Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, May-June 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
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DE MUJER...
De Mujer...
"Elegir entre la mesura y la insolencia
tiene que ver con estrategias políticas (...).
La exigencia desde la dominación de
`buenas maneras' va más allá de una
exigencia de cortesía, es un modo muy
frecuente, por el contrario, de imponerle
inautenticidad al rebelde, de hacerlo
renunciar a su contra-cultura, a su
ilegalidad y a su contra-lenguaje." Julieta
Kirkwood, 1990
A fines de la década del 60 una nueva
generación de mujeres jóvenes dio origen a los
movimientos feministas en las grandes metrópolis de
Estados Unidos y Europa, que se conocieron como la
"segunda ola". Influenciadas por estas experiencias
muchas latinoamericanas iniciaron la formación de
grupos de reflexión (concientización) y activismo por
los derechos de las mujeres. Pero el movimiento en
su conjunto nunca llegó a alcanzar la masividad que
tuviera en los países centrales. "Inicialmente eran
mujeres del amplio espectro de clase media; una
parte significativa provenía de la amplia vertiente de
las izquierdas, entrando en confrontación con ellas
por la resistencia a asumir una mirada más compleja
de las múltiples subordinaciones de las personas y
las específicas subordinaciones de las mujeres."
(Vargas, 2002).
El surgimiento de estos grupos se dio en el
marco de una aguda radicalización de la lucha de
clases que, en el continente, se manifestó en el
ascenso obrero y popular cuyas expresiones más
destacadas fueron los cordones industriales chilenos,
el Cordobazo en Argentina, las movilizaciones
estudiantiles de las que Tlatelolco (México) puede
considerarse la experiencia más aguda y la entrada
en escena de numerosos movimientos de guerrilla
urbana y campesina.
Los grupos feministas, se vieron envueltos en
una aguda lucha de clases en el continente que
exigía definiciones y compromisos. Leonor Calvera,
en su historia del feminismo argentino, señala: "En el
sentido de los enfrentamientos, la marea de
partidismo que nos circundaba no dejó de golpear
fuertemente en el interior del grupo: reprodujimos
viejos antagonismos tradicionales e inventamos otros.
Los análisis tomaban cada vez menos a la mujer
como eje y se desplazaban hacia esquemas de
clase."
A mediados de los 70, la derrota de ese
ascenso a través de la contrarrevolución sangrienta en
los países latinoamericanos, abrió el curso a una
nueva ofensiva imperialista en la región, el
"neoliberalismo". Los regímenes dictatoriales
asentados en el continente, impidieron el desarrollo
del movimiento feminista, por la instauración de una
ideología reaccionaria basada en la defensa de la
tradición y la familia y por la persecución política y el
terrorismo de Estado con sus secuelas de torturas,
exilios forzados, cárcel, desapariciones y asesinatos
de activistas sociales, gremiales y políticos.
La polarización social se traducía en dos
visiones del feminismo: la derecha consideraba a las
feministas como subversivas y contestatarias, y la
izquierda las tildaba de "pequeñoburguesas".
Si bien algunos grupos feministas realizaron
acciones durante los regímenes totalitarios el
movimiento feminista recupera protagonismo recién a
principios de los 80 con la caída de las dictaduras y
la instauración de los nuevos regímenes democráticos
burgueses en toda la región. La dictadura logró cortar
los hilos de continuidad con la etapa
anterior. Muchos de los planteos
iniciales del feminismo de los 70
volvieron a rediscutirse.
La historia de los últimos
veinte años del feminismo
latinoamericano está cruzada por
numerosas discusiones políticas y
teóricas. Aunque los documentos de
los Encuentros Feministas de
Latinoamérica y el Caribe están
disponibles y destacadas
protagonistas han escrito diversas
"historias" de su propia práctica
colectiva, no existe una historia
crítica del feminismo
latinoamericano que intente vincular
estas discusiones políticas y
teóricas, sus fragmentaciones,
encuentros y desencuentros,
alianzas, rupturas y nuevas prácticas con la situación
de la lucha de clases en el continente durante el
mismo período, en la cual las mujeres son
protagonistas indiscutibles. Consideramos necesaria
la reflexión sobre la práctica feminista, incorporando
un análisis de la política del imperialismo hacia
nuestro continente, los regímenes, los distintos flujos
y reflujos de la lucha de clases, y su relación con la
opresión de las mujeres latinoamericanas. El objetivo
que debiera trazarse para esa revisión crítica tendría
que ser, recuperando la historia y sus lecciones, la
construcción de un movimiento feminista que, junto a
las mejores tradiciones de su batalla contra la
opresión patriarcal, soldara su destino ­de manera
práctica y efectiva- con el de los millones de mujeres
obreras y campesinas que luchan contra la
explotación en este continente permanentemente
expoliado y avasallado.
Feminismo, democracia y
derechos humanos
"Democracia en el país y en la casa", feministas
chilenas, década del 80
En los 80, la derrota de Argentina en las
Malvinas ya había actuado como disciplinador para el
continente y el mundo semicolonial. La lección
aprendida fue la de que no había que enfrentarse al
imperialismo, que éste era invencible. Además, la
guerra sucia de la "contra" armada por EE.UU. en
Nicaragua y la desarticulación de la revolución a
través de pactos y la cooptación de algunos sectores
de la guerrilla, terminaron de cerrar el cuadro de esta
ofensiva imperialista que fragmentó y puso a la
defensiva al movimiento obrero y popular. Ese fue el
telón de fondo de las "transiciones a la democracia",
que se convirtió, en la política privilegiada del
imperialismo norteamericano hacia nuestro
continente, respuesta defensiva frente a la emergencia
de la movilización independiente de las masas contra
estos mismos regímenes dictatoriales.
