
Alberta, September-October 2007
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
Las ruinas circulares
de Jorge Luis Borges
Nadie lo vio desembarcar en la
unánime noche, nadie vio la canoa de
bambú sumiéndose en el fango
sagrado, pero a los pocos días nadie
ignoraba que el hombre taciturno venía
del Sur y que su patria era una de las
infinitas aldeas que están aguas arriba,
en el flanco violento de la montaña,
donde el idioma zend no está
contaminado de griego y donde es
infrecuente la lepra. Lo cierto es que el
hombre gris besó el fango, repechó la
ribera sin apartar (probablemente, sin
sentir) las cortaderas que le dilaceraban
las carnes y se arrastró, mareado y
ensangrentado, hasta el recinto circular
que corona un tigre o caballo de piedra,
que tuvo alguna vez el color del fuego y
ahora el de la ceniza. Ese redondel es
un templo que devoraron los incendios
antiguos, que la selva palúdica ha
profanado y cuyo dios no recibe honor
de los hombres.
El forastero se tendió bajo el
pedestal. Lo despertó el sol alto.
Comprobó sin asombro que las heridas
habían cicatrizado; cerró los ojos
pálidos y durmió, no por flaqueza de la
carne sino por determinación de la
voluntad. Sabía que ese templo era el
lugar que requería su invencible
propósito; sabía que los árboles
incesantes no habían logrado
estrangular, río abajo, las ruinas de otro
templo propicio, también de dioses
incendiados y muertos; sabía que su
inmediata obligación era el sueño.
Hacia la medianoche lo despertó el
grito inconsolable de un pájaro. Rastros
de pies descalzos, unos higos y un
cántaro le advirtieron que los hombres
de la región habían espiado con respeto
su sueño y solicitaban su amparo o
temían su magia. Sintió el frío del
miedo y buscó en la muralla dilapidada
un nicho sepulcral y se tapó con hojas
desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era
imposible, aunque sí sobrenatural.
Quería soñar un hombre: quería soñarlo
con integridad minuciosa e imponerlo a
la realidad. Ese proyecto mágico había
agotado el espacio entero de su alma;
si alguien le hubiera preguntado su
propio nombre o cualquier rasgo de su
vida anterior, no habría acertado a
responder. Le convenía el templo
inhabitado y despedazado, porque era
un mínimo de mundo visible; la cercanía
de los leñadores también, porque éstos
se encargaban de subvenir a sus
necesidades frugales. El arroz y las
frutas de su tributo eran pábulo
suficiente para su cuerpo, consagrado a
la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran
caóticos; poco después, fueron de
naturaleza dialéctica. El forastero se
soñaba en el centro de un anfiteatro
circular que era de algún modo el
templo incendiado: nubes de alumnos
taciturnos fatigaban las gradas; las
caras de los últimos pendían a muchos
siglos de distancia y a una altura
estelar, pero eran del todo precisas. El
hombre les dictaba lecciones de
anatomía, de cosmografía, de magia:
los rostros escuchaban con ansiedad y
procuraban responder con
entendimiento, como si adivinaran la
importancia de aquel examen, que
redimiría a uno de ellos de su condición
de vana apariencia y lo interpolaría en el
mundo real. El hombre, en el sueño y
en la vigilia, consideraba las respuestas
de sus fantasmas, no se dejaba
embaucar por los impostores, adivinaba
en ciertas perplejidades una inteligencia
creciente. Buscaba un alma que
mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches
comprendió con alguna amargura que
nada podía esperar de aquellos
alumnos que aceptaban con pasividad
su doctrina y si de aquellos que
arriesgaban, a veces, una contradicción
razonable. Los primeros, aunque dignos
de amor y de buen afecto, no podían
ascender a individuos; los últimos
preexistían un poco más.
Una tarde (ahora también las
tardes eran tributarias del sueño, ahora
no velaba sino un par de horas en el
amanecer) licenció para siempre el
vasto colegio ilusorio y se quedó con un
solo alumno. Era un muchacho
taciturno, cetrino, díscolo a veces, de
rasgos afilados que repetían los de su
soñador. No lo desconcertó por mucho
tiempo la brusca eliminación de los
condiscípulos; su progreso, al cabo de
unas pocas lecciones particulares,
pudo maravillar al maestro. Sin
embargo, la catástrofe sobrevino.
