Alberta, May-June 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
ANÁLISIS
Por Carlos Parraguez
Tal es la influencia que ha
llegado a ejercer el mercado en
la sociedad, que el fetichismo de
las mercancías ha ido cambiando
también las prácticas sociales.
La atención y el interés social
han pasado de las concepciones
de principios (ética) a las del
oportunismo del mercado, al
interés personal y a la
maximización de las utilidades.
Como consecuencia de esta
ideologización de la sociedad
con el consumo, los cambios
sociales se han internalizado. Al
parecer la gente ha perdido el
referente político del socialismo y
se conforma con la idea de un
capitalismo aparentemente
benevolente y benefactor
(welfare state). El dominio que
hoy parece ejercer el mercado
en la sociedad la ha ido
despojando de sus contenidos
políticos y culturales para
concentrar toda su atención en
los productos y subproductos de moda.
El problema no es simple de ver. El
liberalismo económico se ha autoproclamado en
el reino de la libertad y la democracia y la gente
ya no concibe otro modo de producción que no
sea el capitalista. Uno se pregunta ¿Son
realmente los intereses del mercado los
intereses de la gran mayoría de la gente o son
éstos simplemente los intereses de gestores
políticos y empresariales del gran capital? Los
que hemos vivido las experiencias golpistas en
Latinoamérica sabemos muy bien a lo que llegan
estos intereses privados. Los dictadores
empiezan por erigirse en los campeones del
liberalismo pero no de la democracia. Liberalismo
económico es una cosa muy diferente de la
libertad política. Los medios de comunicación de
masas (en su gran mayoría en manos de los
grandes empresarios) no dejan de repetirnos
que todo otro sistema económico es la oscuridad
y el caos. El liberalismo económico se ha
impuesto así como sinónimo de libertad y
democracia y su discurso oficial nos repite que
ésta es la realidad y que dejemos de soñar
porque el ideal socialista solo representa utopías
y sueños irrealizables. En palabras del ideólogo
neoconservador y conocido think-tank del
Departamento de Estado de EEUU., Francis
Fukuyama, este es el fin de la historia.
Con la eliminación de los criterios
intelectuales y estéticos de la cultura en favor de
los productos del mercado, la economía
capitalista proclama ahora la legitimidad cultural
de sus productos comerciales. Esto,
teóricamente no demanda mucho esfuerzo
porque los productos del mercado no requieren
legitimación simbólica, en ellos y en su consumo
se contiene y se agota todo su significado, dice
el profesor español Félix Ortega en su libro El
mito de la modernización. Por el solo hecho de
que un producto aparezca en el mercado, éste
es revestido de una aureola cultural y de esta
manera la gente no lo identifica como un
producto para maximizar las ventas y utilidades
del empresario sino como un producto de la
necesidad social. ¿Quién hace hoy en día
claridad sobre las diversas perspectivas teóricas
y políticas del desarrollo social y la orientación
de los destinos colectivos?
Este tema que apasionó a muchos de los
intelectuales del siglo pasado ha ido quedando
relegado en los archivos del recuerdo y la
historia. Un actor importante en esta tarea, sin
embargo, debería ser el Estado mismo sobre
todo cuando éste es, supuestamente, el
representante elegido democráticamente por las
fuerzas sociales. Desgraciadamente el Estado ya
no puede hacer mucha claridad sobre el modo
de producción capitalista porque la razón de
estado se ha convertido en la razón de mercado,
dice José Luis Orozco el conocido politólogo
mexicano en su libro Razón de estado razón de
mercado. Hoy en día vemos con más claridad
como al poder de derecho político (el Gobierno)
lo rodean los poderes fácticos (empresarios y
militares y hasta la iglesia) y no los trabajadores.
¿Quién gobierna realmente? ¿Los gobiernos
elegidos democráticamente o
las elites del poder que sólo
buscan resguardar y avanzar
sus intereses personales y de
grupos?
