro lado del valle,
donde estaba el mercado de los indios. Le compré un poncho bien grueso
y empecé a reír al verlo tan solemne y acriollado; él también sonrió y de
golpe tuvo esa expresión suave como cuando cantaba. Compramos todas
las provisiones, contratamos los caballos para la madrugada siguiente y
corrimos de un lado al otro siempre de la mano arreglando los pormenores
de la gran aventura. No me olvidé del aguardiente, y cuando tuve que
pagar vi que me estaba quedando sin plata para la vuelta, aunque la vuelta
era lo que menos importaba.
Con los primeros rayos de sol nos alejamos de las casas de piedra y
de las barrosas lagunas enrojecidas. Había que dejarse estar por ese
camino de montañas estériles, por los desfiladeros colgando sobre el
precipicio, por los troncos angostos que cruzan los torrentes. Sólo el
caballo conoce el secreto para no desbarrancarse y hay que dejarlo ir sin
un solo tirón de riendas. Las largas horas de marcha se aliviaron en
Chanchocó, el pueblito chileno de chozas chatas e indios silenciosos. Pero
no podíamos quedarnos a descansar en ese mediodía de miradas hoscas,
sólo el tiempo para comer algún bocado caliente, para cambiar de monta y
otra vez andando por las montañas hacia mi ciudad, a revivir a mis
muertos.
El cansancio no se siente en las alturas donde todo es cansancio y
apalstamiento, pero él tenía un frío quemante y desconocido que lo hacía
tiritar bajo el poncho. Empezaba a arrepentirme de haber traído a este ser
acostumbrado al calor y a la inercia pero la idea de saber que pronto el
misterio de mi ciudad me sería develado me volvió cruel y seguí andando
sin mirarlo, alcanzándole tan sólo la botella para que bebiera. Después de
un trago muy largo pareció reanimarse y pudimos llegar hasta el gran
corral de roca donde yo siempre largaba los caballos. Trepamos a pie por
la montaña abrupta.
El intuyó que ya estábamos cerca porque empezó a cantar en voz
baja, jadeante, hasta que por fin aparecieron las cuevas y murallas de
vivos colores ocres que formaban mi ciudad colgada sobre el mar. Me ganó
la misma extraña paz de siempre y me senté junto a él en el parapeto a
pique sobre el abismo, de espaldas a las aguas que se desgarraban abajo.
Tuve que contenerme para no correr por entre los laberintos y me quedé
muy quieta mientras él contemplaba mi ciudad como queriendo penetrarla.
Su voz surgió de golpe, vibrando entre las rocas. Cantaba
como nunca había cantado antes, poniendo todo lo que tenía y
acompañado por la percusión de la montaña. Mientras el sol se
ocultaba, su canto subía y crecía invadiendo el fondo negro de
La oposición entre lo natural y
lo cultural se define como central. El
misterio de "mi ciudad," que al
personaje le pareciera "natural" se
descifra como "cultural". Lo natural,
el frío, el viento, la montaña, las
piedras, frente a lo cultural, el
poncho, la "comunión" entre los
parroquianos, los ritos, no son dos
extremos opuestos.
Lo femenino y lo masculino,
ambos sin nombre, se enfrentan
como falsas oposiciones binarias.
Ella busca descifrar el "misterio de
su ciudad" que entendía antes
como obra de la naturaleza pero
que se va definiendo como cultural,
por lo que la ciudad es ajena. Sus
"ojivas y duras fortalezas moradas"
pueden ser arcos y recintos tanto
como aludir a arcos femeninos,
morados y duras opresiones de
género enraizadas en falsas
oposiciones binarias excluyentes -
irónicamente ella las defiende, una
mujer. Y él, aunque su voz "resucita
muertos," está alucinado, y necesita
de guía, de calor, de sexo, y de
aguardiente. El viaje los precipita a
un destino: revivir muertos para
matarlos de nuevo.
Ella casi adivina el círculo que
la encierrra (el "misterio") y que los
muertos "de carne y hueso" no
tienen con ella buenas intenciones.
Pero el ciclo de la mujer que no
entiende las contradicciones de la
sociedad ni deja de lado hipocresías
y falsas protecciones, se repite. Está
condenada a repetirlo eternamente.