Alberta, May-June 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
No sé cómo decirlo, pero tengo
la impresión de que me pasan por el
aro. Me ven gordo, sereno, juicioso. Me
respetan. Pero, a más de alguno se le
sale la opinión que ha de ser típica.
"Con esa cara de huevón, dicen, todo
se lo cree". Se equivocan. No me lo
creo todo.
Desde el comienzo pensé que el
matrimonio de Domingo Osorio con la
señorita Firestone era una idiotez. Los
jetones que me rodean celebraron la
noticia con entusiasmo. "Es como si
se hubiera acabado el exilio, decían, la
vida empieza a ponerse buena". Buena
porque la señorita Firestone es hija de
un millonario. ¿Y qué tienen que ver
sus millones con la suerte de todos
nosotros?
Nosotros, debo decir para no
dejar las cosas en el aire, somos un
grupo de familias arranchadas en el
Lago Manitoba adonde llegamos un día
- una noche., más bien dicho-, de
1975. En Curacautín, donde vivíamos,
hicieron una redada de lo que ellos
creían eran peces gordos. Nos
agarraron con mujeres, chiquillos y
algunos veteranos, nos llevaron en
camión a Santiago, de ahí a Pudahuel
y nos embarcaron en un avión sin que
supiéramos para dónde. Por suerte
llegamos a Canadá en verano. Si no,
cagamos de frío.
De Montreal nos fuimos a
Winnipeg y de aquí al lago donde los
sindicatos de pescadores y
trabajadores del cuero nos recibieron
en galpones que después dejamos
para ocupar departamentos en un
multifamiliar.
Nada pasó en la patria ni aquí
que nos ayudara para la sorpresa de
aterrizar en otro planeta. Y como nada
pasó, nosotros seguimos viviendo igual
que en Curacautín. Formamos un
Frente Unido, pero igual que en
Curacautín, nos dividimos. Hoy, somos
varios partidos y, dentro de los
partidos, hay hasta grupúsculos.
Crestones acelerados. En otro pueblo
del Canadá, más chico que éste, viven
tres familias chilenas. Las tres están
divididas. Existen como cinco partidos
socialistas. Cuando don Cloro visitó
este país quiso reunirse con estos
compatriotas. Pero, no se pudieron
poner de acuerdo en la agenda, así es
que hubo tres reuniones. Eso sí que
quedó preparada la plataforma para un
magno congreso en la unidad que las
tres familias no han podido celebrar
todavía.
Como iba diciendo, ese
matrimonio de Domingo Osorio, así se
llama igual que el boxeador curicano,
contra la señorita Firestone, me
pareció desde el comienzo una mansa
huevada. Así se los dije a los novios y
a los que me vinieron a solicitar mi
opinión. Por mi edad y cara de lo que
ya dije, soy en esta población una
especie de patriarca. Se me hacen
confidencias, se pide mi consejo. La
mayor de las veces hacen caso.
Cuando se las canto claro, dicen: a
este viejo ya le patina. Ahora, se me
preguntará, por qué pensé que el
matrimonio de Osorio con la señorita
Firestone era una huevá. Bueno, por
varias razones.
Empecemos por las figuras de
los contrincantes. Osorio es moreno
castigador, tipo Travolta, dirá él, y yo
estaría de acuerdo. Moreno de ojos
verdes, ojos de dormitorio, o sea, mira
como pensando siempre en la cama y
como si al tomarlo en serio las mujeres
se engañan. Porque en verdad se
engañan. Además, nunca se sabe en
qué mierda está pensando Domingo
Osorio. Está pensando. De eso estoy
seguro, pero no se sabe en qué. Desde
que lo conocí tuve la impresión de que
pensaba en arrancarse. Pero tampoco
se arrancó. ¿Para dónde se iba a ir en
estas soledades de nieve? Hace ocho
años que llevamos aquí, ocho años
de... Pero, estaba hablando del
matrimonio. La señorita Firestone se
enamoró como tonta de él. Lo conoció
en la iglesia del Sagrado Corazón, en
las noches de solidaridad de los
sábados. Se lo puso bajo el ala y lo
ayudó en ropa, con libros y hasta con
pega, o sea, que no fue ella la que le
consiguió todo esto, sino su papá, el
caballero multimillonario.
Diré para completar el cuadro que
la señorita Firestone es una rubia de
cara plácida y redonda, usa anteojos de
color celeste que van muy bien con sus
ojos originales, tiene lo que se llama
una mens sana en un corpore sano, un
cuero estupendo. Y aquí está su
perdición. Bueno, no sólo aquí, sino
también en otros rasgos suyos y de su
papá.
Porque la familia pensó desde un
principio que si Domingo Osorio iba a
casarse con la señorita Firestone debía
entrar de veras en la familia, dicho de
otro modo, olvidarse de sus malas
costumbres y hacerse un caballero
exiliado.
Nuestra Comisión de Control
llamó a Domingo Osorio en varias
oportunidades, pero él nunca hizo caso.
Y las consecuencias no tardaron en
venir.
