Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, May-June 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
A 180 años del Congreso Anfictiónico de Panamá:
la unidad latinoamericana, ¿utopia bolivariana o posibilidad real?
HISTORIA
Hace 180 años, entre el 22 de junio y el 15 de
julio de 1826, se reunió en Panamá el Congreso
Anfictiónico, el cual tenía el gran objetivo de crear una
confederación de los pueblos iberoamericanos, desde
México hasta Chile y Argentina. Era el momento
cumbre de las revoluciones independentistas
hispanoamericanas. Simón Bolívar y el mariscal
Antonio Sucre, acababan de liberar el Alto Perú
(Bolivia), último bastión del realismo español en el
continente. Salvo Cuba y Puerto Rico, toda la
América hispana era finalmente libre, luego de
décadas de sangrientas guerras contra el poder
colonial.
Parecía llegado el momento de consolidar y
cimentar sobre bases firmes la decena de jóvenes
repúblicas que acababan de nacer. Era la hora de
construir y dejar atrás la fase destructiva que toda
revolución conlleva. Había que unirse y reforzarse,
pues los peligros acechaban a los inexpertos
estados.
El Congreso Anfictiónico de Panamá fue, a la
vez, la culminación del máximo sueño de Bolívar y el
comienzo de su fracaso. Esta magna asamblea debía
fundamentar una gran nación que, por extensión,
población y riquezas naturales jugaría un papel de
primer orden en el mundo, puso al descubierto todas
nuestras debilidades. Frente a la gran capacidad
visionaria del Libertador, se opuso la cortedad de
miras de oligarquías regionales de latifundistas y
comerciantes supeditados a los capitalistas
extranjeros. Mal que todavía nos aqueja.
Pero la aspiración legítima a la unidad
latinoamericana, el "sueño" de Bolívar, no ha muerto,
sigue presente y activo en la lucha de los oprimidos
del continente. Ella ha sido la base de un
antiimperialismo siempre presente en nuestros
países. Hoy, casi dos siglos después, otro
venezolano ilustre, el presidente Hugo Chávez, la ha
retomado para hacerla una realidad tangible.
Frente a la continuada supeditación de nuestros
países al interés extranjero, llevada a cabo por
gobiernos que, en esencia, son biznietos de los
Santander, La Mar, Rivadavia, que traicionaron a
Bolívar; hoy los pueblos de Cuba, Venezuela y Bolivia
nos muestran el camino de la anfictionía bolivariana.
Frente al saqueo continuado, ahora bajo la forma del
ALCA o los TLC's, ahí está el ALBA para mostrarnos
que otra hispanoamérica es posible.
1. La lucha por la libertad
siempre estuvo asociada a la idea
de la unidad.
A decir de los historiadores Celestino Araúz y
Patricia Pizzurno, la idea de la unidad
hispanoamericana estuvo siempre en las mentes de
los libertadores. Desde "el Precursor", Francisco de
Miranda, cuando en 1791 en su Carta a los
Americanos hablaba de "formar de la América una
grande familia de hermanos"; pasando por la
Declaración de los derechos del pueblo de Chile , en
1811, que invocaba la unidad continental para hacer
respetar su soberanía; hasta en los primeros
documentos del Libertador (Carta de Jamaica,1815).
La idea de la confederación no implicaba para
Bolívar el desconocimiento de las particularidades
regionales, las dificultades geográficas y las
diferencias económicas. En la Carta de Jamaica ,
éste reconoce la posibilidad que, de la independencia
lleguen a surgir hasta 15 ó 17 estados
"independientes entre sí".
Estas repúblicas habrían de manteniendo la
conformación política que le dio la administración
colonial española a sus enormes posesiones en
América. Sus gobiernos deberían ser centralistas, a
criterio de Bolívar, ya que para él, el federalismo a
ultranza fue la causa de la división y fracaso de las
primeras repúblicas hacia 1810, período que se ha
dado en llamar de la "patria boba". El Libertador
rechaza tajantemente la idea de sujetarlas bajo un
régimen monárquico. Principio que sostuvo hasta el
final de sus días, pese a reiteradas propuestas de que
se proclamara emperador, ferozmente republicano.
2. Convocatoria del Congreso
de Panamá
Apenas consolidada la Gran Colombia, y como
su presidente, Bolívar realiza una primera
convocatoria en 1822, sin mucho éxito, a los
gobiernos de México, Perú, Chile y Buenos Aires,
para reunir una asamblea "que nos sirviese de
consejo en los grandes conflictos, de punto de
contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete
en los tratados públicos cuando ocurran dificultades y
de conciliador, en fin, de nuestras diferencias".