Otro actor importante en
esta tarea de esclarecimiento
y dirección social es el
intelectual, quién en un
tiempo fue capaz de asumir y
sintetizar las diversas
perspectivas teóricas y
políticas del desarrollo social
y fue el heredero de las
prácticas destinadas al
esclarecimiento y orientación
de los destinos colectivos
(Gramsci). Con la intromisión
de la economía de mercado
en la actividad social, el
intelectual ha ido también
cambiando. La creciente
concentración y organización
corporativa de las empresas
ha coartado paulatinamente
sus funciones. Las
estrategias culturales, la definición de objetivos y
la creación cultural son cada vez más de
responsabilidad de los managers y expertos en
marketing, dice Ortega. De esta manera el
intelectual en general se ha enfrentado a la dura
realidad del mercado y se ha convertido
paulatinamente en un instrumento calificado (el
experto) para desarrollar tales programas.
Las fuerzas del mercado, en definitiva, han
invadido todas sus funciones sociales y lo han
convertido en un mero legitimador de las
directrices emanadas de los aparatos de poder y
control. Con el uso de los inmensos recursos de
la comunicación de masas y de la mercadotecnia,
el intelectual que hoy predomina es el intelectual
corporativo. Su discurso representan el discurso
oficial legitimador que está destinado a hacer de
lo real el único criterio de racionalidad posible,
ignorando el necesario discurso crítico de
desarrollo y transformación social. Esta nueva
racionalidad ha precedido a la mayoría de los
procesos de transformación técnica y material y
ha llevado, en el plano social, a la cosificación
del mundo donde todo está a la venta. La
organización de la sociedad en torno al consumo
intensifica cada día más esta cosificación
produciendo el reflujo de la razón frente al
avance de la opinión y el gusto.
Al mercado no le interesa llevar al
consumidor el análisis racional de la realidad, su
estrategia es mas bien la opuesta, esto es, en
mantenerlo aislado en una masa humana amorfa
sin conciencia ni razón social. Con el énfasis en
la opinión y el gusto en torno a los productos del
mercado, se trata en general de crear
impresiones carentes de contenido reflexivo y en
sumergir al consumidor en un proceso de
opiniones inverificables en torno a los productos
del mercado. La estrategia del mercado es, sin
lugar a dudas, más fraccionamiento cultural y
más individualismo hasta que, idealmente, todas
las opiniones lleguen a tener un rango similar. La
tarea es aislar y dejar al consumidor fuera del
gran juego político del poder que se practica
febrilmente detrás del show comercial.
Un tercer actor en este drama es el
golpeado asalariado moderno reducido hoy al
simple papel de "consumidor" y quien realmente
decide los destinos de la humanidad es el
empresario. El economista chileno Manuel Riesco
en su artículo ¿Cómo será el mundo en diez
años más? publicado en el diario La Nación de
Chile, se pregunta ¿Dónde está la masiva clase
asalariada moderna, la representante mas
genuina de los cambios sociales ... que trabaja
precaria, temporal e inestablemente valorizando
capitales privados que ella misma ha creado pero
que no le pertenecen y que en el siglo pasado
libró las grandes luchas históricas por las
reivindicaciones sociales? Al final de su articulo,
Riesco se pregunta con esperanzas ¿Despertará
algún día la masiva clase asalariada,
representada hoy en día por una inmensa
mayoría de personas, de este sueño letárgico en
que se encuentra para desempeñar el papel
histórico de ser el sujeto y el objeto de su propio
destino?
Más sobre Cultura del Mercado
5. Los limitados resultados del
Congreso de Panamá.
En estas circunstancias políticas, y agobiados
por los mosquitos panameños, los delegados al
Congreso Anfictiónico de 1826, produjeron cuatro
resoluciones que distaban mucho del magno objetivo
propuesto por Bolívar. Lejos de crear una Asamblea
continental de amplios poderes, limitó sus
atribuciones a la de negociar convenios mutuos y a un
papel de mediación en caso de conflictos. Por encima
del mandato conjunto de esta magna asamblea, se
privilegió la soberanía fragmentada de cada república.