Después de la luna de miel, de la
que no tengo detalles, los novios
vivieron con los suegros en el tipo de
mansión que se puede imaginar. Sin
embargo, seamos justos digamos que
Domingo Osorio y su señora ocupaban
un ala independiente, un departamento
muy monono que, desde el comienzo,
Domingo Osorio quiso usar para
reuniones de partido y para su club de
dominó. Así fue como las quejas
llegaron primero a mí.
Un día vino la recién casada a
hablar conmigo en privado. Lo que me
dijo me dejó con la boca abierta.
Domingo Osorio -dijo ella-, tiene
costumbres muy extrañas. Cuando
estamos comiendo los dos solos me
dice de repente mostrando la ventana:
Mira, mira, gorda, mira el avión, parece
que se va cayendo. Yo me doy una
vuelta a mirar y ¿sabe lo que hace él?
- Qué será- le pregunté.
- Con un gesto muy rápido me
saca las papas fritas del plato y las
pone en el suyo. A veces me saca un
pedazo de carne o una presa de pollo.
¿Por qué me martiriza de este modo?
Si me la pidiera, se la daría.
Puchas el huevón idiota, me dije
a mí mismo. ¿Cómo se le ocurre hacer
esta clase de tallas con una mujercita
así, tan distinguida.
-¿Y lo hace también comiendo
con sus papás?- le pregunté por decir
algo.
- No, no lo creo. Al menos
nunca me he dado cuenta.
Lo pensé un poco y le dije:
- No hallo que esto sea muy
grave, créamelo, es cosa común en mi
tierra, más parece una broma de niños.
Es para que usted se ría.
- No-respondió ella seriamente-,
no es broma, no lo hace en broma.
Tengo la impresión de que todavía tiene
hambre. No me mira en broma. Veo
dureza en sus ojos y últimamente he
sentido miedo.
La observé de reojo y pensé ésta
no puede ser la razón de su queja, debe
haber algo más, algo grave que no se
atreve a decirme todavía. Un huevón tan
rasca como éste, salido de las
acequias de mi tierra, tiene muchas
mañas y me agregué a mí mismo: ¿te
lo imaginas en la cama? Y ¿antes de
meterse a la cama? Y ¿después? Yo
sabía de un vecino en Chile que para la
noche de boda, como no tenía pijamas,
el huevón se puso traje de baño. Creyó
que así se iba a ver más choro. -No le
dé importancia, Ofelita -le dije, que así
se llamaba la flamante señora de
Domingo Osorio-, llámele la atención.
Se le quitará la maña. Cuando él le
diga: "mijita, mire el pájaro que va
pasando" usted hace como que va a
mirar, pero no se da vuelta, lo pilla y le
pega en la mano.
La mano, dije, y los dos nos
quedamos pensando. Porque lo que no
he dicho todavía es que Domingo
Osorio es sunco. Le falta el brazo
izquierdo, del codo para abajo; sólo
tiene un muñoncito que tapa la manga
del paletó, siempre colgando. Así es
que decir "le pega en la mano" resultó
un poco cruel. Ella se quedó callada y
se retiró un poco desilusionada. Habrá
pensado qué consejos se atreve a dar
este viejo pelotas. Pero no dijo nada y
se despidió con su elegancia de
siempre. Tal vez fue una huevada lo que
dije, pero pienso que era lo justo.
Además, se me olvidaba decir
que como regalo de boda el papá de
Ofelia, el millonario, en síntesis, el
suegro, le dio a Domingo Osorio un
brazo artificial, un brazo último modelo,
todo automático, con resortes,
coyunturas, manos, dedos, de todo, un
brazo fenómeno, hasta con venas y
pelos, si no me equivoco. Y el pobre
huevón del Domingo que estaba tan
acostumbrado ya a su muñoncito, se
sacaba el brazo artificial a cada rato.
Porque no lo aguantaba. Decía que le
pesaba mucho, que le dolía, que tenía
olor a fierro y a cuero. Para jugar billar
el maldito se lo sacaba y lo ponía en la
mesita donde servían las cervezas.
Agarraba el taco firme con la mano
derecha y lo ponía sobre el muñón para
hacer la puntería y tirar la carambola.
Se hizo famoso en Winnipeg donde
inventó las quinelas.
Después de esa primera sesión
de confidencia y consulta con este
psicólogo, la Ofelia vino repetidas veces
a verme. Sus quejas no tenían fin. Que
el Domingo se sacaba el brazo en la
mesa y se lo ponía para acostarse con
ella, que a veces le hacía cariño con el
muñón, que durante las
concentraciones lo llevaba en la mano
derecha, que para bailar cueca se lo
colgaba en la cintura, que en el
excusado... bueno no entraré en
detalles.
Además, Domingo Osorio no
quiso trabajar en la oficina de su suegro
millonario, ni aceptó ser capataz en la
fábrica, que en vez de ir a curtir cuero
se iba a los billares, en fin, que se
había transformado en un termocéfalo y
elemento anarquizante.