El 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la
batalla de Ayacucho, como jefe de estado de Perú,
Simón Bolívar convoca a los gobiernos de Colombia la
Grande, México, el Río La Plata, Chile y Guatemala,
para instalar una Asamblea de Plenipotenciarios en
Panamá, para "obtener el sistema de garantías que,
en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo
destino...". Sobre los objetivos de esta asamblea,
dice: "Entablar aquel sistema y consolidar el poder de
este gran cuerpo político, pertenece al ejercicio de
una autoridad sublime que dirija la política de
nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la
uniformidad de sus principios, y cuyo nombre sólo
calme nuestras tempestades. Tan respetable
autoridad no puede existir sino en una asamblea de
plenipotenciarios, nombrados por cada una de
nuestras repúblicas y reunidos bajo los auspicios de
la victoria obtenida por nuestras armas contra el
poder español".
¡Qué lejos estaba Bolívar de saber que, en esos
tiempos, Panamá era una ciudad malsana, sucia y
atestada de mosquitos que atacarían sin piedad a los
delegados, produciendo en su séquito más de una
muerte por malaria y fiebre amarilla! Situación que los
llevó a apresurar los debates, tomar decisiones
superficiales y reconvocarse, para o volver a verse, en
otro lugar más benigno, como Tacubaya en México.
A inicios de 1826, Bolívar visualizaba: "Este
Congreso parece destinado a formar la liga más
vasta, o más extraordinaria o más fuerte que ha
aparecido hasta el día sobre la tierra".
3. Bolívar frente a Inglaterra,
Estados Unidos y Europa.
Un aspecto incomprendido, o mal-
intencionadamente interpretado, ha sido la
importancia que Bolívar daba a las relaciones con la
Gran Bretaña. Los cipayos que históricamente nos
han supeditado a los intereses imperialistas han
querido justificar sus actos en la doctrina bolivarista.
Para el Libertador, establecer unas relaciones
internacionales privilegiadas con el imperio británico
tenía propósitos tácticos, con miras a consolidar la
independencia de las nuevas repúblicas, en primer
término; crear las bases de un desarrollo económico y
comercial, que sólo podía provenir de ella en aquel
tiempo; y recibir el influjo de sus instituciones
políticas estables, con excepción de la monarquía.
A mediados de los años veinte del siglo XIX, el
mayor enemigo de las nuevas naciones seguía siendo
España, bajo Fernando VII, apoyado por la Santa
Alianza, constituida por regímenes reaccionarios,
consolidados después de la derrota final de Napoleón
-que abarcaba desde la restaurada monarquía
borbónica en Francia, hasta la atrasada Rusia zarista,
pasando por la monarquías de Prusia y Austria.
La relación privilegiada con Gran Bretaña, por
parte de Bolívar, buscaba un poderoso aliado que le
permitiera confrontar a España y la Santa Alianza
que, en ese momento, hacían planes concretos para
invadir América hispana y restaurar el régimen
colonial. Su rechazo a la presencia de Norteamérica
se debía a que no quería ofender a Inglaterra, que
esperaba fuera la aliada fundamental. Aunque ya
caracterizaba a aquel país y su gobierno: "Estados
Unidos que parecen destinados por la Providencia
para plagar la América de miserias a nombre de la
libertad".
En esto, como en todo lo demás, Santander
actuaría como un judas, traicionando la opinión de
Bolívar e invitando a Estados Unidos al Congreso de
Panamá. El presidente John Quincy Adams aceptó la
invitación e instruyó a sus delegados para que
rechazaran "toda idea de un Congreso Anfictiónico
investido con poderes para decidir las controversias
entre los estados americanos para regular de
cualquier forma su conducta" ("divide y vencerás");
impedir el surgimiento de nuevas colonias europeas
("América para los americanos" del norte); e impedir
cualquier expedición liberadora a las últimas colonias
españolas, Cuba y Puerto Rico. Los delegados
yanquis no estuvieron presentes, uno falleció (R.
Anderson, embajador en Bogotá) y el reemplazo, J.
Sergeant, no llegó a tiempo.
4. Las oligarquías y los
imperios conspiran contra el
Congreso Anfictiónico.
La propuesta del Congreso fue acogida con
beneplácito por los patriotas de todos lados. José
Cecilio del Valle, de Centroamérica, ya desde
noviembre de 1823, aceptó la invitación hecha por
Bolívar en 1822. Otro actor importante lo fue el
canciller de México, Lucas Alamán, firme partidario de
la unidad hispanoamericana, aunque desde una
perspectiva política bastante conservadora.