Contrariando la propuesta de Bolívar de crear
una poderosa fuerza militar conjunta de sesenta mil
soldados, como clara advertencia a las potencias
europeas, se resolvió establecer una cooperación
militar limitada en la que cada estado preservaría los
reglamentos y mandos de sus fuerzas militares.
Aunque Estados Unidos estuvo ausente, el
papel conspirador del embajador inglés, Edward J.
Dawkins, fue jugado a la perfección. El propio
canciller colombiano, Pedro Gual, le permitió ojear la
declaración final antes de que fuera sometida a
votación. Como se ve, el entreguismo es una vocación
innata de nuestras oligarquías.
Las sesiones concluyeron con el acuerdo de
volver a reunirse en Tacubaya, México. Bolívar
evaluaba lacónicamente los resultados del Congreso:
"Su poder será una sombra y sus decretos, consejos,
nada más". En 1829, haciendo un balance general era
claro y pesimista: "No hay buena fe en América, ni
entre las naciones. Los tratados son papeles; las
Constituciones libros; las elecciones combates; y la
vida un tormento. Esta es, americanos, nuestra
deplorable situación".
6. ¿Tiene futuro la unidad
latinoamericana?
La experiencia histórica de los ciento ochenta
años transcurridos desde aquel fracasado congreso
muestran dos tendencias claras: por un lado, que las
clases dominantes fueron y siguen siendo
antinacionales y antihispanoamericanas, su vocación
es la de agentes serviles del capital imperialista
extranjero, ahora fundamentalmente norteamericano,
a través del ALCA y los TLC's.
Por otro lado, la aspiración bolivariana a la
unidad y la libertad de nuestras naciones no pereció
con el Libertador, constantemente renacida y
renovada, cual el ave fénix, cada vez que nuestros
pueblos se ponen en movimiento.
Hoy, una nueva oleada revolucionaria sacude el
continente americano, y los pueblos se alzan en
busca de "otro mundo posible," de "otra América
posible y necesaria"; se debate acerca de las
perspectivas del "socialismo del siglo XXI", y la
aspiración bolivariana a la unidad y libertad sigue
presente y toma fuerza, en el ALBA.
La aspiración bolivariana a la unidad era correcta
y visionaria, sólo la unidad política hispanoamericana,
montada sobre los elementos culturales y geográficos
comunes, podría asegurar el desarrollo de un Estado
nacional fuerte y autónomo, capaz de desempeñar un
gran papel en el concierto mundial, gracias a sus
enormes riquezas naturales y humanas.
La desmembración de la embrionaria unidad
latinoamericana fue justificada por las oligarquías
regionales con la excusa del excesivo centralismo de
que se acusaba a Bolívar, el centralismo pintado
como la génesis de una odiosa dictadura alejada de
las necesidades locales. Pero las repúblicas
constituidas sobre la base de intereses regionales se
transformaron en débiles Estados, jirones de aquella
gran Nación soñada por Bolívar, y fueron fácil presa
de los intereses ingleses y norteamericanos.
Los nacionalistas y antiimperialistas panameños
no podemos fundamentar nuestro accionar en una
perspectiva exclusiva y atomizadamente panameña,
ni ser comparsas de los intereses de una mezquina
burguesía comercial históricamente cipaya de
intereses de alguna potencia comercial foránea.
No podemos seguir creyendo el cuento de que
la pequeña república panameña, aislada, podrá tener
un trato igualitario con su "socio" norteamericano.
Como decía León Trotsky en 1934: "Los países de
Sud y Centroamérica no pueden librarse del atraso y
del sometimiento si no es uniendo a todos sus
Estados en una poderosa federación.."los Estados
Unidos Socialistas de Centro y Sud América".
Olmedo Beluche (Extracto, CBP)
A 180 años del
Congreso de Panamá
(viene de la página anterior)