El hombre, un día, emergió del
sueño como de un desierto viscoso,
miró la vana luz de la tarde que al
pronto confundió con la aurora y
comprendió que no había soñado. Toda
esa noche y todo el día, la intolerable
lucidez del insomnio se abatió contra
él. Quiso explorar la selva, extenuarse;
apenas alcanzó entre la cicuta unas
rachas de sueño débil, veteadas
fugazmente de visiones de tipo
rudimental: inservibles. Quiso congregar
el colegio y apenas hubo articulado
unas breves palabras de exhortación,
éste se deformó, se borró. En la casi
perpetua vigilia, lágrimas de ira le
quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de
modelar la materia incoherente y
vertiginosa de que se componen los
sueños es el más arduo que puede
acometer un varón, aunque penetre
todos los enigmas del orden superior y
del inferior: mucho más arduo que tejer
una cuerda de arena o que amonedar el
viento sin cara.
Comprendió que un fracaso inicial era
inevitable. Juró olvidar la enorme
alucinación que lo había desviado al
principio y buscó otro método de
trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un
mes a la reposición de las fuerzas que
había malgastado el delirio. Abandonó
toda premeditación de soñar y casi acto
continuo logró dormir un trecho
razonable del día. Las raras veces que
soñó durante ese período, no reparó en
los sueños. Para reanudar la tarea,
esperó que el disco de la luna fuera
perfecto. Luego, en la tarde, se purificó
en las aguas del río, adoró los dioses
planetarios, pronunció las sílabas lícitas
de un nombre poderoso y durmió. Casi
inmediatamente, soñó con un corazón
que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto,
del grandor de un puño cerrado, color
granate en la penumbra de un cuerpo
humano aun sin cara ni sexo; con
minucioso amor lo soñó, durante
catorce lúcidas noches. Cada noche, lo
percibía con mayor evidencia. No lo
tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a
observarlo, tal vez a corregirlo con la
mirada. Lo percibía, lo vivía, desde
muchas distancias y muchos ángulos.
La noche catorcena rozó la arteria
pulmonar con el índice y luego todo el
corazón, desde afuera y adentro. El
examen lo satisfizo. Deliberadamente
no soñó durante una noche: luego
retomó el corazón, invocó el nombre de
un planeta y emprendió la visión de otro
de los órganos principales. Antes de un
año llegó al esqueleto, a los párpados.
El pelo innumerable fue tal vez la tarea
más difícil. Soñó un hombre íntegro, un
mancebo, pero éste no se incorporaba
ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche
tras noche, el hombre lo soñaba
dormido.
En las cosmogonías gnósticas,
los demiurgos amasan un rojo Adán que
no logra ponerse de pie; tan inhábil y
rudo y elemental como ese Adán de
polvo era el Adán de sueño que las
noches del mago habían fabricado. Una
tarde, el hombre casi destruyó toda su
obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera
valido destruirla.) Agotados los votos a
los númenes de la tierra y del río, se
arrojó a los pies de la efigie que tal vez
era un tigre y tal vez un potro, e imploró
su desconocido socorro. Ese
crepúsculo, soñó con la estatua.
La soñó viva, trémula: no era un
atroz bastardo de tigre y potro, sino a la
vez esas dos criaturas vehementes y
también un toro, una rosa, una
tempestad. Ese múltiple dios le reveló
que su nombre terrenal era Fuego, que
en ese templo circular (y en otros
iguales) le habían rendido sacrificios y
culto y que mágicamente animaría al
fantasma soñado, de suerte que todas
las criaturas, excepto el Fuego mismo
y el soñador, lo pensaran un hombre de
carne y hueso.
Le ordenó que una vez instruido en los
ritos, lo enviaría al otro templo
despedazado cuyas pirámides
persisten aguas abajo, para que alguna
voz lo glorificara en aquel edificio
desierto. En el sueño del hombre que
soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes.
Consagró un plazo (que finalmente
abarcó dos años) a descubrirle los
arcanos del universo y del culto del
fuego. ĺntimamente, le dolía
apartarse de él. Con el pretexto de la
necesidad pedagógica, dilataba cada
día las horas dedicadas al sueño.
También rehizo el hombro derecho,
acaso deficiente. A veces, lo inquietaba
una impresión de que ya todo eso había
acontecido. . . En general, sus días
eran felices; al cerrar los ojos pensaba:
Ahora estaré con mi hijo. O, más
raramente: El hijo que he engendrado
me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue
acostumbrando a la realidad. Una vez le
ordenó que embanderara una cumbre
lejana. Al otro día, flameaba la bandera
en la cumbre. Ensayó otros
experimentos análogos, cada vez más
audaces. Comprendió con cierta
amargura que su hijo estaba listo para
nacer-y tal vez impaciente. Esa noche
lo besó por primera vez y lo envió al
otro templo cuyos despojos
blanqueaban río abajo, a muchas
leguas de inextricable selva y de
ciénaga. Antes (para que no supiera
nunca que era un fantasma, para que
se creyera un hombre como los otros)
le infundió el olvido total de sus años de
aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron
empañadas de hastío. En los
crepúsculos de la tarde y del alba, se
prosternaba ante la figura de piedra, tal
vez imaginando que su hijo irreal
ejecutaba idénticos ritos, en otras
ruinas circulares, aguas abajo; de
noche no soñaba, o soñaba como lo
hacen todos los hombres.