El gobierno de México, junto al de Colombia,
fueron los pilares de la convocatoria del Congreso de
1826. El cuarto gobierno en aceptar y acudir fue el de
Perú, dirigido por el propio Bolívar. Chile, que había
respaldado la idea durante el mandato de O'Higgins,
no asistió, pues éste había sido desplazado del poder
por los latifundistas a causa de sus medidas
anticlericales. Brasil, que también fue invitado, y que
había aceptado, no concurrió. Concurrió el patriota
José Ignacio Abrau e Lima, "o General das Massas".
El Paraguay, presidido por el Dr. José Gaspar
Rodríguez de Francia, había iniciado su política de
aislamiento, que duró hasta 1865 cuando fue arrasado
por una invasión brasileño argentina auspiciada por
Inglaterra.
Quienes se resistieron desde un inicio a la
convocatoria del congreso fueron los gobernantes de
Buenos Aires, que ostentaban la representación de
las Provincias Unidas del Río de La Plata. Allí, bajo la
influencia de Rivadavia, fue acogido fríamente el
enviado de Bolívar, Joaquín Mosquera. Rivadavia, era
agente directo de la oligarquía comercial porteña,
supeditada a sus amos ingleses y norteamericanos.
Ya habían abandonado a su suerte al general San
Martín, negándole apoyo material en su gesta
liberadora en Perú.
El gobierno porteño se mantuvo renuente a
designar delegados al Congreso, hasta que se enteró
de que los ingleses asistirían. Rivadavia, visitó al
embajador norteamericanoy se enteró que Estados
Unidos pensaba enviar un observador con fines
puramente comerciales. Finalmente el gobierno
cipayo de Buenos Aires se decidió a enviar
delegados, con la misión de limitar los alcances
confederales del Congreso pero no llegaron a la cita.
Queda así expresado el papel antinacional y
antihispanoamericano de la burguesía comercial,
aliada del latifundio, no sólo porteña, sino de todo el
continente, la tónica que la caracteriza hasta
nuestros días. En Colombia, ya jugaba el mismo
papel el general Santander. Su gobierno estaba
marcado por la corrupción, un sello de nacimiento.
Éste y sus aliados ya habían iniciado el trabajo de
zapa contra la obra de Bolívar, cuyo prestigio
envidiaban y cuya visión de conjunto chocaba contra
sus mezquinos intereses localistas.
Desde que el Libertador partió hacia el Sur para
asegurar las independencias, primero de Ecuador, y
luego de Perú y Bolivia, se había iniciado la
conspiración de Santander y los oligarcas cachacos
de Bogotá. Hacia 1825-26, la conspiración montada
por Santander cobró fuerza ante el temor que les
causaba la Constitución boliviana, redactada por el
propio Libertador, en la que se proponía crear un sólo
estado confederado que incluyera junto a la Gran
Colombia (Nueva Granada, Venezuela y Ecuador) al
Perú y la recién creada Bolivia.
En el mismo año en que el continente celebraba
la liberación completa del poder colonial, cuando
Bolívar sentaba las bases para constituir un gran
estado que abarcaba media Sudamérica, y
organizaba el Congreso Anfictiónico para confederar
toda la América hispana, cuando mayor era su
prestigio y el del mariscal Sucre (al que terminaron
asesinando), la oligarquía colombiana a través de
Santander y sus aliados, movía sus hilos para
producir heridas que llevaran al fraccionamiento y
disolución de toda la Gran Colombia.
Entonces, igual que ahora, la oligarquía
comercial-latifundista escondió sus actos de traición,
sus mediocres miras localistas y su avaricia,
revestidas bajo el manto de supuestos principios
liberales y "democráticos", en esencia para mantener
el poder en sus manos, en una democracia de
apariencias pero vacía de contenido popular y, más
bien con esencia antipopular.
El arma que se usó para denigrar al propio
Bolívar fue acusarle de querer convertirse en
"dictador", pues la constitución boliviana proponía una
presidencia vitalicia a cargo del Libertador. Pese a
que sabían bien que el Libertador asumía este
mandato a su pesar, que siempre rechazó la
instauración de una monarquía que se le propuso
hasta el último momento y que pecó de democrático
y dadivoso con sus enemigos. Cinco años después,
precipitada la muerte del Libertador por la tuberculosis
y el cansancio de tanta traición, la Gran Colombia
quedaba finalmente disuelta, el Congreso de Panamá
en suspenso y el gran sueño convertido en una
pesadilla, que aún nos dura.
(continúa en la próxima página)
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