La Comisión de Control volvió a
llamarlo. Nos estaba sacando los
choros del canasto. Domingo Osorio se
amurró y no abrió la boca.
Y aquí viene lo principal. Yo no
sé por qué razón, simpaticé con él. Una
noche, después de la reunión de partido
en mi casa, lo vi salir solo y me fui
detrás de él. Era el comienzo del
invierno en el lago. Se preparaba la
conmemoración del aniversario del
partido. A Domingo Osorio se le había
pedido que contribuyera en el programa
de variedades con uno de sus
monólogos que le salían tan bien. A
veces. Porque otras se ponía pesado y
le daba por hueviar a los asistentes
hasta que lo pifiaban. Domingo salía al
escenario con una guitarra haciéndose
el que iba a tocar, pero no tocaba nada,
qué iba a tocar él, más sunco el
pobrecito, y mientras tiraba pinta con la
guitarra contaba la huevá de su
monólogo para terminar con unos
versos de Víctor Domingo Silva.
Lo seguí esa noche y de repente
me dio tristeza verlo caminar solo por la
calle que el frío estaba puliendo, frío de
nieve que no cae todavía, y no habiendo
un alma a la vista, este ñato parecía
caminar por la luna. Las estrellas, el
cielo negro, la calle vacía y este gallo
solitario, entumido, me tocaron alguna
fibra, hasta que lo alcancé y lo invité a
tomar unas cervecitas. Entramos a un
bar y nos pusimos a beber en silencio.
Después comencé a hablarle, le toqué
muchos temas, le dije que el destierro
es una soledad como un sueño pesado,
no sabemos lo que dura porque el
tiempo no pasa cuando uno está
soñando y tampoco si uno se halla solo
entre extraños, pero le dije también que
no estaba solo, quizá no veía a su
gente porque no la quería ver y, luego,
le tiré la sonda más profunda. Le dije,
Domingo, alguna vez tienes que afrontar
el problema de la comunicación. Me
quedó mirando como si yo fuera el
conductor del tren que viene a revisar
los boletos. No le dije, no lo digo en
abstracto. Te hablo de la comunicación
con tu compañera, esa mujer tan mujer
que va contigo a todas las paradas, que
sin necesitar nada se da entera a la
causa, mujer sufrida como las mismas
compañeras nuestras. El único defecto
es que es extranjera, pero no le vas a
pedir a todo el mundo que sea chileno
¿no? Además, ella habla nuestra
lengua. Ábrete, Osorio, entiéndela,
déjale un ladito para que ella entre a tu
propio mundo. Es todo lo que te pide.
Yo sabía que Osorio pasaba
ahora más tiempo fuera de su casa,
que se le arrancaba noches enteras a
su compañera, que llegaría el momento
de la arrancada final. Pero sabía
también que en Osorio había un
problema de esos que no solucionan
las comisiones de control.
Él me escuchaba con aire
entretenido, un tanto con cariño y otro
poco con lástima. No decía nada. No
dijo nada. Tomaba sus cervezas tibias
agarrando la botella como corneta de
regimiento. Abandoné toda esperanza
de hacerlo hablar. Le toqué el tema de
su responsabilidad de militante. Movió
la cabeza un par de veces como
diciendo de acuerdo, viejo, de acuerdo,
no me jorobe más.
Entonces me decidí a mirar la
noche por la ventana y a pensar en la
escarcha que ya se iba formando sobre
los techos. Después empecé a contar
los autos que pasaban y decidí que era
tiempo de irse.
El domingo siguiente fue la gran
concentración en el local de los
Trabajadores del Cuero, Solidaridad y
campaña de ayuda para los presos
políticos. Aniversario.
Domingo Osorio y la Ofelia
llegaron juntos. Pensé que había
esperanzas.
Era como una concentración de
pueblo chico en la patria, mediodía de
fiesta, con sol brillante, cielo azul; sólo
que aquí los colores de las casas son
más fuertes y más limpios, la gente
más colorada y vistosa, los
compañeros agarran un aire así como
de canutos, pero el entusiasmo, aunque
contagia, no es como cuando uno las
revuelve en su tierra.
Yo estuve a cargo del discurso
que acaba en la gran colecta. ¿Quién
empieza con cien dólares? Nadie va a
empezar con cien dólares, pero uno le
da un rato al mismo canto, como disco
Codo a Codo
de Fernando Alegría
Fernando Alegría escribe desde norteamérica, es fácil identificarse con sus
personajes para quienes testimoniamos afuera situaciones similares. En Codo a
Codo, Alegría nos habla sobre los suyos, sobre la solidaridad durante el exilio,
sobre las divisiones incontables de partidos, sobre el valor de lo "familiar" -de lo
que entendemos sin traducción alguna. Alegría nos habla de aquellos primeros
años, antes de que nos transformaramos en "caballeros del exilio". Domingo
Osorio y su gringa "millonaria", en la helada planicie canadiense. Domingo Osorio
y su brazo artificial, el del puño cerrado, el de la "grande".