Alberta, Marzo/March 2009
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ALTERNATIVA Latinoamericana
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De Mujer...
DE MUJER...
A tenor del diagnóstico que hace el
Observatorio Estatal de Violencia de Género
(España) las muertes de mujeres por sus
parejas masculinas ascienden progresivamente
desde principios de esta década, con una
mínima reducción en 2005 que repunta al año
siguiente. Tal vez el efecto de exigua
amortiguación de los femicidios en 2005 tenga
relación con la entrada en vigor ese año de la
Ley Integral sobre Violencia de Género,
considerando además que el máximo de las
muertes desde entonces hasta la actualidad
permanece por debajo de las cifras de la
primera parte de la década (de hecho,
representa un 11% menos). Lo positivo es que
cada mujer menos que muere es una vida que
se salva. Lo negativo es que se producen los
asesinatos. Quien asesina no es extranjero o
nacional, sino hombre. Quien muere, mujer.
Los femicidios son crímenes por
convicción, igual que lo es el terrorismo. El
asesino tiene la convicción de que es necesario
matar. Es difícil de aceptar, pero quizás más de
comprender y de interiorizar para muchas
personas que maten a mujeres por el hecho de
serlo. Cuando muchos ciudadanos reflexionan
sobre el argumento de que las mujeres
asesinadas anualmente en violencia de género
lo han sido por su condición de mujer, no
acaban de asimilarlo, no acaban de creérselo.
Esta incredulidad tiene dos orígenes. El primero,
la socialización de género que todos y todas
hemos recibido. El segundo, que cuando
pensamos en los agresores de mujeres y nos
los intentamos imaginar pensando en matar a la
mujer por el hecho de ser mujer, estamos
errando, les estamos atribuyendo un
pensamiento equivocado, porque efectivamente
no piensan en matarlas por ser mujeres.
¿Qué significa esto? ¿Estamos diciendo
que las matan por el hecho de ser mujeres pero
que el asesino ni siquiera ha reflexionado sobre
ello cuando comete el crimen? De hecho, es
justamente así. La explicación es relativamente
sencilla. La violencia de género es un crimen
por convicción. El agresor aplica la violencia
para mantener el comportamiento de la mujer
dentro de unos parámetros que responden,
exclusivamente, a la voluntad del hombre. De
esta manera, el agresor está convencido de su
legitimación para utilizar la violencia con el fin de
lograr que la mujer se comporte conforme a un
orden determinado. En eso, los agresores de
mujeres no se diferencian de ninguno de los
dictadores totalitarios que han asolado la historia
de la Humanidad. El agresor de género es un
dictador que impone su voluntad por medio de
violencia en el marco interpersonal de una
relación de pareja. Hasta aquí todavía no hemos
mencionado el componente de género, es decir,
ese constructo, definido por la socialización, que
asigna roles sociales y personales diferenciados
a los individuos en función del sexo.
Pues bien, antes de seguir, debemos llegar
a un acuerdo. Tenemos que acordar que la
sociedad, tal como la hemos construido, está
sustentada en códigos de
dominancia masculina sobre
la subordinación femenina. No
creo que sea difícil aceptar
que, efectivamente, la
desigualdad entre hombres y
mujeres, descompensada
hacia la preponderancia de lo
masculino, ha sido la regla
dominante sobre la que hemos
construido nuestra sociedad. A
medida que el progreso ha ido
avanzando, nos hemos ido
liberando de discriminaciones
y esclavitudes.
La revolución francesa
puso de manifiesto el fin de las
esclavitudes de clase, la
americana el fin de las
esclavitudes de raza y la
feminista el fin de la esclavitud
de género. Ahora tenemos
otras esclavitudes más
globales, como la económica,
la geoestratégica, pero las
democracias han declarado
abolidas legalmente aquellas otras tradicionales.
Sin embargo, por muy legalmente que se hayan
subvertido ciertas esclavitudes, los códigos
sociales continúan transmitiéndose de
generación a generación.
La igualdad de ley existe, pero todavía
tenemos techos, de cristal o de hormigón, que
obstaculizan la equidad de acceso y
representación entre hombres y mujeres. Esos
techos están construidos con
nuestros prejuicios, con
nuestros modelos mentales,
con nuestras formas de
entender el mundo. Y estos
productos mentales continúan
heredándose. La familia es
donde se practica la primera y
más fuerte socialización.
Afortunadamente, la transmisión
de códigos de géneros es
paulatinamente menos marcada
en dominancia masculina en la
sociedad de hoy, pero la
decadencia del modelo
hegemónico de masculinidad es
lenta, costará muchas décadas
y desigualdades todavía y, ante
todo, exige que todos y todas lo tengamos claro,
claro que existe y claro que queremos
cambiarlo.