Las democracias del continente fueron,
finalmente, los regímenes que garantizaron la
continuidad de los planes económicos que
significaron la pérdida de enormes conquistas del
movimiento de masas. El ideólogo del imperialismo,
Henry Kissinger, sostiene con desparpajo (La
diplomacia) que "Los Estados Unidos no aguardarían
pasivamente a que evolucionaran las instituciones
libres, ni se limitarían a resistir a las amenazas
directas a su seguridad. En cambio, promoverían
activamente la democracia, recompensando a
aquellos países que cumplieran con sus ideales, y
castigando a los que no cumplieran (...) Y, el equipo
de Reagan fue congruente: hizo presión sobre el
régimen de Pinochet en Chile y sobre el régimen
autoritario de Marcos en Filipinas a favor de una
reforma; el primero fue obligado a aceptar un
referéndum y unas elecciones libres, en las que fue
reemplazado; el segundo fue derrocado con ayuda de
los Estados Unidos."
Durante el período represivo y durante los
primeros años de la democracia, los grupos de
derechos humanos tuvieron gran protagonismo en
nuestro continente. Estos movimientos, organizados
para denunciar torturas, desapariciones y crímenes de
las dictaduras, fueron protagonizados
fundamentalmente por mujeres. Por un lado, el que
hayan sido mujeres quienes visiblemente
encabezaron esta denuncia y las luchas posteriores
por el castigo a los responsables del terrorismo de
Estado, y por otro lado, la política ­ de priorizar los
derechos humanos en la agenda internacional, fueron
elementos claves para entender el cambio del
lenguaje y formas del reclamo feminista.
El acercamiento militante de las feministas,
muchas llegadas del exilio, a las mujeres que bajo
los regímenes del terror ya se habían organizado en
el reclamo de sus familiares desparecidos, presos y
torturados, más los términos de Democracia y
Derechos Humanos de la agenda pública, permitieron
el trasvasamiento de las demandas feministas a un
lenguaje novedoso -a través de la política partidaria,
organismos internacionales y grupos de trabajo local.
Fue el período de las conquistas de derechos civiles
fundamentales, en la que el feminismo tuvo un
evidente compromiso: el divorcio vincular, la patria
potestad compartida, las leyes relativas a la violencia
doméstica, aspectos parciales relativos a derechos
sexuales y salud reproductiva, etc.
En la década del 80 muchos de los grupos que
se habían formado en la etapa anterior ya se habían
disuelto, otros comenzaban a formarse en medio de
la apertura democrática y al calor de estas luchas por
los derechos humanos y civiles. El resurgimiento del
feminismo en el continente se visualiza una
redefinición de las relaciones con el Estado, los
partidos políticos y el resto de las organizaciones
sociales. Las feministas incluyen sus reclamos en
esta situación iniciando la creación de grupos,
presionando políticos y parlamentarios, exigiendo al
Estado la implementación de una legalidad que
contemplara demandas básicas nunca resueltas.
A partir de 1981, se suceden los Encuentros
Feministas de Latinoamérica y el Caribe, que cada
dos y tres años reúne a feministas del continente en
la reflexión política y la elaboración de nuevas líneas
de acción.
La academización, la incorporación a las
instituciones de los regímenes políticos y los
distintos estamentos de gobierno y la "oenegización"
(Bellotti y Fontenla, 1997) son las operaciones más
importantes que reconfiguran al movimiento feminista
en este período, produciendo su fragmentación y
creciente cooptación. El feminismo latinoamericano
comenzó a recorrer el camino desde la
insubordinación a la institucionalización (Collin,
1999).
Las críticas y las diferencias al interior del
movimiento no tardan en aparecer. La escisión entre
"autónomas" e "institucionalizadas" es una de las
expresiones más agudas que adquirió esta crítica
interna. Ese extremo, que se produjo en el VIIº
Encuentro realizado en Cartagena en 1996, fue sólo
la culminación de un largo proceso de discusiones al
interior del movimiento cuyo origen puede situarse en
el primer Encuentro de Bogotá.
En un principio, la cuestión de la "doble
militancia," el compromiso con el feminismo por un
lado y con organizacionespolíticas no feministas por
otro, fue uno de los debates fundamentales de la
década del 80. Bedregal señala: "Todo esto eran
manifestaciones de diferentes concepciones políticas
expresadas desde el primer encuentro, era lucha
política de proyectos políticos y filosóficos, que se
ocultaban en una aparente homogeneidad y tras el
deseo de una especie de romántica hermandad de
mujeres que ha dificultado reconocernos como
diversas, pensantes y actuantes de distintos
proyectos y tras una identidad de género más
fácilmente centrada en tanto víctimas del sistema
patriarcal que en tanto constructoras de nuevas
culturas."
La década del 80 culmina con el IVº Encuentro
realizado en Taxco, México, donde un grupo de
mujeres elabora un documento crítico en el que
describen los "mitos" del movimiento que le impiden
su desarrollo. Allí se manifestaba que "el feminismo
tiene un largo camino a recorrer ya que aspira a una
transformación radical de la sociedad, de la política y
de la cultura. Hoy, el desarrollo del movimiento
feminista nos lleva a repensar ciertas categorías de
análisis y las prácticas políticas con las que nos
hemos estado manejando." Los "mitos" que impiden
valorar las diferencias al interior del movimiento y
dificultan la construcción de un proyecto político
feminista son: 1. a las feministas no nos interesa el
poder, 2. las feministas hacemos política de otra
manera, 3. todas las feministas somos iguales, 4.
existe una unidad natural por el solo hecho de ser
mujeres, 5. el feminismo sólo existe como una
política de mujeres hacia mujeres, 6. el pequeño
Feminismo latinoamericano.
Entre la insolencia de las luchas
polulares y la mesura de la
institucionalización.
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