Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, Agosto-Septiembre 2006
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ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
A Raúl Kruschovsky
El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres
y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto
de frío acodado en ese balcón del tercer piso, sobre
la calle vacía, temblando encogido dentro del
sobretodo de solapas levantadas. Después de dar
vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de
ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león
enjaulado, se había vestido como para salir y hasta
se había lustrado los zapatos.
Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los
nervios tensos, agazapado escuchando el invisible
golpeteo de algún caballo de carro de verdulero
cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a
la manzana con sus faros rompiendo la neblina,
esperando turno para entrar al amueblado de la calle
Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas
pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto
en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos
a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros
luminosos de los hoteles, que brillaban mojados,
apenas visibles, calle abajo.
Ese insomnio era una desgracia. Mañana
estaría resfriado y andaría abombado como un
sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho
esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de
invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en
el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas?
Se encogió de hombros, angustiado. La noche se
había hecho para dormir y se sentía viviendo a
contramano. Solamente él se sentía despierto en
medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un
silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso
cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se
cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la
ferretería porque lo cargaría un año entero por esa
ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la
noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier
oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a
costillas ajenas había que tener mucho cuidado para
conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo
llevaban por delante, lo aplastaban como a una
cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le
habría hecho uno de esos tes de yuyos que ella tenía
y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su
mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana
a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta
así que estaba solo en la casa. Sin embargo pensó,
no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la
vida. Su padre había sido un cobrador de la luz -un
inmigrante que se había muerto de hambre sin haber
llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como
un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso
cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía
pocos meses había comprado el pequeño Renault
que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado
una fortuna en los hermosos apliques cromados de
las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo
iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de
semana donde pasaba las vacaciones. No no podía
quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se
recibiría de abogado y seguramente se casaría con
alguna chica distinguida. Claro que había tenido que
hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos
donde los desórdenes políticos eran la rutina había
estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra
fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida
de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas
para sobrevir porque si no, hubieran hecho lo mismo
con él. Así era la vida. Pero había salido adelante.
Además cuando era joven tocaba el violín y no había
cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por
delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de
humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se
debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida
uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que
seguir el camino recto, el camino debido y que no
debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en
la vida había sido para que lo llamaran "señor". Y
entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía
una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí
afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él
tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde
se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar,
donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era
ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La
niebla era más espesa. Un silencio pesado había
caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma.
Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a
nadie, fumaba, adormeciéndose.
De pronto una muier gritó en la noche. De
golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como
una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba
en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El
señor Lanari dio un respingo, y se estremeció,
asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y
parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo.
El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche,
podía despertar a alguien, había que hablar más bajo.
Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de
nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden,
haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido
visceral de carne y sangre, anterior a las palabras,
casi un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó.
Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari
bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la
esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita
negra sentada en el umbral del hotel que tenía el
letrero luminoso "Para Damas" en la puerta,
despatarrada y borracha, casi una niña, con las
manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida,
y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes
flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y
una botella de cerveza bajo el brazo.
-Quiero ir a casa, mamá -lloraba-. Quiero cien
pesos para el tren para irme a casa.
Era un china que podía ser su sirvienta
sentada en el último escalón de la estrecha escalera
de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una
vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué
se iba a hacer, la vida era dura, sonrio, sacó cien
pesos y se los puso arrollados en el gollete de la
botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió
satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los
bolsillos, despreciándola despacio.
-¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? -la
voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya
sintió una mano sobre su hombro.
-A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por
alterar el orden en la via pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió
con un gesto de complicidad al vigilante.
-Mire estos negros, agente, se pasan la vida
en curda y después se embroman y hacen barullo y
no dejan dormir a la gente.
Entonces se dio cuenta que el vigilante
también era bastante morochito pero ya era tarde.
Quiso empezar a contar su historia.
-Viejo baboso -dijo el vigilante mirando con
odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que
tenía adelante-. Hacéte el gil ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un
puñetazo.
-Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender.
De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.
-Cuidado señor, mucho cuidado. Esta
arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe
con quién está hablando? - Había dicho eso como
quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía
ningún comisario amigo.
-Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no
me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés
lavar las manos? - dijo el vigilante y lo agarró por la
solapa levantando a la negra que ya había dejado de
llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada
mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba.
Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo
eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y
aclarara todo y entonces no lo creyeran y se
complicaran más las cosas? Nunca había pisado una
comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para
no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese
insomnio había tenido la culpa y no había ninguna
garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban
cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni
siquiera en la policía se podía confiar. No. A la
comisaría no. Sería una verguenza inútil.
-Vea agente. Yo no tengo nada que ver con
esta mujer- dijo señalándola. Sintió que el vigilante
dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del
lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba
callada, para peor, era la única culpable.
De pronto se acercó al agente que era una
cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado,
con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y
malignos, bestiales con grandes bigotes de morsa.
Un animal. Otro cabecita negra.
-Señor agente -le dijo en tono confidencial y
bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí,
con la botella vacía como una muñeca, acunándola
entre los brazos, cabeceando, ausente como si
estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.
-Venga a mi casa, señor agente. Tengo un
coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es
cierto.-Y sacó una tarjeta personal y los documentos
y se los mostró-. Vivo ahí al lado-gimió casi, manso y
casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en
manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para
que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor
amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que
lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi
alegremente, como si el señor Lanari le hubiera
propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a
la negrita por otro y casi amistosamente se fue con
ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari
prendió todas las luces y le mostró la casa a las
visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se
tiró y se quedó profundamente dormida.
Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba
gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran
ahí, con esos negros, al margen de todo, como
metidos en la misma oscura cosa viscosamente
sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo,
un escándalo y nadie le creería su explicación y
quedaría repudiado, como culpable de una oscura
culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan
desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche
se había hecho para dormir y estaba atrapado por
esos negros, él, que era una persona decente, como
si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura,
en su propia casa.
-Dame café-dijo el policía y en ese momento
el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda
su vida había trabajado para tener eso, para que no lo
atropellaran y así de repente, ese hombre, un
cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de
che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en
sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no
supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir
a la comisaría porque aquel hombre podría ser un
asesino disfrazado de policía que había venido a
robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había
conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus
posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la
mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se
encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café.
Después lo llevó a conocer la biblioteca, Sentía algo
presagiante, que se cernía, que se venía. Una
amenaza espantosa que no sabía cuando se le
desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor
Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca
abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido
hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor
Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio
nacional y tenía toda la historia de Mitre
encuadernada en cuero. Aunque no había pedido
estudiar violín tenía un hermoso tocadistos y allí,
posesión suya, cuando quería, la mejor música del
mundo se hacía presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y
conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué
líbros podría hablar con ese negro? Con la otra
durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo,
como burlándose, sentía un oscuro malestar que le
iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se
Cabecita Negra
de Germán Rozenmacher
El señor Lanari se sacrificó para tener lo que
tiene; intimamente sabe que hubiera quebrado varias
veces si no fuera que aplastó unas cuantas cabezas
para sobrevivir. Se piensa seguro en su piso frente al
Congreso pero su insomnio, especie de trampa y
tentación, le va a demostrar lo contrario. La niebla, la
soledad, la noche, se conjuran para que Lanarí salga
del perímetro protector y arriesgue algo -esa vaga
ternura por la china, ese desprecio lento, y esto
alcanza para desbaratar su seguridad. Entonces,
atrapado por la locura en su propia casa, Lanari es
testigo de lo poco que cuesta perderlo todo.
En un país donde se aprovecha cualquier
oportunidad para "joder a los demás," todos viven a la
orilla del miedo, aceptando las leyes de la jerarquía, de
la selva. Y, Rozenmacher, dándonos vuelta la realidad
nos muestra ya no el peligro de estar despiertos en la
noche sino de seguir dormidos durante el día.
Los cabecitas negras rompen el orden nocturno,
con un grito, con un asalto, se toman la casa. Lanari
pierde de un soplo lo acumulado, fundamentalmente
se asienta la división entre salvajes y civilizados.
Lanari, y la Argentina, invadida por la "chusma".
Rozenmacher juega mostrándonos las bases salvajes
en la que se sustenta la civilización. El mundo al
revés, la humillación y el odio presente en ambos, un
sistema que no permite vivir a contramano. Y la
pregunta queda: ¿quienes son más salvajes?.
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