Percibía con cierta palidez los sonidos
y formas del universo: el hijo ausente
se nutría de esas disminuciones de su
alma. El propósito de su vida estaba
colmado; el hombre persistió en una
suerte de éxtasis.
Al cabo de un tiempo que ciertos
narradores de su historia prefieren
computar en años y otros en lustros, lo
despertaron dos remeros a
medianoche: no pudo ver sus caras,
pero le hablaron de un hombre mágico
en un templo del Norte, capaz de hollar
el fuego y de no quemarse. El mago
recordó bruscamente las palabras del
dios. Recordó que de todas las
criaturas que componen el orbe, el
fuego era la única que sabía que su hijo
era un fantasma. Ese recuerdo,
apaciguador al principio, acabó por
atormentarlo.
Temió que su hijo meditara en ese
privilegio anormal y descubriera de
algún modo su condición de mero
simulacro. No ser un hombre, ser la
proyección del sueño de otro hombre
¡qué humillación incomparable, qué
vértigo! A todo padre le interesan los
hijos que ha procreado (que ha
permitido) en una mera confusión o
felicidad; es natural que el mago
temiera por el porvenir de aquel hijo,
pensado entraña por entraña y rasgo
por rasgo, en mil y una noches
secretas.
El término de sus cavilaciones fue
brusco, pero lo prometieron algunos
signos. Primero (al cabo de una larga
sequía) una remota nube en un cerro,
liviana como un pájaro; luego, hacia el
Sur, el cielo que tenía el color rosado
de la encía de los leopardos; luego las
humaredas que herrumbraron el metal
de las noches, después la fuga pánica
de las bestias. Porque se repitió lo
acontecido hace muchos siglos.
Las ruinas del santuario del dios
del fuego fueron destruidas por el fuego.
En un alba sin pájaros el mago vio
cernirse contra los muros el incendio
concéntrico. Por un instante, pensó
refugiarse en las aguas, pero luego
comprendió que la muerte venía a
coronar su vejez y a absolverlo de sus
trabajos. Caminó contra los jirones de
fuego. Éstos no mordieron su carne,
éstos lo acariciaron y lo inundaron sin
calor y sin combustión. Con alivio, con
humillación, con terror, comprendió que
él también era una apariencia, que otro
estaba soñándolo.
"Nadie lo vio desembarcar",
comienza Borges su relato en el que rio
arriba, rio abajo son puntos de un
circulo recorrido por el mismo hombre
imaginario -hombre gris y Adán, soñador
y soñado. La noción de que es este un
cuento circular nos las dá desde el
principio: ruinas circulares, anfiteatros -
templos para enseñar y para simular la
verdad.
El hombre que sueña con
imaginarse a otro e imponerlo a la
realidad, llamarlo a la vida, no es otro
que el mismo Borges, el escritor y su
criatura, su "hijo", los hijos que procrea,
los hijos que permite, nos dice.
En ese proceso creativo circular, el
empeño de "modelar la materia
incoherente y vertiginosa de que se
componen los sueños es el más árduo
que puede acometer un varón". El
escritor da de si -el hijo ausente se
nutre de las disminuciones de su alma.
El proceso creativo, como proceso
de dar vida, pone al artista a la par con
la mujer que da vida naturalmente y pare
hijos reales. Un proceso "natural" lado a
lado de uno "cultural" -el arte.
El poeta es un dios, nos decía
Huidobro; Borges nos dice que es un
mago, visto por otros; un soñador, visto
por si mismo involucrado, y origen y
final de su creación, visto por el escritor
desde el escenario, un tercer lugar.
El escritor se enreda con su
creación tanto que teme que esta
descubra que no es sino resultado de
sus sueños: "no ser un hombre, ser la
proyección del sueño de otro hombre
¡que humillación incomparable, que
vértigo!", nos dice Borges bromeando.
El mago teme por el porvenir de
aquel hijo, el hijo no es otro que él
mismo. "Con alivio, con humillación, con
terror, comprendió que él también era
una apariencia, que otro estaba
soñando." Borges nos muestra que es
muy grande, más grande que dios
porque puede ver sus pequeñeces.
¡Que viva Borges! ¡Que vivan sus
hijos!