La definición de cada rol de género está
basada en el modelo sociológico dominante.
Ese modelo, de momento y aunque más
debilitado, continúa siendo el masculino. El rol
que asigna el modelo a los hombres en función
de su sexo es dominar y a las mujeres, ser
dominadas. Eso es así a grandes rasgos, sin
entrar en tonalidades. Si estamos de acuerdo en
que la sociedad continúa construyéndose en
masculino pero que hay una revolución
constante y sostenida hacia la igualdad de
género.
Hay hombres, los agresores de mujeres,
que socializados como los demás en el código
masculino dominante, entienden que su pareja
tiene no sólo que comportarse de una manera
determinada, sino que 'ser' de una manera muy
determinada. La violencia de género es el
instrumento del agresor para anular la
personalidad de la mujer y conformar un nuevo
ser, una nueva identidad, sometida y
subordinada a los deseos de ese hombre
concreto. En la medida en que la mujer opina,
siente, razona, se conduce, se comporta, se
expresa o se emociona desviándose del patrón
de personalidad que el agresor considera debe
ser el adecuado para 'su mujer', el hombre
utilizará la violencia. Unos harán uso intensivo
de la violencia psicológica, otros la combinarán
con violencia física y sexual, todos para
reconducir la personalidad e identidad de la
mujer hacia parámetros de conveniencia
masculina. El hombre, en ese marco, es el
tirano que se cree con legitimidad para someter
a la mujer. ¿De dónde procede esa legitimidad?
Es autoconcedida, desde luego, pero además
ese hombre agresor la entiende conferida por la
sociedad, que hace décadas de forma explícita
y en la actualidad más tácitamente le ha
educado en la convicción de que, en cierto
modo, tiene derecho a imponerse a 'su' mujer.
Al final, pues, el hombre agresor no ejerce
su violencia hacia la mujer en la conciencia
literal de que lo hace porque ella es una mujer,
sino en la convicción de que tiene derecho a
someterla, a corregirla como persona, porque
tiene superioridad moral sobre ella.
El asesinato de la mujer en violencia de
género representa el fracaso del agresor para
someterla. En realidad y paradójicamente el
agresor no desearía llegar al asesinato, , sino
que, en función del código moral que ha
establecido para respaldar su conducta
autolegitimada de violencia, se ve obligado a
llegar a esa solución final. Lo que prefería el
violento sería continuar ejerciendo su tiranía y
tortura sobre la mujer durante toda la vida. El
agresor llega hasta el asesinato porque la
mujer quiere ser libre, tener la libertad que nos
hemos dado en las imperfectas democracias
tras innumerables sacrificios y revoluciones.
Así, más del 80% de las muertes en violencia
de género se producen en el contexto de una
eventual ruptura de la pareja a instancias de
una mujer, una esclava, que quiere romper sus
ligaduras y reencontrarse con su identidad
arrebatada. Por eso las matan.
Andrés Montero Gómez,
Extracto, www.mujeresenred.net
¿
Por qué las
matan?
Carina murió como consecuencia de un
aborto séptico. Cuando llegó al Hospital
Centenario de Rosario la revisaron y la mandaron
a su casa con una receta de Ibuprofeno. Al día
siguiente concurrió a otro centro de salud pública,
el Hospital Provincial de Rosario, pero ya era
demasiado tarde. Tenía sólo 30 años y tres hijos.
El mayor, Matías, de 16 años, es discapacitado y
asiste a una escuela especial. Flavio, de 11,
ahora quiere quedarse a vivir con Sara, la abuela
de 57 años, y no con el padre. La más chica,
Emilse, de 7, era la más apegada a su mamá. Es
imprescindible referir estadísticas, plantear que la
verdadera causa de esa muerte es la
penalización del aborto, que obliga a una
clandestinidad muy desigual. Pero es difícil
despegarse de la historia de esta persona que ya
no está, cuando Verónica y Marta, dos de sus
hermanas, cuentan lo durísimo que era su vida, el
día a día de esa mujer que recurrió a una
comadre del barrio como último recurso. Ese
embarazo era imposible para ella, no podía
continuarlo. Carina trabajaba como niñera, su
marido la golpeaba, y cuando ella lo echaba,
volvía a la noche, borracho, a reinstalarse en la
precaria vivienda de un asentamiento irregular.
"Lo hizo por desesperación", dicen dos de sus
hermanas. Quieren justificarla ante la temida
sanción social. Fue por eso mismo que ella no
contó lo que había pasado hasta que estaba
muriéndose. Justo antes de entrar al quirófano, le
dijo a su mamá que había ido a hacerse un
aborto.
Aunque los datos oficiales están
subvalorados por la clandestinidad, cada año
mueren al menos 100 mujeres en la Argentina por
Cronica de una
muerte anunciada